Doctora Coraje: está en contacto con la muerte, pero lucha para dar vida

Doctora Coraje: está en contacto con la muerte, pero lucha para dar vida

Por Loreley Gaffoglio
A los 32 años la vida de Romina Piñeyro está signada por crueles paradojas: es médica, pero también es paciente. Hace ablaciones de córneas y perdió la visión de un ojo. Está en permanente contacto con la muerte, pero también con la posibilidad de prolongar y mejorar la vida.
Esas ironías se exacerban en el ámbito donde eligió desempeñarse: la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) en un hospital bonaerense. Su compromiso con la vida trasciende cualquier embate. Incluso, un diagnóstico de tumor cerebral seis años atrás. La ciencia llama meningioma a su afección. En silencio, sobrelleva ese tumor benigno adosado a las meninges, el tejido conectivo que recubre al sistema nervioso central.
Ni siquiera la gravedad de su enfermedad logró deshacer su pacto de entrega frente a la afección ajena. Después de dos neurocirugías de 14 horas de duración, en las que sólo se logró reducir el tumor, Piñeyro sigue incólume como médica intensivista. Atiende cuadros apremiantes. Salva vidas y también se resigna ante la muerte.
Sin embargo, la contracara de ese ámbito hostil que es la UTI, colmado de estrés colectivo, es su potencial efecto multiplicador. Es allí donde la muerte exhibe su utilidad más paradójica: su capacidad de dar vida a partir de la donación de órganos.Ése es el rol dual, casi un oxímoron, que Piñeyro cumple en el Hospital Güemes de Haedo, como coordinadora del Centro Único de Ablación e Implante de la Provincia de Buenos Aires (Cucaiba).
“Como médica, creo que la procuración de órganos, con la generosidad que ese acto conlleva, viene a extender el ciclo de la vida -dice-. Hoy no concibo mi trabajo en terapia sin tener que ocuparme también de eso. Exige un esfuerzo extra, pero, al final del día, esa diferencia te gratifica. A veces, hasta te amiga con la muerte”, reflexiona.
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Sábados de guardia
El Güemes es una mole blanca descomunal, signada por el deterioro y la falta de insumos y drogas. Como todos los sábados, Piñeyro está 24 horas de guardia. Ya es de madrugada cuando emerge de la UTI, esta vez con el rostro desencajado. Raro en ella. Ha probado ser -dicen sus colegas- una mujer extremadamente fuerte y resiliente. Viene de reanimar durante casi una hora, excediéndose en los tiempos que dictan los protocolos médicos, a Eliana. Su paciente de 28 años -madre de dos hijos, de uno y cinco años- había entrado en paro por un cáncer de ovarios con metástasis en hígado y riñón. La madre de Eliana, a quien Piñeyro le venía brindando los partes médicos durante los últimos 20 días, esperaba en hall, alertada sobre el mal pronóstico.
Piñeyro respiró hondo, intentó recomponerse y mostrar templanza. Como gesto no verbal, inclinó la cabeza.
-Ella ya no sufre más -dijo con voz firme, serena.
La mujer se encorvó y estalló en un llanto débil, ahogado. La médica la abrazó, la guió para que se despidiera de su hija y al irse escuchó un soliloquio de voz tenue, casi un susurro.
-¿Cómo les explico a los chicos que vos no vas a estar más?-se confesó la madre ante el cuerpo de la hija.
A Piñeyro le fue imposible contener las lágrimas. Jamás lloró por su enfermedad, pero el quebranto de aquella madre y abuela, la desbordó. No necesitó decirle nada más: por su afección, Eliana no podía ser donante.
“Cada vida que se apaga es una marca indeleble que te deja -dice-. Surge el reproche interno, a veces hasta irracional: podría haber hecho mejor tal cosa, debí probar con tal otra. La muerte está naturalizada entre los médicos, pero la realidad es que nadie te prepara para eso. No existen protocolos para lidiar con el dolor ajeno. Cada uno se las ingenia para manejar las emociones como puede.”
