Eastwood: cuando el mito suena

Eastwood: cuando el mito suena

Por Marcelo Stiletano
Estas alturas, cuesta entenderlo, pero el lugar común sigue vigente: todavía hay quienes identifican a Clint Eastwood con los policiales de Harry el Sucio y sus películas del Oeste. Una de estas últimas (Lo bueno, lo malo y lo feo) volvió a la memoria ayer, al conocerse la noticia del fallecimiento de Eli Wallach.
No hay duda de que esos títulos y géneros forman parte esencial del notable corpus artístico del más clásico de los realizadores estadounidenses activos. Pero a Eastwood, vigente y en plena actividad a sus 84 años recién cumplidos (los celebró el 30 de mayo), corresponde también reconocerle el poderoso costado musical de su filmografía. Un matiz que se refleja en plenitud desde su último film, que podrá verse desde hoy en los cines locales: es Jersey Boys, persiguiendo la música, adaptación de la exitosa pieza de Broadway.
De hecho, la película que estamos a punto de conocer incorpora un nuevo matiz sonoro a la antología de retratos de los mitos, los comportamientos y la moral de la sociedad estadounidense, el elemento basal de su extraordinaria filmografía. No es casual que la música haya marcado a fuego el comienzo de la trayectoria de Eastwood como director: el título original de su ópera prima, estrenada aquí como Obsesión mortal (1971), es Play Misty for Me, en explícita alusión a un clásico de Erroll Garner.
Dos años antes lo veíamos cantando y bailando en el musical La leyenda de la ciudad sin nombre, de Joshua Logan, quizás el primer antecedente del encuentro directo con una pieza nacida en Broadway, último avatar hasta ahora de su incansable tarea como director.
¿Hay más? Mucho más. El hito fundamental es Bird (1988), apasionado, complejo, minucioso retrato de la vida y la obra de otro gigante del jazz, Charlie Parker. En esa misma década produjo, dirigió y protagonizó Honkytonk Man (1982), una de sus obras menos conocidas (de hecho jamás se estrenó en los cines argentinos) sobre el inexorable camino hacia el infierno de un cantante country golpeado por el alcohol y la frustración.
También lo vimos tocar el piano a la vista de todos en Ciudad ardiente y En la línea de fuego. Más tarde, muchos se asombraron al ver la firma de Eastwood también detrás de la música incidental de sus películas, algo que ocurre con muy pocas excepciones desde Río místico hasta la fecha.
Juguetonamente, hasta podría decirse que Eastwood se dedicó a hacer películas de ficción (algunas con destino de Oscar como Los imperdonables y Million Dollar Baby) en el tiempo libre que le quedaba después de cumplir con innumerables proyectos y compromisos ligados a la música: produjo un documental sobre Thelonious Monk, dirigió en ese género uno de los mejores episodios de la consagrada serie The Blues (titulada precisamente Piano Blues) y realizó otros tantos acercamientos testimoniales a la obra de Dave Brubeck y Tony Bennett.
Y fuera del cine, desde la división discográfica de su productora Malpaso, mostró su buen oído con los dos volúmenes dedicados a la música de Los puentes de Madison (con temas clásicos de Johnny Hartman y Dinah Washington) y el soundtrack de Medianoche en el jardín del bien y el mal consagrado a Johnny Mercer (con el mismísimo Eastwood cantando con su voz aguardentosa el clásico “Ac-Cent-Tchu-Ate the Positive”). Junto a ellos se editó un álbum doble memorable (Eastwood After Hours, Live at Carnegie Hall, hoy casi imposible de encontrar) en el que recorre los temas de jazz de sus películas con el aporte de la Carnegie Hall Jazz Band y grandes solistas.
Para la misma fecha (1997) apareció en las bateas, producida por Eastwood, la antología Monterey Jazz Festival: 40 Legendary Years, colección de tres álbumes en los que se sintetiza la historia de ese legendario encuentro anual del jazz en la costa californiana, no muy lejana de Carmel, el bello enclave del que llegó a ser alcalde. En esa colección se incluye “Blue Daniel”, un tema de Cannonball Adderley que los conocedores más minuciosos de la filmografía de Eastwood asociarán con un tramo de Obsesión mortal.
Habían quedado muy atrás aquéllos tiempos de adolescencia, en los que Eastwood pasaba la gorra a los 15 años después de improvisar algún standard de jazz en el Omar Club de Oakland, no muy lejos de su natal San Francisco. Pero los recuerdos perduran, como ese momento único de comienzos de los años 60 en los que Eastwood, en pleno disfrute de su primer éxito televisivo, la serie Rawhide (exhibida en la Argentina como Cuero crudo) hasta se animaba a grabar un LP.

