La quimica de los relatos

La quimica de los relatos

Primo Levi

Por Alejandro Patat
En la obra del italiano Primo Levi (Turín, 1919-1987) hay una contradicción de fondo. En su literatura, por un lado, emerge de manera transversal su identidad judía, memoria de la infancia pacífica en su Turín natal y en las zonas rurales del Piamonte, causa de injurias brutales y de discriminación con las leyes raciales de 1938 en su país, motivo de deportación a Auschwitz entre 1944 y 1945 y, finalmente, objeto de una permanente autoindagación psicológica y cultural. Para Levi, ser judío no fue una elección espontánea y natural; fue el resultado de una imposición histórica y existencial, que paradójicamente -como en todo revés trágico- revela a la víctima su verdadera identidad.
Por otro lado, su formación era laica y científica. Había estudiado química durante los años treinta en la prestigiosa Universidad de Turín y había alcanzado el máximo puntaje con su tesis de licenciatura. La contradicción radica justamente en querer explicar el mundo -o más bien, la materialidad espiritualizada del mundo- a partir de una visión científica. Para Levi, como para su admirado Giacomo Leopardi, la vida del universo consiste en la producción, conservación y destrucción de sus componentes, en una serie infinita de transformaciones de la materia sin un aparente sentido. Pero en su vida (y en su mente), la irrupción catastrófica del legado judío, con su imponente carga de valores ético-espirituales, más que religiosos, no podía pasar inadvertida, ni ser borrada de un plumazo ni denegada. A partir de dicha constatación, Levi se abocó desprejuiciada y brillantemente a la literatura en busca de una articulación de su pasado de químico y de su recobrada identidad. Su obra es hoy, a más de veinte años de su suicidio, uno de los pilares de la cultura europea del siglo XX.
Por primera vez se publica en español, en un solo volumen, la totalidad de sus relatos. Cinco obras componen estos Cuentos completos : Historias naturales (1966), Defecto de forma (1971), Lilit y otros relatos (1971), El sistema periódico (1975) y Última Navidad de guerra , recopilación póstuma de relatos dispersos que se publicó en Italia en 2000.
En Historias naturales y Defecto de forma , Levi se adentra en el universo de la literatura fantástica para ocuparse de la relación entre el hombre y las máquinas. Observar que su obra anticipó casi todos los aparatos que hoy pueblan nuestra cotidianidad, desde Internet hasta la realidad virtual, no es fundamental en estos textos, que no tenían ninguna vocación profética. Lo esencial es captar -a la luz de una finísima ironía desacralizadora (¿no es éste un rasgo antiguo de la cultura hebraica?)- la deshumanización progresiva del individuo. La historia de Simpson, un representante comercial estadounidense en Italia, que desde joven participa con entusiasmo del crecimiento de una empresa que inventa y compone siempre nuevos aparatos para sus clientes insaciables, circula por los primeros cuentos. Su fe ciega en el progreso indefinido de la técnica se oscurece cuando, al jubilarse, recibe como regalo de la empresa un aparato, que por medio de un casco le permite vivir experiencias virtuales fuera de lo común. El uso indiscriminado y compulsivo de la máquina lo conduce hacia una muerte desoladora. Pero Levi no es un moralista, no acusa ni pontifica. Su visión desencantada del mundo le permite esbozar una sonrisa comprensiva y piadosa acerca del hombre y de la ciencia divinizada.
En El sistema periódico , el escritor despliega los episodios de su propia experiencia vital por medio de los elementos de la química, que dan nombre a cada uno de los capítulos, consolidando su posición cientificista. Cada acto de la vida condensa, de algún modo, la compleja suerte de los elementos orgánicos e inorgánicos, en sus múltiples relaciones y en su perpetuo sucederse de casualidades.
En la primera parte de Lilit y otros cuentos , Levi vuelve a la narración de los campos de concentración, después de Si esto es un hombre y de La tregua , sus dos libros clásicos sobre la Shoah. Ofrece nuevamente una visión original del horror. No se propone despertar piedad ni buscar un sentido racional de esa experiencia. Intenta, por un lado, documentar responsablemente lo sucedido en una especie de misión obligada de todo sobreviviente, no exenta de un incipiente sentido de culpa. Y, por el otro, mucho más complejo, dar una visión literaria de ese “naufragio de la razón”, como el escritor mismo definió a la masacre nazi. Dicho de otro modo: persiguió la delicada empresa de narrar el Lager con los equívocos instrumentos de la literatura y, por lo tanto, haciendo las cuentas con la belleza. La suya, claro está, no es una operación estetizante. Como escribió en uno de sus últimos relatos, ni los historiadores ni los psicólogos pueden explicar Auschwitz, “sólo el dramaturgo o el poeta”. La originalidad de sus escritos sobre el Holocausto -y baste la lectura del maravilloso cuento acerca de cómo, en el campo de exterminio, Levi conoció la historia de Lilit y la idea bíblica de la mujer- consiste precisamente en esto: haber demostrado, a través del dominio de la técnica de la narración, que, en el fondo, el campo de concentración era una forma “perfecta” de organización social destinada no a la preservación y evolución de su comunidad, sino a su exacto contrario: la aniquilación e involución del sujeto.
En Última Navidad de guerra , el cambio de tono es evidente, sobre todo en el cuento homónimo. Con una concentración de las tramas en no más de tres páginas, Levi confiesa que el Lager no regresa por un esfuerzo por recordar, sino como una obsesión de la memoria que actúa por sí sola: “Me siento como Ireneo Funes el memorioso”. En sus últimos cuentos, la ironía constitutiva de su estilo cede a una voz exhausta y vencida, a un sentimiento de desconsuelo y de resentimiento. Como si hubiese entendido que sobrevivir significó haber sido despojado irreversiblemente de su dignidad humana y de su vida secular. La literatura como vocación se le aparece por momentos indigesta. Nace una nueva paradoja insoportable: cuanto más recuerda el escritor, más olvida Occidente.
LA NACION