J. K. Rowling: “La ficción tiene un rol social”

J. K. Rowling: “La ficción tiene un rol social”

Por Erica Wagner
Conocí a J. K. Rowling en… Bueno, en realidad no puedo contarles dónde la conocí. La dirección de su estudio es un verdadero secreto de Estado. En realidad, hasta podría resultar simpático o gracioso, salvo que una decida enojarse por el incordio. ¿Pero para qué enojarse, si yo me moría por conocerla? Así que llegué y ahí estaba ella, rubia y menuda, tendiéndome la mano con una mezcla de reserva y calidez. Esta dama tan atenta a su glamour personal me recibió vestida con elegante informalidad: jeans, zapatillas Converse y una campera azul sobre los hombros. Su maquillaje era sutil, pero preciso, y sus uñas delataban los cuidados de una manicura. Parece alguien que ya se ha acostumbrado a ser quien ahora es.
Esta esforzada madre soltera -que escribió su primera novela en una máquina de escribir, sentada en bares, mientras sobrevivía con la ayuda del Estado e intentaba salir de la depresión- tiene ahora 47 años, ha ganado 560 millones de libras (casi 900 millones de dólares) con sus libros, y ha aprendido a lidiar con todo aquello que su inédito y pasmoso éxito trajo consigo. Riqueza y fama, por supuesto, pero también una enorme exposición que explica su cautela a la hora de contestar preguntas. Rowling protege muy especialmente la privacidad de su familia: en 2001 se casó con el médico Neil Murray, con quien ha tenido un hijo y una hija, que vinieron a sumarse a una hija adolescente de su primer matrimonio.
Publicada cinco años después del canto del cisne de Harry Potter, su primera novela para adultos, Una vacante imprevista, es la historia de un conflicto de clases actual y del gobierno de una localidad del oeste de Inglaterra. Rowling también es buena conversadora: saber escribir bien -como lo hace ella- sobre los personajes y sus relaciones viene de saber escuchar lo que la gente dice, y las respuestas de la autora son serias y meditadas, con una pizca de picardía. Me cayó bien. Hablamos hasta que se nos acabó el tiempo y las puertas de su paradero secreto volvieron a cerrarse.

-Una vacante imprevista es claramente un libro comprometido. ¿Qué tipo de función social cree usted que puede cumplir todavía la ficción?
-Creo que la ficción tiene un rol social. Pienso que a lo sumo se puede aspirar a que la gente reflexione un poco más, y eso a veces alcanza para producir algunos cambios reales. Pero más allá de eso, no escribí Una vacante imprevista para dejar sentada una postura. El libro no plantea una polémica, no es de política partidaria. No creo que ninguna buena novela que se haya escrito pueda ser tomada como un manifiesto. Pienso que una novela debe ser ante todo una historia, y Una vacante imprevista es una historia. Tal vez su mayor valor sea mostrar cuáles son los grandes temas de nuestros días, y no necesariamente plantear qué es lo que uno debería pensar acerca de esos temas. ¡Lo importante es que la gente los discuta! Este es un libro sobre gente que discute, y me imagino que será un libro sobre el que la gente discutirá. Y eso es bueno. Más allá de eso, si consigo que la gente sea un poco más sensible y compasiva, ya sería bastante más que lo que logran los políticos, ¿o no? Así que tampoco hay que menospreciar sus efectos.

