La infidelidad paterna afecta la sexualidad de los hijos

La infidelidad paterna afecta la sexualidad de los hijos

Por Tesy De Biase
Algo se quiebra: un contrato implícito o explícito, un pacto simbólico de exclusividad, especialmente en la cama, pero también en la vida. Es una traición cargada de transgresión que trasciende a los integrantes de la pareja e imprime sus ecos en los hijos.
La infidelidad no es homogénea. Hoy el espectro se multiplica: las nuevas sexualidades le abrieron la puerta a un combo que amplía y transforma las coordenadas de los encuentros y desencuentros.
Las peores infidelidades son las que instalan duplicidad. Doble vida. Doble casa con familias paralelas. O doble vínculo familiar: la infidelidad es con un integrante de la familia, por ejemplo entre cuñados. O doble sexualidad: otra pareja, sí, pero con alguien del mismo sexo.
A pesar de la apertura actual, los hijos quedan en shock. Se incendia su mapa mental y emocional. Sienten la traición, que es ajena pero los atraviesa. Y tienen que remontar la confianza perdida.
“Fidelidad e infidelidad son palabras que derivan de la palabra fe”, bucea en la etimología el doctor en psicología Javier Camacho, autor del libro de divulgación Fidelidad e i nfidelidad en las relaciones de pareja. Nuevas respuestas a viejos interrogantes.
“La confianza de las personas es la que más sale perjudicada: después de que una infidelidad es descubierta, la persona engañada tendrá dificultades en volver a creer.”
Y los hijos también quedan entrampados en una red de fidelidades e infidelidades que pone en juego su propia trama de confianza y su sexualidad, actual o futura.
Una investigación de un equipo de la Universidad Charles, en la República Checa, encontró que la infidelidad paterna es un factor de riesgo de infidelidad en los hijos varones. El “gen de la infidelidad” también se expresó en la población estudiada por la doctora en psicología Ana Nogales, quien lee esta repetición como “un intento por resolver conflictos pendientes con sus padres”.
La reacción de los hijos, además, discrimina por género: “Los hombres cuyas madres han sido infieles tienen más tendencia a serlo y las mujeres cuando sus padres lo han sido. La explicación se centra en una falta de confianza en el sexo opuesto y dificultad para establecer relaciones íntimas”, opina la psicóloga, quien coordinó una investigación que estudió la conducta infiel de adultos de distintas nacionalidades, incluidos argentinos. Sus conclusiones fueron publicadas en un libro -de edición reciente en inglés, ya que la psicóloga argentina está radicada en Estados Unidos.
“La mayoría de las investigaciones señalan que en las sociedades occidentales urbanas la relación entre la infidelidad en el hombre y la mujer es de 3 a 1 o de 2 a 1. Para las mujeres que son infieles, la principal justificación suele ser el amor y mucho más lejos aparece el sexo; en cambio, en los varones ocurre a la inversa. A las mujeres, en general, les afecta más que sus maridos se enamoren de otra; en cambio, los varones se sienten más traicionados si su pareja tiene sexo con otro”, clarifica Javier Camacho, quien es coordinador de la Fundación Foro, una institución de investigación y asistencia en salud mental.
¿Y cómo se imprimen en los hijos estas infidelidades de un padre hacia el otro? Bueno, la reacción de los hijos frente a las infidelidades paternas depende de múltiples variables: edad y personalidad, tipo de infidelidad, forma de enterarse y también si aparecen involucrados.
“Cuando los hijos de alguna forma son partícipes de los secretos de uno de los dos padres [y a veces de los dos], se sienten que ellos mismos están traicionando. En ocasiones, sin darse cuenta, pueden caer en la responsabilidad de tener que cuidar al padre o madre que ha sido traicionado y esto no es saludable ni recomendable, ya sea que el hijo tenga 8 o 28 años”, sostiene la doctora Nogales.

