La Autoridad que Nace del Alma: La ternura como forma de liderazgo

La Autoridad que Nace del Alma: La ternura como forma de liderazgo

La autoridad no nace del cargo ni de la fuerza: nace de la presencia.
Es algo que se reconoce, no que se impone.
Una autoridad verdadera es como una luz tranquila: no deslumbra, pero orienta.
No necesita levantar la voz, porque su manera de estar ya dice suficiente.

Byung-Chul Han advirtió que vivimos en una época en la que la autoridad se confunde con el rendimiento, la eficiencia y el control.
El líder contemporáneo es muchas veces rehén de la prisa: todo debe ser inmediato, medible, utilizable.
Pero la prisa es enemiga de la percepción profunda.
Un líder en estado permanente de aceleración deja de ver rostros y empieza a ver funciones.
Es entonces cuando la autoridad pierde su alma.

Pablo d’Ors ofrece la contracara de ese mundo: la autoridad que nace del silencio.
La autoridad que no reacciona, sino que escucha.
La que comprende que un ser humano nunca es completamente visible a simple vista y que hace falta quietud para que el otro pueda revelarse.
D’Ors diría que la autoridad auténtica es la que sabe demorarse, porque apresurarse es olvidar la humanidad del otro.

Henri Nouwen lo expresó de un modo más íntimo: la autoridad no surge del poder sino de la vulnerabilidad compartida.
Quien cuida, quien guía, quien acompaña, sabe que no está por encima de nadie.
Sabe que la fragilidad que acompaña también es la suya.
Y esa conciencia produce una forma de liderazgo que no aplasta: sostiene.
No porque sea débil, sino porque entiende que sostener es más difícil que mandar.

Christian Bobin habría dicho que la ternura es una forma de sabiduría.
La ternura no se aprende en manuales ni en seminarios: nace de mirar el mundo sin armaduras.
Un líder tierno no es ingenuo ni blando: es alguien que se atreve a ver la belleza en medio de la dureza.
Alguien que sabe que una palabra suave puede abrir más puertas que un discurso perfecto.
La ternura es la inteligencia de lo pequeño.

Erich Fromm lo complementa: la autoridad madura es la que libera.
La que inspira autonomía, no dependencia.
La que despierta responsabilidad, no miedo.
La que invita a crecer, no a obedecer.
Fromm sabía que la autoridad verdadera es un acto de amor: un amor que da libertad y pide responsabilidad, porque confía en la capacidad del otro de convertirse en sí mismo.

Pero todo liderazgo enfrenta una tentación: endurecerse.
El mundo exige resultados, tiempos, respuestas inmediatas.
Y quien lidera puede sentirse obligado a blindar el corazón para no quebrarse.
Han lo describe con precisión: en la sociedad del rendimiento, la sensibilidad se percibe como un estorbo.
Ser tierno parece peligroso.
Ser lento, un fracaso.
Ser humano, una distracción.

Por eso es tan urgente la idea de una autoridad con ternura.
Una autoridad que recuerda que las personas no son herramientas ni recursos humanos, sino misterios.
Una autoridad que sabe que la dureza puede generar obediencia, pero nunca confianza.
La confianza —el verdadero poder— sólo nace de la cercanía.

La autoridad con ternura es la que sostiene una visión sin perder la compasión.
La que marca límites sin herir.
La que corrige sin humillar.
La que exige sin olvidar que exigir demasiado también destruye.
Una autoridad así no teme pedir perdón.
No teme decir “no sé”.
No teme detenerse.
Porque sabe que la prisa es enemiga de la lucidez.

Quizás este sea el punto central:
la autoridad con ternura es una forma de resistencia.
Resistencia frente a un mundo que quiere convertirnos en engranajes.
Resistencia frente a la frialdad del sistema.
Resistencia frente a la violencia de la eficiencia absoluta.

Para Han, la cura a la sociedad del cansancio no es acelerar, sino volver a sentir.
Para d’Ors, no es acumular tareas, sino permanecer en el silencio.
Para Nouwen, no es dominar, sino acompañar.
Para Bobin, no es imponer, sino proteger la delicadeza.
Para Fromm, no es controlar, sino amar con responsabilidad.

Una autoridad así no necesita imponerse: se vuelve evidente.
Su fuerza no proviene del miedo que inspira, sino de la paz que transmite.
Es una autoridad que no levanta muros, sino que abre caminos.
Que no exige admiración, sino que despierta confianza.
Que no luce brillante por fuera: brilla desde adentro.

La autoridad con ternura es, en definitiva, una elección moral.
Una decisión de liderazgo, sí, pero también de humanidad.

La decisión de no renunciar al alma para guiar a otros.
Y de recordar que ningún poder vale la pena si para ejercerlo hay que dejar de ser humano.

 

Carlos Felice