De nada sirvió aquel postulado discursivo que ya desde la facultad la adoctrinaba en la contención emocional: “Llorar es un signo de debilidad -le advertían-. Una falta de profesionalismo que agrava la situación emocional del enfermo y la de su familia”. Había sido entrenada para disociar la gravedad de lo que se comunica de la persona que se tiene enfrente. Porque la muerte es, al final del día, una compañera más entre el plantel médico de una terapia intensiva. Un templo donde las patologías son siempre agudas y urgentes y las afecciones, heterogéneas. Piñeyro eligió eso: el trabajo en equipo bajo presión extrema; proceder el equilibrio en ambos extremos de la existencia. Un vértigo, a veces convertido en abismo, distinto de la dinámica del consultorio.
Ese precipicio se abrió con Santiago, el chico arrollado, fallecido en terapia. Con palabras llenas de humanismo, Piñeyro dijo esta vez: “Nada pudimos hacer”. En shock, la madre no pudo elaborar esas palabras. Y abrazando a su hijo, le susurró: “Vos te volvés conmigo; regresás a casa con mamá. Quiero que vuelvas adentro de mi panza donde nadie te pueda lastimar”.
Casos como el de Eliana o el de Santiago se repiten diariamente con otros nombres, otras afecciones y también con otras reacciones. Muchas veces virulentas e intimidatorias. Porque la violencia no discrimina a los médicos. Sobre todo cuando a Piñeyro le toca comunicar la muerte por herida de bala o arma blanca. Su única estrategia de resguardo es trabar la puerta de la UTI y que la custodia desenfunde un handy.
Los días en que Piñeyro está de guardia son pródigos en potenciales donantes. Los accidentes viales, por conductores alcoholizados o jóvenes que salieron en moto sin casco, se triplican los sábados. Y, con ellos, también los decesos por traumatismo craneano.
Al estrés por la atención de cuadros con muerte encefálica, suma luego esa charla decisiva con los familiares. Aquella que marca la diferencia y que hizo que en 2016, 501 personas donaran órganos y otras 470, tejidos. En ese rol, jamás persuade; sólo explica, informa. Y mientras las deliberaciones familiares se prolongan con preguntas que ella no podrá responder-si el alma ya abandonó al cuerpo, es la más usual- será la encargada de mantener artificialmente a los órganos irrigados. Esos cuidados con aparatología compleja son vitales. Tan vitales como la esperanza de esas otras 8005 personas que hoy esperan un órgano. O la de los 3085 pacientes que aguardan córneas.
Según el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai), en 2016 se hicieron 1238 trasplantes de órganos y otros 898 de córneas (tejidos), gracias a las tareas que cumplen médicos como Piñeyro. Pero las listas de espera crecen año tras año porque se indican cada vez más este tipo de intervenciones. Así, la asimetría entre la cantidad de donantes y los que esperan una mejor calidad de vida se agiganta.
Existe una fisura en el programa federal de procuración de órganos que torna esa asistencia en un escenario desigual: mientras el grueso de las UPI de hospitales públicos cuentan con un coordinador para la procuración, las clínicas y sanatorios privados no suelen tenerlos.
“Eso redunda en que haya miles de órganos y tejidos que se pierden -afirma el jefe de la Unidad de Trasplante de la Fundación Favaloro, Alejandro Bertolotti-. Aunque el Incucai tomó nota de esta asimetría y desde este año insta a los centros privados a procurarlos. Saldar esa desigualdad ayudaría, al menos, a que nadie tuviera que esperar aunque más no sea por córneas.”

Victorias
Cada vez que una familia accede a la donación, para Piñeyro es una victoria. Será ella el nexo con el Cucaiba y la que procederá en la ablación de córneas. Esa acción en la biografía de Piñeyro encierra una entrega mayor: ningún trasplante podrá devolverle el 50% de la visión que perdió. Fue entrando en sombras paulatinamente a medida que su tumor crecía y oprimía al globo ocular derecho.
En las dos neurocirugías que enfrentó intentaron extirpar el tumor sin éxito. Los neurólogos no tuvieron opción: para acceder al tumor debieron cortar uno de los nervios olfatorios. Por eso, perdió el olfato y su anosmia es irreversible. Se dio cuenta de que ya no olía mientras se realizaba las curaciones en la herida. No percibía el alcohol; enseguida fue a oler café. Tampoco podía sentir las fragancias de los perfumes.
“Fue peor perder el olfato -dice Romina- que enterarme de que tenía un tumor. Y no sabría por qué. Me pregunté muchas veces por qué eso me enoja tanto cuando lo que puede causarme problemas o matarme es el tumor.”
