La filosofía del perro

La filosofía del perro

Hay noches en las que el perro que descansa a nuestros pies parece custodiar una verdad anterior a las palabras. Una verdad que no exige demostración, porque se basta con existir. En su mirada hay un silencio que no es vacío: es origen. Como si recordara el mundo antes de que nosotros lo complicáramos con miedo.

La filosofía del perro no empieza en Grecia ni en las plazas de Atenas. Empieza en un lugar más hondo, donde la conciencia aún no se avergonzaba de necesitar. Antes de las máscaras, antes del juicio, antes de la ceremonia del ego. Allí donde el alma no tenía que ganarse el derecho a ser.

El perro es un maestro sin liturgia. No enseña: revela.
Nos recuerda que amar sin cálculo es un acto sagrado.
Que acercarse sin escudo es una forma de oración.
Que apoyar la cabeza sobre una rodilla humana puede ser más religioso que cualquier templo.

No vive pendiente del aplauso porque ya habita el centro.
No busca pertenecer porque ya no está separado.
No acumula rencor porque sabe que la herida es solo la piel del regreso.

Quién pudiera aprender esa humildad que no negocia dignidad.
Esa presencia que no pide permiso.
Ese estar donde se está como si el lugar fuera un altar.

Los antiguos cínicos dijeron “sé perro” para hablar de libertad.
Hoy podríamos decir “sé perro” para hablar de alma.
Para recordar que la verdad no se argumenta: se respira.
Y que la misericordia no es un mandato, sino un instinto de retorno hacia lo que somos.

La filosofía del perro pide muy poco y ofrece mucho:
que nada sea más grande que el presente,
que la soledad no sea castigo sino guarida,
que la ternura no sea vergüenza sino linterna.

Quizás por eso, cuando un perro se sienta a nuestro lado sin pedir nada,
sentimos que alguien ha entendido quiénes somos antes que nosotros mismos.
Que nos ha visto sin la vestidura del rol, sin la armadura del nombre.
Que ha reconocido la grieta y no ha retrocedido.

Y ahí sucede el milagro sencillo:
dejar de ser una historia que actuar
para volver a ser un ser que respira.

Tal vez, al final, la filosofía del perro sea una forma de oración terrenal:
recordar que lo sagrado empieza donde dejamos de defendernos.
Y que la libertad no está en huir del mundo,
sino en volver a él sin miedo, como quien regresa a casa.

 

Carlos Felice Fioravanti