24 Nov El Resplandor Quieto
Sobre el amor cuando deja de ser recuerdo y se convierte en fuerza interior
Hay un momento en la vida —a veces breve, a veces silencioso— en que el amor deja de buscar nombres, explicaciones o destinos.
No apunta hacia nadie.
No espera nada.
Simplemente existe, como una luz fija detrás del pecho, una claridad que no pide atención pero acompaña cada gesto.
Es lo que queda cuando todo lo demás ya no puede quedarse.
No sé si es sabiduría o cansancio,
o una mezcla suave de ambas cosas,
pero llega una etapa en la que uno entiende que el amor más profundo no es el que se vive afuera,
sino el que permanece adentro cuando todo lo externo se ha ido.
No es pasión, ni memoria, ni deseo.
Es algo más callado.
Una energía que se acomoda en el alma y empieza a iluminarla por dentro, como una vela que no teme al viento porque ya no depende de él.
A veces aparece en medio de lo cotidiano:
una caminata tranquila,
una tarde sin urgencias,
un silencio que no pesa.
Y ahí, en esa calma, uno comprende que el amor no terminó:
sólo cambió de forma.
Ya no es impulso, ni herida, ni eco.
Es una presencia serena que acepta, que abriga, que deja ser.
Tal vez sea eso lo trascendente:
que el amor, cuando madura, se vuelve una especie de respiración espiritual.
Algo que no necesita pruebas ni promesas.
Algo que sostiene sin exigir.
Algo que es verdad incluso cuando nadie lo mira.
Lo más extraño —y lo más hermoso—
es que esta forma de amor no duele.
Ni siquiera entristece.
Tiene un brillo tenue, como el de la luna cuando ya no refleja el día,
sino su propio secreto.
Un brillo que no encandila,
pero muestra el camino.
A medida que pasa el tiempo, uno descubre que amar así no es amar a alguien:
es amar la vida misma.
La vida con sus pérdidas, sus vacíos, sus encuentros breves, sus tardes largas.
La vida que un día golpea,
otro día acaricia,
y sin embargo sigue pidiéndonos una cosa:
que no dejemos de sentir.
En este resplandor quieto,
el corazón ya no se empeña en retener lo que no puede quedarse,
ni en buscar lo que aún no llegó.
Se limita a estar.
A reconocer que todo lo vivido —lo intenso, lo frágil, lo roto, lo hermoso—
fue parte de su propio aprendizaje.
Y entonces, sin esfuerzo,
algo en nosotros se enciende.
No es alegría.
No es esperanza.
Es una claridad distinta,
una paz que no viene del mundo
sino de haberlo amado,
aunque nos haya herido,
aunque nos haya cambiado,
aunque ya no sepamos cómo seguir amándolo.
Ese es el resplandor quieto:
la luz que queda cuando el amor deja de ser historia
y pasa a ser una forma de mirar.
Una forma de entender la belleza,
la fragilidad,
el paso del tiempo.
Una forma de seguir viviendo
sin cerrar el corazón.
Carlos Felice