Estrategias anticaos para los amantes de los libros y los discos

Estrategias anticaos para los amantes de los libros y los discos

Por Ivana Romero
Toda biblioteca que se precie de tal es un cuerpo vivo en permanente mutación”, afirma Jorge Fondebrider (traductor, ensayista, poeta, periodista cultural) en el prólogo de un libro aún inédito con textos que él compiló. Allí aparecen Juan Villoro, Margó Glantz, Juan Bonilla y Horacio González, entre otros. Cada uno escribe sobre los modos en que arma (y desarma) su biblioteca. Porque cada libro es parte de un andamiaje complejo que a veces pareciera respirar, moverse y aún dejar huecos vacíos por capricho propio. Cada quien crea vínculos con su biblioteca tan íntimos como el que teje con ciertas personas. Para indagar esa relación, Fondebrider pensó el ciclo “Cómo se ordena una biblioteca/discoteca”, que comienza este jueves a las 19 en la sede del CCEBA ubicada en Florida 943 y que continuará el último jueves de cada mes. El primer invitado será el artista plástico Eduardo Stupía, quien no hablará de libros sino de discos. “Es un gran amigo, a quien conocí por ser director de arte del Diario de Poesía, donde fui secretario de redacción. Pero lo que importa aquí es que es un gran melómano”, explica Fondebrider. Mientras habla toma café en una taza que lleva la foto de los personajes de la serie The IT Crowd cuyo director, Graham Linehan, es irlandés, como las chicas y los muchachos que tienen un espacio protagónico de su biblioteca. Fondebrider ama a los escritores irlandeses y algunas de las traducciones que hizo –como la de la obra de Claire Keegan, editada por Eterna Cadencia– son de lectura imprescindible. Pero también en su departamento hay pilas de cedés que trepan por las paredes en un desorden nada aleatorio. “Ahí tengo los cantantes de jazz. Ahí, jazz europeo ordenado por países. De ahí para allá, pianistas; más allá, los saxos tenores, los saxos altos, los sopranos, los barítonos, los trombones. Arriba, jazz de los veinte a los treinta…”, enumera mientras señala diversos estantes, conocedor de su propia geografía.
–Acomodás los discos como si fuera una orquesta.
–En cierto sentido, sí. Cuando la gente viene a casa, se muestra maravillada de que en este caos aparente, encuentre los libros que busco. Lo mismo con los discos. Pero siempre me preocupó el tema del espacio. Se me ocurrió que otras personas podían tener problemas similares al momento de establecer un orden. Por ejemplo, ¿cómo acomodar libros en espacios reducidos?, ¿con qué criterio? Así que consulté a una cantidad de personas del universo de la lengua castellana y con eso edité un libro, que publicará la editorial chilena Lom. La idea era convocar a gente que lidiara con libros sin ser necesariamente escritores de ficción. Y que cada cual planteara qué estrategia tenía para ordenar sus bibliotecas. Lo interesante es que cada uno eligió una alternativa distinta. Entonces se me ocurrió que podía ser una buena idea no sólo escribir sino también hablar de eso. Por ejemplo, a mí no me interesan las novelas así que regalé casi todas.
–¿Te desprendés de libros?
–Sí, de la mayoría de los libros de ficción argentina que me vinieron llegando últimamente. Igual, pienso que hay escritores muy buenos como Carlos Gamerro, Inés Garland, Hernán Ronzino… Pero a mí realmente me importa tres pepinos lo que se usa esta temporada. A mis 54 años, no puedo perder el tiempo. Hay tantos libros que no leí aún, tantos que no han sido traducidos, tantos que puedo leer en sus idiomas originales para pensar cómo presentarlos en castellano… En fin, toda mi vida me la pasé haciendo eso, descubriendo libros que no estaban de moda.
–¿Esos libros, los que atesorás y los que desechás, hablan de vos?
–Seguramente. Del mismo modo que se dice que somos los que comemos, yo digo que somos lo que leemos.
–¿Qué contaron sobre sus bibliotecas los autores que convocaste?
–Hay gente que me planteó ordenamientos. Como la historiadora Lila Caimari, que ordena sus libros por pilas en distintos lugares de su casa en función del tema sobre el cual está trabajando. A medida que termina los temas, los libros vuelven otra vez a la biblioteca hasta que se ordenan en nuevas pilas cuando vuelve a necesitarlos. Otra gente eligió hacer la historia de su biblioteca, como Margó Glantz.
–Los libros son como un universo con reglas que a veces son propias y que parecieran trascender la voluntad de quien los posee.
–Es que los libros nos constituyen. Y lo hacen de un modo mucho más profundo de lo que uno podría suponer. Un libro, en definitiva, no es un objeto utilitario sino un modo de contar quién es uno. Alberto Laiseca tiene todos sus libros forrados en blanco porque no quiere que la gente vea los títulos de su biblioteca. A mí también me interesaría tener mis libros fuera de la vista de la gente.
–¿Para evitar que te los pidan prestados?
–No presto, parto de esa base. Pero la razón por la que me gustaría tenerlos más ocultos es porque forman parte de mi intimidad. Veo a los pibes jóvenes preocupados por la autoficción, por relatar la crónica de su divorcio o el día que van al dentista, dispuestos a contar sin pudor los rasgos privados de su vida. Yo no deseo poner a quienes participen del ciclo en semejante situación. Pero es probable que rozarán lugares de intimidad. Las preguntas sobre por qué se lee a tal autor o se escucha a tal músico admiten un tipo de respuesta bastante más interesante que la mera anécdota. Y más íntima en el sentido profundo del término. Los libros y los discos son parte de lo mejor de nosotros mismos. El hecho de compartir eso públicamente es un acto de generosidad.
–O sea, no se trata de brindar recetas sino de compartir algunas incertidumbres y anécdotas. Quizás puedas resolver el tema del espacio que tanto te preocupa.
–No sé si llegaré a eso (risas). En el libro, el crítico musical Diego Fischerman –que seguramente participará del ciclo– planteó que por no tener lugar suficiente, ponía los libros de manera horizontal en las puntas, apilados, para que hiciera contención a los otros ejemplares. De vez en cuando iba una mucama. Y cuando estaba limpiando, accidentalmente podía llegar a tirar una o dos pilas al piso y los libros se terminaban confundiendo. Entonces, él hablaba de que su biblioteca tiene un orden aleatorio: el que asigna la mucama.
TIEMPO ARGENTINO