-¿Tuvo que investigar para escribir esta novela?
-Muy poco. Casi todo lo extraje de mi propia experiencia de vida. He tenido una vida muy peculiar en muchos aspectos. He pasado por situaciones económicas muy diversas, y por lo tanto podría decirse que también mi estatus social ha cambiado muchas veces. A lo largo de mi vida, mi situación financiera ha sufrido fluctuaciones alocadas. En mi peor momento económico, estuve en contacto con gente que vivía, por ejemplo, como vive la familia Weedon en mi novela, que pertenecen a la clase trabajadora, y con gente que fue a la escuela pública y que se educó en la escuela pública, y me crucé con adolecentes que son como los personajes del libro. También tuve tratos con gente típica de clase media, como la familia Mollinson, y conocí sus puntos de vista. Yo crecí en una ciudad inglesa de clase media, y muchas de las actitudes que manifiestan los personajes de clase media de mi libro son increíblemente semejantes a las que observé durante mi infancia.
Al que sí investigué en profundidad es al pueblo sikh. Quería que en esa ciudad que inventé hubiese una familia de color. Quería que fuese una familia con complejidades. En la novela, la familia Jawanda es en muchos sentidos la encarnación del sueño de la clase media: son los nuevos representantes de los escalones superiores de la sociedad. Padres sumamente exitosos, tres hermosos hijos, las cosas andan mal en esa familia. Pero una de las razones es que tienen muchas presiones de todas partes, y la más presionada es la madre. Una de las presiones que sufre esta mujer es una forma corrosiva de racismo. Un racismo no reconocido, y que por eso es tan corrosivo, porque igual está ahí, y creo que el libro logra mostrarlo. Para mí tenían que ser sikhs, porque cuando era veinteañera y vivía en Londres me hice amiga de una chica que venía de una familia sikh. Una vez estábamos hablando de la igualdad de géneros y me contó que en los templos sikh, llamados gurdwara, las mujeres pueden realizar todos los rituales religiosos, y que eso está consignado explícitamente en su libro sagrado, donde las mujeres están puestas en pie de igualdad con los hombres. Me resultó fascinante. Nunca había oído de una religión en la que eso fuese así. A mí me criaron en la tradición cristiana. El fundador de la religión sikh, Guru Nanak, es el gurú que se hundió en el río, desapareció durante tres días y reemergió diciendo: “No hay hindúes, no hay musulmanes, somos todos iguales”. Y eso está lleno de poesía, porque todo el libro es acerca de., bueno, de cómo la luz de Dios se irradia desde cada alma. Así que tenía que incluir una familia sikh. Así que sé mucho más sobre los sikh que lo que parece en el libro, como suele ocurrir. Me acuerdo de cuando investigaba algunas cosas para Harry Potter que al final me servían para una frase o dos. Pero así yo tenía la certeza de que funcionaba, y funcionaba por razones que incluso escapaban al lector.

-A diferencia de la serie de Harry Potter, esta novela no tiene un personaje central. ¿Qué consecuencias tuvo eso en su escritura? ¿Fue más fácil, más difícil o simplemente muy distinto que escribir los libros de Harry Potter?
-En la serie, el punto de vista es el de Harry Potter, y para que eso funcionara a veces tenía que hacer trampa. En esta nueva novela, una de las ideas cruciales del libro era que el lector compartiría la vida interior de varios personajes, para que cuando al final del libro se llega al punto en el que tres personas deciden ignorar cierta situación, el lector ya ha entendido exactamente por qué cada una de esas tres personas es capaz de ignorar algo que está sucediendo frente a sus propios ojos. A decir verdad, me entusiasmaba enormemente el desafío. y esa libertad.

-¿Con qué autor, muerto o vivo, le gustaría encontrarse a cenar?
-¡Lo pensé tantas veces! Se me pasaron por la cabeza muchos escritores, mis favoritos, y además tengo que pensar en el tema de la cena. Pensé en P. G. Wodehouse, pero cuando uno lee su correspondencia, se da cuenta de que lo único que le importaba a Wodehouse era escribir y los perros pequineses. Y yo pequinesa no soy, así que intuyo que nos habría costado hilar una conversación liviana, desde la entrada hasta el postre. Entonces descarté a P. G., con pesar. Ah, y también descarté a Jane Austen, que hay días que me parece mi favorita entre todos, pero me parece que me daría miedo encontrarme con ella. ¿No fue Emily Brontë la que dijo que la mente de Austen era como una pequeña tijera? Así que el concurso quedó reducido a dos contendientes: Colette y Dickens. Colette es aterradora. Pero si estuviese en un buen día y dispuesta a contarme la verdad de su vida, sería la velada más fascinante de la historia de la humanidad. Pero Dickens también tuvo una vida maravillosa, y en este momento siento que lo pasaría bomba con Charles Dickens. Además era muy histriónico, ¿o no? Dickens sería un comensal extraordinario. Así que por una cabeza, supongo que me quedo con Charles Dickens, por la posibilidad de hacer preguntas y de conocer a la persona real. Con Colette podría pasar que después de haber comido la entrada uno se dé cuenta de que es todo un desastre y empiece a preguntarse por qué no eligió a Dickens.

-¿Con qué personaje literario se siente más identificada?
-Tengo que ser sincera: con Jo March. Leí Mujercitas a los ocho años, y no sabía que podía existir alguien así en alguna parte. Alguien con un deseo tan ferviente de escribir, como yo, que también quería escribir, ¡y que además se llamaba como yo! Y tenía mal carácter, como a mí, que en seguida se me saltan los fusibles. Y era directa, en una familia de mujercitas, y yo era directa. Así que elijo a Jo March.

