12 Jan El mercado de los espejos: el amor en la era de la transparencia
El amor hoy no se muere de hambre; se muere de empacho. No se agota porque esté prohibido o porque un muro lo separe, sino porque le han quitado todas las puertas. Está demasiado permitido, demasiado expuesto, demasiado a la mano. Byung-Chul Han lo advierte con una frialdad que asusta: el deseo no sobrevive a la luz total. Donde todo se muestra, se etiqueta y se sube a una red, la tensión se rompe. El amor ya no es un salto al vacío; es un trámite en una oficina de cristal.
Vivimos bajo la dictadura de lo visible. Parece que si un vínculo no se narra, no existe; si no se registra, se pierde. Hemos convertido la intimidad en contenido y el afecto en una secuencia de gestos para ser leídos por otros. Pero el eros es un animal nocturno: necesita sombras, silencios que no se dejen administrar y rincones que no rindan cuentas a nadie. Cuando el otro se vuelve transparente, cuando ya no hay un rastro de misterio, el deseo se apaga. Nadie desea lo que ya ha procesado por completo.
El problema es que ya no buscamos a alguien distinto; buscamos un espejo. Los algoritmos de la afinidad y las aplicaciones de citas nos han vuelto perezosos: queremos compatibilidad absoluta, semejanza total, un eco de nuestros propios gustos. Pero eso no es amor, es consumo de uno mismo a través del cuerpo del otro. Sin la extrañeza del otro, sin ese choque que te descoloca, el eros se convierte en un objeto de góndola. El otro deja de ser un acontecimiento para ser una extensión de nuestro propio ego.
Incluso el afecto ha caído en la lógica del contador. Medimos el interés, calculamos la reciprocidad, evaluamos el riesgo como si estuviéramos invirtiendo en la bolsa. La pregunta que flota en el aire no es qué me transforma de vos, sino qué saco de esto. El amor ha dejado de ser un don —algo que se entrega sin red— para volverse un contrato con cláusulas de rescisión. Ya no nos arriesgamos a que nos rompan el corazón; preferimos que se nos oxide por falta de uso.
Y encima, nos falta tiempo. Pero no tiempo de reloj, sino tiempo del otro. El amor necesita tiempo inútil, tiempo que no sirva para producir nada, tiempo para perderse en el desvío. Hoy, si algo no sucede ya, no sirve. Pero amar es, precisamente, aprender a demorarse en lo improductivo. En un mundo donde el tiempo es oro, dedicarle horas al silencio compartido parece un desperdicio. Y ahí es donde el amor se vuelve inviable: se vuelve demasiado caro para nuestra agenda de rendimiento.
Estamos más comunicados que nunca y, sin embargo, nos encontramos menos que antes. La hiperconectividad no une, solo diluye la distancia necesaria para que el deseo viaje. Al eliminar la sorpresa, eliminamos la posibilidad de que el otro nos hiera. Y sin esa herida, sin ese desgarro que produce la presencia de lo que no controlamos, el amor es solo una gimnasia emocional sin alma.
Quizás el gesto más rebelde hoy no sea buscar pareja, sino defender la sombra. Reaprender a no saberlo todo del otro, a no mostrarlo todo de uno mismo, a no calcular el retorno de cada caricia. En un mundo que nos exige ser de cristal, proteger la opacidad es la única forma que nos queda de seguir siendo humanos.
Carlos Felice Fioravanti