No hay recetas para disfrutar del vino

No hay recetas para disfrutar del vino

Por Giorgio Benedetti
En los últimos años se puso de moda una tontera que se extendió bastante alrededor de esta nueva imagen fashion que se quiere imponer del vino. Consiste y predica que para beber vino hay que saber de vino; ser un experto, como si hubiera que aprender a apreciarlo para poder disfrutarlo. Esto es lo mismo que asegurar que para escuchar a Vivaldi hay que saber cómo suena un Mi menor o que para contemplar un Picasso es necesario entender de pintura. O sea, un desatino.
Para empezar, hay que decir que esto del conocimiento imprescindible es falsa erudición desde el vamos; con esa afirmación, quienes la proponen le erran de lleno a la definición del concepto vino: una bebida nacional e insignia de los argentinos, elaborada en nuestro suelo patrio para todos, además de un alimento que es parte de nuestra dieta cotidiana, que no sólo realza el sabor de las comidas, sino que integra nuestra identidad cultural.
Esto de academizar consumos que pertenecen a todos para hacerlos de unos pocos no tiene sentido. Y más con el vino, un elemento tan nuestro, tan arraigado en las costumbres y en nuestras vivencias; en las reuniones familiares, en los asados, en los amigos. Eso es alejar a la gente del vino, ni más ni menos. Y suponer que para disfrutar cabalmente de un blanco o un tinto es necesario saber lo que es un remontaje, un aldehído o a qué huele el 4,2 etil-fenol es, otra vez, una tontera.
Y lo es fundamentalmente por lo ridículo que es pensar que para un goce sensible es menester un conocimiento previo y que para ser digno de beber una buena copa hay que hacer un curso de cata o ser un sommelier. Desgraciadamente, muchas veces quienes aún no son consumidores se sienten intimidados por la complejidad del vino declamada y por ello suponen que no pueden apreciarlo. Todo lo contrario.
Cualquier persona nacida y criada en nuestro país, hija de argentinos, disfruta genuinamente de un vasito de vino por la sencilla razón de que tiene un paladar formado genéticamente e inclinado a acompañar desde siempre las comidas diarias con un poco de vino. Nadie en el asado del domingo bebe jugo de naranja, ni té, ni café con leche, como seguramente lo hacen en Texas, en Oslo o en Teherán, si es que comen carne los domingos. Aquí nuestro paladar tiene una predisposición y una simpatía natural para regar las comidas con una charla y un poco de esta bebida tan nuestra.
Claro que es fantástico saber de vinos, como lo es saber de historia o de arquitectura, porque uno afila sus sentidos, logra captar sutilezas y define más fácilmente sus gustos personales. Pero de vinos se aprende justamente disfrutándolos, deteniéndose en sus aromas y sabores, en esos efluvios románticos que van a recordar y traer a la mente el ropero de la abuela, una flor, el tabaco o una fruta fresca, según el caso.
El pintor estadounidense James Whistler, a mediados del sigo XIX, acuñó su famosa frase “el arte sucede”, tratando de advertir, justamente, que una obra de arte no se explica; es la existencia de algo hecho por el hombre que no necesita legitimidad de nadie ni una explicación racional.
Pues bien; de igual manera podría entenderse el genuino disfrute del vino: simplemente sucede. Sin necesidad de un argumento, sin tener que justificar por qué gustan un tinto o un blanco, sin necesidad de pensar y simplemente poniendo en juego los sentidos. Porque, más allá de un negocio, de una industria o de una expresión cultural, en última instancia, beber una copita de vino no es otra cosa que un placer que, por suerte, podemos disfrutar seguido.
EL CRONISTA