-¿Libro electrónico o libro impreso? ¿Qué nos depara el futuro?
-Yo creo que los dos. Es un momento muy, pero muy interesante para el mundo editorial. No creo que el resultado se defina hasta dentro de unos años, porque ahora estamos en un momento de verdadera revolución. Como escritora, valoro el trabajo de las editoriales tradicionales. Yo podría haber elegido el camino de publicarme a mí misma, como lo hacen algunos escritores de carrera. Pero cuando salí a buscar editorial para La vacante casual quería conseguir el editor justo para ese libro. Quería contar con su apoyo y con su mirada crítica. Yo no veo a los editores como malvados cancerberos, porque el arte es subjetivo. Sería muy poco razonable que dijera: “¡Ay, esa gente mala que rechazó Harry Potter! ¿No se dan cuenta de que son unos tontos?” Nadie está obligado a que le guste lo que uno escribe, ¿sabían? Su trabajo es ese. No quedé resentida por eso, ¡de qué podría estar resentida yo!

-¿Qué piensa de que los niños vean las películas de Harry Potter antes de leer sus libros?
-No me gusta. Me imagino que a ningún autor le gustaría. Y con mis propios hijos, soy muy estricta: pueden mirar la película cuando hayan leído el libro, cuando mamá ya te lo haya leído. Y no sólo con mis libros. En eso soy draconiana. Fue muy deprimente cuando me encontré con alguien muy famoso -no voy a decir quién- que me dijo: “Amo profundamente su trabajo”. Y yo le dije: “Qué amable de su parte, muchas gracias”. Y después de varios minutos de elogios hacia “mi obra”, resultó que había visto todas las películas y nunca había leído los libros. Se me fue el alma al piso. ¡Las películas no son obra mía! Es el trabajo de otra gente, gente a la que adoro. Y me encantan las películas y me encantan los actores de las películas, pero no son obra mía.

-Si pudiera darle un consejo a la persona que usted era antes de que la publicaran, ¿qué le diría?
-Qué difícil. Hubiese sido imposible prepararme para lo que se venía. Imposible realmente. En ese momento, no tenía las herramientas necesarias para sacar provecho de cualquier consejo que pudiese darme a mí misma. Algo que me habría dicho sería: “Confía en tus instintos respecto de las personas. No te equivocarás nunca.” Y eso me habría dado la confianza suficiente como para surfear la ola con un poco más de gracia.

-A veces los autores vuelven a sus personajes de maneras inesperadas. ¿Cómo sería el mago Harry Potter a los 40 años?
-Creo que Harry, como personaje, ya pasó. Estoy tan segura como puedo estarlo. Salvo que se me ocurra algo inesperado, salvo que en diez años piense que hay algo que Harry debería hacer, no creo que vuelva. Que siga con su vida. Tuvo una juventud bastante alocada. Me gusta pensar que ahora vive en paz. Cerré la puerta a una posible continuación cuando escribí el epílogo a Las reliquias de la muerte, y creo que por eso a muchos fans no les gustó el epílogo, porque cerraba esa puerta. No estoy descartando absolutamente la posibilidad de que haga algo relacionado con ese mundo. Aunque no tengo planes de hacerlo, podría ocurrir. Pude crear un gran mundo en el que me encanta jugar, pero creo que como personaje, Harry ya fue.

-¿Qué está leyendo ahora?
-Acabo de terminar The Song of Achilles, de Madeline Miller. Vi una entrevista que le hicieron, y tuve una especie de enamoramiento infantil, así que quise leer lo que escribía, y me gustó mucho.

-Y por supuesto, ¿qué opina de Cincuenta sombras de Grey?
-No la leí. Tengo amigas que la leyeron. Muchas amigas. Es como un efecto dominó. Me gustaría encontrar a algún hombre que la haya leído, y averiguar qué aprendieron de la sexualidad femenina. ¿Ven? Ese es un artículo que me gustaría leer.

-¿Qué libro cambió su vida?
-Muchos. Pero lo raro es que de inmediato el primer libro que me vino en mente fue Manon Lescaut, del abate Prévost. ¡Y hace 27 años que no leo ese libro! Pero mi respuesta es esa, porque creo que mi inconsciente no me traiciona. Lo tuve que estudiar en la universidad, así que tendría 19 o 20 años, y se me pegó para siempre. Se trata fundamentalmente de la historia de un amor obsesivo. Lo que aprendí de ese libro es que gran parte del amor es una ilusión. Y desde entonces pude comprobarlo en mi propia vida. Cuando veo que eso pasa, siempre vuelvo mentalmente a ese libro. Un gran libro hace precisamente eso: se convierte en parte del mobiliario de nuestra mente.
THE TIMES y LA NACION