JUEGO DE LEALTADES Y TRAICIONES
El tema da para mucho y no es casual que tantas historias hayan sido contadas por la literatura y el cine, como la ya clásica Puentes de Madison , que cristaliza una infidelidad de consecuencias emocionales trascendentes entre una mujer aburrida de su vida monótona -protagonizada por Meryl Streep- y un fotógrafo que pasa ocasionalmente por su pueblo -Clint Eastwood, también el director-. Los hijos se enteran siendo adultos, a través de la lectura del diario de su madre, del renunciamiento que había hecho por su familia.
Mucho más trágica es la peligrosa pasión entre un político inglés (Jeremy Irons) y su nuera (Juliette Binoche), con título original Damage , pero traducida Una vez en la vida en la Argentina; Obsesión, en México; Herida, en España, y Pasiones peligrosas, en Venezuela. El desenlace es la muerte -accidental o simbólica- del hijo cuando descubre la relación prohibida entre su padre y su pareja.
Lo cierto es que estas historias se multiplican en espectros infinitos porque las vidas le ganan siempre a la ficción. A modo de ejemplo: un hijo que se entera del nombre de su padre biológico cuando quien había funcionado como tal durante 17 años se niega a otorgarle un permiso para viajar solo: “No te puedo autorizar porque no soy tu papá…” Infidelidad que fue condición de su propio nacimiento, pero que él vivió como un engaño imperdonable. ¿Resultado? Viajó cuando la edad lo autorizó a hacerlo sin el permiso de su falso padre o ex padre, o padre de hecho hasta que renegó de su condición… Y no volvió, sino que se radicó en Europa.
El punto es que así en la ficción como en la vida, en el juego de lealtades y traiciones que disparan las infidelidades “los hijos pueden sentir temor a expresar sus sentimientos porque temen perder definitivamente al padre o madre que ha engañado -agrega Nogales-. En general, la persona que descubre la infidelidad siente una profunda desilusión, puede que se culpe por errores propios y que tienda a justificar al infiel, aunque lo más frecuente es que se reaccione en forma agresiva, ya sea verbal o físicamente o mediante ironías, ésta es una forma de manifestar la bronca, el dolor y la indignación”.
Según Javier Camacho, en ocasiones “los padres cometen las infidelidades delante de sus hijos, otras veces hablan telefónicamente en su presencia, en otras oportunidades los hijos se enteran por discusiones o peleas entre los padres que comienzan a echarse en cara acusaciones cruzadas referidas al tema de los engaños. En general, los chicos no tienen la capacidad de hablar de estos temas, muchas veces porque sólo manejan ideas vagas respecto del tema, otras veces porque tienen temor de hacerlo y piensan que si lo hacen, ellos serán responsables de las posibles consecuencias. Si los hijos se enteran de una infidelidad ya sea del padre o de la madre y el cónyuge no está al tanto, es frecuente que ellos sientan que están traicionando al progenitor engañado, porque se le juegan sentimientos contrapuestos de lealtad para con su mamá o papá. Suelen sentir ganas de hablar para poner sobreaviso al padre engañado, pero también temor de dejar en evidencia al infiel y que la pareja se pelee o se separe por su culpa”.
Los sentimientos contradictorios generan cortocircuitos afectivos importantes en el momento y dejan marcas que condicionan la vida emocional futura.

OTRO TERRITORIO
Las infidelidades responden a múltiples causas y, en general, tienen una prehistoria de la que los hijos desconocen el guión. Por ejemplo, una venganza porque el otro fue infiel antes o la satisfacción de fantasías sexuales que no se animan con la pareja oficial, etc., etc., etc. Son prehistorias de las cuales nunca es sano que los hijos participen.
“Nuestros hijos no tienen por qué verse involucrados en nuestros problemas de pareja, por lo menos, no debemos propiciarlo nosotros en forma consciente y sería saludable que pudiéramos tratar de preservarlos, manteniendo la intimidad de estos temas en el ámbito de los adultos”, opina Camacho.
La vida sexual de los padres no es territorio de los hijos. Nunca. Más allá de las fantasías de asexualidad paterna que suelen poblar la mente de los hijos de todas las edades.
“Si hubiera que contarles por qué se enteraron de algo, es mucho mejor hacerlo nosotros directamente, sin mentiras ni rodeos, pero tratando de responder lo que ellos preguntan, transmitiéndoles lo que estén en condiciones de entender y asimilar en relación con su edad, momento evolutivo y rasgos de personalidad de cada uno”, considera Camacho. Y Nogales, por su parte, opina que es necesario “hablar siempre con la verdad, aunque sea difícil, sin entrar en detalles. Los hijos se sienten traicionados por un padre o una madre que pasan a ser percibidos como «traicioneros/as». Por lo tanto, mentirles a los hijos diciendo que no está ocurriendo nada es volver a traicionarlos”.
La verdad es siempre necesaria para merecer la confianza nuevamente. Por otro lado, hay que saber escuchar sin descartar los sentimientos de los hijos y pedirles perdón, si es necesario, por haber herido sus sentimientos.
Según Nogales, “la verdad puede incluso ser ofrecida a niños pequeños de acuerdo con sus preguntas y nivel de comprensión. El padre que ha sido engañado no debe evitar la relación con sus hijos, mientras que aquel que traicionó tendría que reconocer el dolor que ha causado y pedir perdón. Es también importante que los padres que atraviesan esta crisis puedan escuchar a los hijos y permitirles que expresen sus sentimientos acerca de cómo les ha afectado”.
Ambos profesionales destacan la necesidad de instalar un espacio de escucha y sinceramiento no sincericida, que rescate un valor que fue puesto en juego: la honestidad.
LA NACION