Cómo es el estilo de las mujeres con poder

Cómo es el estilo de las mujeres con poder

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Por Valeria García Testa
Desde la rígida Margaret Thatcher, mucho cambió el estilo de las mujeres poderosas, ya sea en funciones de gobierno como al frente de empresas o fortunas familiares. Las ricas e influyentes de hoy tienen menos culpa y mucho más estilo. No temen mostrar su costado femenino pero tampoco su autoridad, un atributo que siempre estuvo ligado a la masculinidad.
En esta nota, una galería de superpoderosas del mundo y las estrategias que usaron para sostenerse en sus lugares de preeminencia.

Yo tengo el poder. Muchas de las que se sentaron en sillones antes vedados, se hicieron respetar guardando en el cajón su sensibilidad y todo lo que pudiera ser leído como “vulnerabilidad”. Arma Wintour, por ejemplo, directora de Vogue desde hace 24 años y toda una institución en el mundo de la moda, se ha ganado la fama de “la mujer nuclear”: la describen fría, déspota, excesivamente demandante. Su alto perfil inspiró a varios personajes cinematográficos, desde la Edna Moda de “Los increíbles” hasta la misma Miranda Priestly de “El diablo viste a la moda”, libro escrito por una ex asistente. El francés Jean Paul Gaultier disparó: “Ella es mucho más monstruosa de lo que aparece reflejada en pantalla”. ¿Cuánto habrá de realidad y cuánto de estereotipo? El psicólogo Santiago Bavosi, especialista en Psicología Social, asegura que “el poder ha sido históricamente duro, áspero, codicioso y por tanto, masculino. Lo femenino, en cambio, todavía está ligado a concepciones como la ternura, la moderación, la emoción. Todos estos conceptos son construcciones sociales que se han cristalizado como verdades taxativas dentro de nuestra sociedad”. Angela Merkel lo sufre en carne propia cuando la señalan como una de las que apuestan a masculinizarse para gobernar y comparan su estilo pragmá¬tico con el de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher. “Decir que las mujeres que ocupan un lugar de poder se masculinizan es la prueba más contundente de que se concibe al ejercicio del poder como una tarea privati¬va de los hombres”, asegura Bavosi. “El poder no tiene que ver con los sexos sino que es una característica del ser humano”, acuerda el doctor Horacio Serebrinsky, director de la Escuela Sistémica Argentina.
A veces el prejuicio viene disfrazado de halago. Como cuando todavía Dilma Rousseff era ministra y el músico Gilberto Gil, por entonces ministro de Cultura del Brasil, declaró: “Dilma Rousseff tiene una personalidad fuerte, un lado macho en la forma de imprimir gestión”. La primera mandataria brasileña asume que “cuando la mujer ejerce un cargo con alguna autoridad, siempre es tachada de dura, rígida, dama de hierro o cualquier cosa similar. Y yo encuentro eso, de hecho, un estereotipo. Es un patrón, una camisa de fuerza que intentan encuadrar en nosotras”. Durante la campaña electoral a la presidencia, Rousseff consultó a especialistas para saber si era correcto y adecuado el término “presidenta” y decidió que, de ser electa, quería ser llamada así. Por su parte. Cristina Fernández de Kirchner fue la primera en imponer el vocablo y dio una batalla idiomática de género: “Siempre tenemos que rendir doble examen: primero, demostrar que porque somos mujeres no somos idiotas, y segundo, el que tiene que rendir cualquiera”. Como a Cristina, a Christine Lagarde, la primera mujer que dirige el FMI, se le reconoce una estética muy cuidada. ¿Son parte de lo que se denomina la feminización del poder o ese concepto acentúa el sexismo? Para Bavosi, es la otra cara de la misma moneda: “A Cristina Kirchner se le ha señalado hasta el hartazgo qué le gusta y le deja de gustar en términos de vestimenta, accesorios y demás. Sin embargo, las preocupaciones estéticas de Carlos Menem nunca se relacionaron con la posibilidad de que el mandatario pudiere haberse feminizado. ¿Se ha hablado de la “feminización” de Sarkozy y su frenética necesidad de parecer más agraciado o de mayor estatura?”, cuestiona. En realidad, parecería que una mujer a cargo nunca termina de conformar. Así como a Merkel la tildan de varonil, todavía le recuerdan con sorna el escote que usó en el 2008 en la inauguración del nuevo edificio de Ópera en Oslo. En esa oportunidad, la canciller dijo que continuaría eligiendo su vestuario de gala según su gusto personal. Una característica común en las que escalan posiciones: no están dispuestas a encajar en los moldes sociales sino que los rompen.

Sexo débil. Sin dudas, lo más insólito sucedió en el 2009, cuando Merkel se convirtió en modelo involuntaria de una campaña de lencería. Fotomontaje mediante, una marca de ropa interior usó su cara y la multiplicó en carteles luminosos de las principales avenidas de Berlín en bombacha y corpino. Hillary Clinton, a quien como Primera Dama le tocó sortear el escándalo del affaire de su esposo con Mónica Lewinsky; ocupó lugares estraté¬gicos en la vida política norteamericana hasta llegar a ser la actual secretaria de Estado. En la reciente VI Cumbre de las Américas, la prensa se hizo un banquete al fotografiarla en el bar “Havana”, tomando cerveza con amigas y bailando música cubana.
El doctor Serebrinsky propone que la resistencia actual no está en la sexualidad, sino en lo económico: sostiene que es más fácil para una pareja que recién se conoce hablar sobre cómo hace el amor que cuánto gana cada uno. Según el relevamiento de Forbes, solo 14 mujeres en todo el mundo han logrado construir una fortuna de mil millones de dólares o más, lo que representa un escuálido 2% del total de multimillonarios “self-made”.
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