“A la comicidad ahora no se la toman en serio”

“A la comicidad ahora no se la toman en serio”

 

Por Paula Gingins
Abre la puerta de su departamento y sonríe. “¿Cómo le va, Carlitos?”, saluda la cronista. “Un kilo y dos pancitos”, responde con una de sus frases más recordadas el “humorista de la familia”, como le gusta definirse.
En su piso de Recoleta abundan las fotos familiares. En diferentes rincones sonríen sus hijos Laura y Martín, su nieta María Laura y Martha, su esposa y compañera de toda la vida. “Siempre fui muy familiero -señala-. Me parece que le erré en el trabajo, porque tiene mucho de relaciones públicas, ir de un lado para otro, salir? Preferí siempre estar casa. Una vez me llamó el secretario de un presidente para ir a la quinta [de Olivos] y yo ya estaba en la cama. «Dígale que ya estoy en pijama -recuerda-. Pero mire que se va a enojar. Dígale que me perdone, pero ya estoy acostado». Eran las once. Nunca fui de salir de noche”, cuenta Balá a LA NACION. Más tarde, su esposa comentaría se trataba del ex presidente Carlos Menem.
“Ahora me tengo que amoldar a la edad que tengo. No soy un pibe. Me hago el pibe cuando hago reír a un pibe, pero tengo 85 años recién cumplidos. Dios me dio este físico juvenil y me defiendo con eso, pero los 85 los tengo”, reflexiona mientras saca un peine y un espejito del bolsillo y peina su flequillo marca registrada no bien el fotógrafo desenfunda la cámara. “¿Trajiste flash? No vas a hacer como uno que me pidió el flash a mí? Y sí, en 55 años de carrera te pasan todas”, comenta, divertido.
Resulta conmovedor el momento en el que Balá muestra, con cierto orgullo y ojos brillantes de nostalgia, los diversos muñecos, maquetas y premios que se apilan en su estudio. “Guardo todo, mirá?”, dice, mientras abre una de las cien carpetas que tiene ordenadas en su biblioteca. Prolijamente pegados en hojas blancas, se destacan dibujos, cartas y mensajes teñidos de reconocimiento de sus seguidores. Reconoce que con la misma entusiasta dedicación responde cartas, envía fotos autografiadas y contesta correos electrónicos.
En un rincón puede verse un pequeño chupetómetro. “Este es simbólico. Viste que el verdadero se lo di a Julián [Weich] para su programa [ Justo a tiempo ]. Como es un profesional, aceptó lo que le pedí, que era poner una foto mía para que se sepa que era el inventor”, detalla.
-¿Cómo sintetizaría el vínculo con sus seguidores?
-Siempre fue de mutuo afecto. La emoción por el cariño del público es continua, perpetua. Soy un tipo sensible y me pongo nervioso por trabajar ante dos personas, diez o 18 mil, como nos pasó el otro día en Monte Grande con Piñón Fijo. Siempre me emocionó hacer reír. Puedo hacer llorar, ¿eh? Y me gustaría incursionar en el drama, pero siempre me sale más fácil hacer reír. Es una gran emoción divertir a mi prójimo. Es casi religioso lo mío, viste? Lo hice treinta años en la calle, arriba de un colectivo.
Se acuerda de cuando aún era Carlos Salim Balaá y vivía en Chacarita, bautizaba los colectivos y montaba bromas a pedido de “la barra” de amigos. “La cámara oculta de Tinelli, viste? ya lo hacía hace más de cincuenta años en el barrio. Me pedían «andá a cargar al verdulero», entonces iba, le revolvía todo y después le reclamaba: «¿No tiene un almanaque?» El tipo me sacaba zumbando y cuando me agarraban los ataques de risa, me tapaba la cara y disimulaba que eran ataques de llanto. Ahí entraba la barra a las risotadas”, recuerda.
-¿Qué le parece el humor hoy en la TV?
-Ahora es barullero, violento. Es feo, a mí no me gusta eso. Una vez me dijeron: «De qué te extrañás? ¿Vos no decís esas palabras?» Claro que las digo, pero en mi casa. En mi casa me puedo sacar los mocos, pero en televisión no. Hay gente que dice las mismas cosas en los dos lugares, y no es así. Tiene que haber una privacidad, un límite.
-¿Existe algún “heredero” de la TV dedicada a la infancia?
-No creo, no. Mucho dibujito? El público ahora está acostumbrado a otras cosas, pero si le proponés algo diferente, se engancha. Lo veo en la reacción de los chicos cuando hago chistes. Angueto va a ser para toda la vida. Siempre va a estar el asombro de ver un perro invisible. Y así se pueden hacer mil cosas. A los que trabajan para chicos les digo «felicidades, que trabajen muchos años, traten de evolucionar y de que los apoyen las emisoras».
– ¿Extraña algo de la pantalla chica?
-En la TV de ahora no hay sketch porque es más difícil, lógico. Hay que hacer libretos, hay que tener elenco, es más trabajoso. Siempre trabajé con los libretos. Corregía, sacaba páginas? La calle te da todas las situaciones divertidas para escribir. Es sólo cuestión de observación. Ahora es todo rápido, cuatro o cinco se pelean y listo. A la comicidad no se la toman en serio en la Argentina. Es más fácil pasar latas todo el tiempo.
-¿Qué programas prefiere?
-Veo de todo. Miro cómo explotan edificios, cómo los leones cazan a su presa? la ballena me tiene un poco podrido, siempre igual. Y, la verdad, miro poco de la TV aire. Sobre todo miro noticiosos.
A pesar de su ausencia en la pantalla, el público lo sigue acompañando de diversas maneras. Su perfil en Facebook tiene más de 55 mil fans, quienes organizaron una campaña con el objetivo de que Balá reciba el próximo Martín Fierro a la trayectoria (hay una cadena de mails a Aptra para que lo considere seriamente). En el blog elshowdecarlitosbala.blogspot.com , creado por un fanático de Cañuelas, los concursos tienen premios estimulantes, como tomar la merienda con Carlitos y publicar sus fotos junto al ídolo.

Talones de Sandrini
“A (Luis) Sandrini lo encontré en la calle un día. Lo empecé a seguir. Para verlo, para saber qué hacía, cómo vestía. Parecía un detective privado de cómo me escondía. Con el tiempo se lo confesé y me preguntó por qué no lo había encarado. A él le gustaba que la gente le hablara. Otro día, a la salida de ATC, cuando ya era un poco más conocido, me dice: «Qué hacés, pibe. Vos sos de los que me pisan los talones». Entonces le respondí: «A usted no le pisa los talones nadie. Usted es el señor Luis Sandrini». Calculá mi emoción”, recuerda.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1314509