Historias con mucha altura

Historias con mucha altura

Por Gabriela Koolen
Los edificios son el resultado de diferentes modos de pensar la ciudad, deseos de superación e ideales de progreso. Los modos de habitarlos construyen relatos que los convierten en la memoria viva de las grandes urbes. Las primeras torres de Buenos Aires, hijas del inicio del siglo XX -la Galería Güemes, el Palacio Barolo, y el edificio Kavanagh- revelan la ambición de superación y el vértigo de la historia.
Con dos entradas, una en Florida 165 y la otra en San Martín 170, la Galería Güemes habilita un atajo en el convulsionado microcentro. A pesar de sus 100 años, no deja de sorprender. Como un callejón de los sueños, transporta a un pasillo con mucho más que casas tradicionales de dulces que tientan a los sentidos.
“Me conmueve cuando veo sus inmensos pórticos de hierro forjado enmarcados en mármol o cuando, al levantar la vista, las cúpulas me transportan. Al contemplar los frescos que coronan los ventanales del segundo piso de la nave, sentís la magia de la arquitectura y te olvidás de que estás en la city porteña”, dice Cecilia Olsen, presidenta del directorio de la Galería Güemes.
La nave, los frescos y las cúpulas de este palacio en pleno microcentro deslumbraron a muchos. Su creador, el arquitecto Francisco Gianotti, jamás podría haber diseñado la excéntrica vida del edificio, los relatos fantásticos que surgirían entre chocolates y cigarros importados. En esas paredes, rebota el eco del escritor Antoine de Saint Exupéry -autor de El Principito-, quien vivió en el sexto piso de uno de los edificios de la galería. En una carta que le escribió por esos días a su madre, el aviador le hablaba de su compañero de piso: un cachorro de foca traído de un viaje a la Patagonia. Pero, todavía se puede oír el murmullo de los malabares de Pepe Biondi, quien dio sus primeros pasos como comediante en el teatro que funciona en el subsuelo; o algún tango que entonó Carlos Gardel, quien se presentó ahí en 1917. Por su parte, Julio Cortázar inmortalizó este espacio en su cuento El otro cielo, publicado en Todos los fuegos el fuego, donde imaginó esta galería unida con la parisina Vivienne.
GALERIA-GUEMES
El mirador de la galería fue durante mucho tiempo el punto más alto de la ciudad. Superaba los 80 metros y se accedía a un enorme binocular por 25 centavos para ver a Buenos Aires desde las alturas. La visión, que se abría en todas las direcciones, ofreciendo un panorama de 360 grados de toda la ciudad, incluso permitía divisar Colonia de Sacramento, en Uruguay.
Consultada sobre los desafíos de un trabajo que la ubica casi como una guardiana de la historia, Cecilia Olsen comenta: “Es un edificio de 100 años, con todo lo bello y lo complejo que implica. Las tareas de mantenimiento son constantes y más costosas que si se tratara de una construcción nueva. Asimismo, las características de los materiales demandan un cuidado especial y contar con profesionales que sepan tratarlos, pero los resultados justifican el esfuerzo”. El objetivo: posicionar a la Galería Güemes como uno de los lugares que las personas que visitan la Ciudad de Buenos Aires quieran conocer. “Por su arquitectura, por poder tomar desde el Mirador la mejor foto de Buenos Aires desde las alturas y por ese valor intangible que le imprimen las historias que atesora en casi 100 años”, resume Olsen.