Hoy, Piñeyro viaja en colectivo y de pronto la acechan alucinaciones olfativas: siente olor a tostadas; cree percibir el aroma del pasto mojado, o el de un libro nuevo. A veces, hasta ese vaho cáustico, entre Pervinox y alcohol, típico de los hospitales. Sabe, sin embargo, que es el recuerdo emotivo el que acecha y marea sus sentidos.
En la intimidad de su hogar -un departamento alquilado, de dos ambientes en Caseros, empapelado con fotos y frases sobre post it-, Piñeyro muestra un zurcido ancho desde la oreja hasta la mitad del cráneo, oculto por su cabellera larga y retinta. Son las cicatrices superpuestas de sus cirugías; el recuerdo de ese tumor que no ha logrado vencer.
Hugo, su novio, técnico informático, ceba los mates que ella acompaña con cigarrillos rubios. Romina habla de su enfermedad con naturalidad, como una afección azarosa que en la lotería de la vida le tocó. Detesta el rol de víctima y nunca se preguntó por qué, por qué a ella. “Jamás lloré por este tumor -dice-, no me sale, como tampoco me sale otra cosa que darle para adelante. No pierdo un segundo en lo que sé que no puedo cambiar.”
Sí encuentra una reflexión en la ironía que supone ablacionar córneas que no pueden devolverle parte de su visión: “Siempre digo que si yo tuviese la posibilidad de recuperar el 100% de mi vista gracias a un trasplante, me encantaría que en algún hospital argentino hubiera alguien haciendo el laburo que hago yo: tomándose el tiempo para hablar con las familias, extraer los globos oculares, resguardarlos con la mayor esterilidad posible, para que otros puedan recuperar su calidad de vida”.
A pesar de su afección, su trabajo en la UTI no está contraindicado. Sólo a veces se resguarda con barbijo cuando le bajan las defensas y se cerciora de que a las 24 horas de guardia las sucedan otras ocho de riguroso descanso. Hay algo más íntimo y doloroso. La contraindicación de que algún día pueda ser madre. “El estímulo hormonal del embarazo puede hacer crecer el tumor -se resigna-. Y es curioso porque nunca quise ser mamá hasta que me enteré de que no podía serlo.”
Siempre positiva, toma de la vida lo que ésta puede ofrecerle. Quizás en un futuro, cuando logre con Hugo una estabilidad económica que hoy no tienen, piense en la adopción.
Dice que no es su tumor, sino la precariedad hospitalaria, la escasez de insumos y la violencia indiscriminada que enfrentan los médicos los que le suman estrés. “Si me preguntás qué cambiaría, no tengo dudas: desearía que mi salario fuera digno y justo, pero no lo es (gana $ 15.500); que los hospitales bonaerenses mejoraran y no tener que contar las gasas o poner medicación mía o de mi bolsillo para darles a los pacientes. Pero, sobre todo, me gustaría poder hacer mi trabajo tranquila sin que afuera alguien me quiera moler a palos.”
Regresamos al Güemes otro sábado por la noche. Frente al estacionamiento se ven grupos de jóvenes que enfilan para ir a bailar a Pinar de Rocha.
Esteban Mateos, un colectivero de 52 años, abandona la casa rodante que hace meses instaló con su familia en el estacionamiento del hospital. Sube hasta el cuarto piso de la UTI y espera el parte vespertino de Piñeyro. Un ritual que repite desde hace meses. Su hijo Federico, de 17 años, sufrió un accidente en moto y está en coma. Al padre le franquean el ingreso para verlo. Durante horas le masajeará el cuerpo al hijo. Espera una reacción.
Mateos cuenta que admira la humanidad con la que Piñeyro trata y habla de su hijo. “Hasta me prestó su propia medicina anticonvulsiva para que se la suministrara a Fede”, desliza. “Cada palabra de ella siempre es contención y para mí eso no tiene precio”, completa.
En la madrugada una retahíla de dolencias ingresa en la terapia. Es una suerte de ruleta rusa hospitalaria sin fin. Detrás del vidrio esmerilado, con las puertas trabadas, Piñeyro cumple con serenidad su rol. El fragor es palpable, asfixiante. Médicos y enfermeras se secundan entre sí. Trabajan en equipo. Ninguno desentona en ese arte sagrado de pelear por la vida.
LA NACION