APARECE UN ÉXITO
Ese mismo tiempo vivió el apogeo de Frankie Valli y los Four Seasons, tal vez el fenómeno de la música popular más exitoso de Estados Unidos (más de 100 millones de discos vendidos) hasta la llegada de los Beatles. Un hito que llegó más tarde a Broadway y que perdura hasta hoy en la catedral del teatro musical: desde octubre de 2005 lleva allí 3572 representaciones, contadas hasta el último domingo, a las que ahora se suma la versión para el cine que Eastwood eligió producir y dirigir.
Dos de los tres años que llevaba inactivo como director desde J. Edgar (2011), Eastwood los dedicó a preparar una remake de Nace una estrella. De esta manera esperaba darse el gusto de hacer una película musical hecha y derecha y, de paso, sacar provecho del talento de Beyoncé, ya claramente insinuado en Dreamgirls.
Pero el embarazo de la escultural cantante dilató hasta lo imposible el proyecto, que Eastwood sin embargo todavía sueña con llevar adelante en el futuro. La alternativa llegó a través del productor Graham King, que años atrás adquirió los derechos para el cine de Jersey Boys. Eastwood descartó un primer guión del cotizado John Logan (El aviador, Operación Skyfall), pensado hace unos años para que fuera dirigido por Jon Favreau (Iron Man) y optó por ir directamente a las fuentes. Convocó como guionistas a los autores de la letra y la música de la pieza de Broadway, Marshall Brickman y Rick Elice, y llamó a tres de sus cuatro protagonistas para repetir en el cine sus papeles teatrales: John Lloyd
Young (Valli, con sus inigualables falsettos), Erich Bergen (Bob Gaudio, el cerebro musical del grupo) y Michael Lomenda (Nick Massi, encargado del bajo y de los tonos vocales bajos). A ellos se sumaron Vincent Piazza (el Lucky Luciano de Boardwalk Empire) como Tommy DeVito, el verborrágico artífice de esa feliz empresa musical, que también vivió momentos de profunda crisis, y el gran Christopher Walken.
Antes de rodar, Eastwood vio tres versiones del musical en otras tantas ciudades de Estados Unidos y comenzó a trabajar en este nuevo mojón de un largo camino con títulos que a lo largo de la última década hicieron mucho ruido y tuvieron una respuesta de público muy dispar: Chicago, ¡Mamma mia!, Dreamgirls, Hairspray, Rock of Ages, Los miserables. De todos ellos, Jersey Boys, persiguiendo la música (título con el que Warner estrena hoy la película en la Argentina) pertenece a lo que se conoce como jukebox musical, modalidad que parte de temas conocidos y luego integrados de forma deliberada para contar una historia a través de ellos.
“No quiero repetir lo que hice la última década o la década anterior a esa”, le confesó Eastwood hace unos días a Variety antes del estreno de la película en Estados Unidos, un lanzamiento que dividió aguas entre los críticos y tuvo en su primer fin de semana una discreta respuesta del público. Más allá del veredicto de las boleterías, Eastwood prefiere escuchar otra música y, de hecho, ya trabaja en la posproducción de su nueva película (ver recuadro).
Suele decirse que Eastwood escucha sus películas tan claramente como las ve. Y, como dijo una vez Lennie Niehaus, uno de sus colaboradores musicales más frecuentes, el viejo Clint “dirige de la misma forma en que un músico de jazz toca su instrumento”. El mito sigue sonando.

TAMBORES DE GUERRA
Sin ganas de perder el tiempo, Eastwood no esperó al estreno de Jersey Boys, persiguiendo la música para trabajar en su nueva película, la número 34 de su filmografía. Se trata de American Sniper, inspirada en la autobiografía de Chris Kyle, integrante de las fuerzas de élite de la marina de Estados Unidos que se jactó de haber ejecutado a más de 250 enemigos durante sus cuatro misiones en el teatro de operaciones de Irak y Afganistán. Bradley Cooper interpreta a Kyle, que murió en febrero de 2013 ultimado por otro militar, mientras ambos se encontraban en un campo de tiro de Texas. La película será estrenada el año próximo.
LA NACION