Entre el cielo y la tierra
El Palacio Barolo sólo revela sus secretos a quien se adentra a conquistarlos entre historias de masonería, pasiones literarias y ambiciones de superación. Ubicado en Avenida de Mayo 1370, fue al momento de su construcción el edificio más alto de América latina -destronando a la Galería Güemes-, un proyecto ideado por el productor agropecuario Luis Barolo (nacido en Italia, radicado en la Argentina en 1890) y construido por el arquitecto Mario Palanti, también italiano, que se instaló en el país a principios del siglo pasado.
Fue concebido para convertirse en un espacio donde conservar los restos del famoso poeta italiano Dante Alighieri, autor de La Divina Comedia -algo que finalmente no sucedió. Sus interminables pasillos, escaleras y oficinas están cargados de símbolos y alusiones a la obra del poeta. En la planta baja y los dos subsuelos está el infierno. Desde el primer piso al 14, donde, a su vez, se representan, cada dos pisos, cada uno de los siete pecados capitales, está el purgatorio. Y, del 14 al 22, el paraíso.
La numerología de este Palacio de la masonería -sus creadores y el poeta Dante eran masones- anuncia que ahí nada está librado al azar. La ubicación a la altura del 1300 -año en el que se escribió La Divina Comedia- sus 100 metros de altura -los 100 cantos del poema-, o los 22 pisos en alusión a la cantidad de estrofas de los cantos son algunas muestras de que este universo encierra mucho más de lo que se ve a simple vista, y propone un juego de referencias dedicadas sólo para entendidos. “Ningún juez más justo que el autor de la obra”, se lee en latín en una de las bóvedas de ingreso. Esta frase, que pertenece al arquitecto Palanti, ilustra la soberbia con la que el Barolo desafía a los aficionados.
Miqueas Thärigen no se siente intimidado por la grandeza del palacio. Conoce sus rincones desde siempre, desde que su abuelo tuvo su oficina ahí. Por eso, tal vez, mientras estudiaba la carrera de Medicina -hoy es ginecólogo-, decidió dedicarse a ayudar a otros a conocer ese espacio que tanto le fascinaba. Así, hace 11 años fundó Palacio Barolo Tours -una empresa a la que luego se sumó su hermano Tomás- que se dedica a guardar y transmitir la memoria del Barolo a través de tours y visitas guiadas por el edificio.
“A nosotros, nos interesa dar a conocer la historia de este edificio porque es una manera de contar esa visión de la Argentina próspera, esa idea de nuestro país en un lugar de progreso en el mundo”, dice entusiasmado Miqueas, que no pierde la pasión por la tarea: a veces, confiesa, como si fueran chicos otra vez, su hermano y él se pelean para definir de quién es el turno de guiar a turistas extranjeros y curiosos locales hasta el cielo del edificio, los miradores en torre desde el piso 20 -desde donde se puede ver la ciudad- y el faro en el 22.

La historia de un amor
Cuando parecía que la ambición de superación había encontrado un techo -el del Palacio Barolo-, el Edificio Kavanagh -inaugurado en 1936, en la calle Florida 1065- propuso trepar un poco más. En este caso la ambición, dice la leyenda urbana, se combinó con el despecho de una mujer para levantar las paredes más altas en sólo 14 meses, un tiempo récord para esa época.
La hija de la millonaria Corina Kavanagh, quien encargó este edificio a uno de los estudios más prestigiosos de ese momento (Sánchez, Lagos y de la Torre), había tenido una historia de amor con un joven de alta alcurnia, hijo de Mercedes Castellanos de Anchorena. Pero, ante el rechazo de la madre del joven, que se oponía a la relación, esta terminó. Dispuesta a herir donde más dolía ante el límite impuesto a su hija, Corina se encargó de opacar (literalmente) el sueño de su rival, construyendo este enorme edificio para ensombrecer la iglesia del Santísimo Sacramento, que los Anchorena habían construido hacia 1920 para utilizar como sepulcro familiar.
El único pedido que les hizo a los arquitectos Gregorio Sánchez, Ernesto Lagos y Luis María De la Torre fue que el edificio tapara la basílica. Así es que hoy, quien quiere mirar de frente la iglesia, debe pararse en el pasaje Corina Kavanagh, que pertenece al edificio. El edificio no tiene cocheras ni portero eléctrico. Los visitantes deben anunciarse en la recepción, que avisa por teléfono a cada departamento.
La conquista del los cielos de Buenos Aires, así como el crecimiento y la expansión de la capital dejó huellas en la memoria. En términos estéticos, el panorama de Buenos Aires es amplio: incluye desde cúpulas y columnas majestuosas de estilo neoclásico como el Congreso Nacional, la Casa Rosada, el Teatro Colón, y la Catedral hasta edificios coloniales, con una fuerte carga simbólica como el Cabildo y la Manzana de las Luces. Sin embargo, el mayor patrimonio, el más jugoso, es el de los secretos y motivaciones, que aún hoy mantienen vivas las construcciones.
EL CRONISTA