De regreso a la Tierra Media: lo que hay que saber antes del estreno de Los anillos de poder

De regreso a la Tierra Media: lo que hay que saber antes del estreno de Los anillos de poder

Por Fernando Ariel García
En el campo literario, hay muchos autores que escriben grandes libros, un puñado que logra construir sus propios mundos; y algunos pocos que son capaces de crear universos enteros. John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) fue uno de estos últimos. Con El hobbit (1937), la trilogía de El señor de los anillos (1954-1955) y El silmarillion (publicado de manera póstuma en 1977), edificó la Tierra Media, complejo y apasionante entramado al que dotó de leyes evolutivas propias, estructurado discurso histórico y maravillosos espacios geográficos, con especificidades que incluían la flora, la fauna y las características climáticas. Sobre este tablero fue montando una serie de razas, humanas, humanoides y mágicas, para las cuales inventó los idiomas verbales y gestuales que les permitieran comunicar sus ideas e ideologías, expresar sus acuerdos y desacuerdos políticos. Les dio la capacidad de desarrollar diversas tecnologías y les proveyó el sistema folklórico de símbolos, usos y costumbres, creencias y mitologías que necesitaban para forjar una diversidad cultural capaz de traducirse en identidades reconocibles. Y lo hizo volviendo (relativamente) fácil todo aquello que era muy difícil. A tiempo para el estreno de la serie de Amazon Los anillos del poder, ambientada miles de años antes que el mundo que retratan las películas, a continuación repasamos lo que hay que saber de la Tierra Media antes de volver a ella para la TV.

“Su trabajo refundó el potencial narrativo del género fantástico, y su influencia terminó por expandirse mucho más allá del fantástico como género narrativo -sugiere Amy H. Sturgis, escritora especializada en la obra de Tolkien y profesora de la Universidad Lenoir-Rhyne de Carolina del Norte-. Mucho antes de Star Trek y Star Wars, Tolkien inventó la experiencia de un mundo inmersivo e invitó a su audiencia a habitarlo y hacerlo suyo, explorando la condición humana mediante una serie de relatos moralizantes. El corazón de cualquier mitología contemporánea surgida en la industria del entretenimiento replica este estilo que inauguró Tolkien. Por eso está considerado como el padre de la literatura fantástica moderna”.

“En un agujero en la tierra vivía un hobbit”. Con esta frase, escrita en un folio en blanco mientras corregía los exámenes de sus alumnos en Oxford, Tolkien inició una de las epopeyas mitopoéticas más reverenciadas del mundo entero. Pensando sólo en los cuentos que iba a contarle a sus hijos a la hora de acostarse, este filólogo y lingüista nacido en la Sudáfrica dominada por el Imperio británico empezó a consolidar un espacio fuera del tiempo establecido. Era hogar de esos hobbits que acababa de imaginar, pero también de humanos, trolls, elfos, orcos, trasgos, huargos, hadas, duendes, enanos, criaturas metamorfas, dragones, majestuosas águilas parlantes, arañas gigantes, príncipes encantadores, guerreros invencibles, magos y nigromantes, espadas centenarias, ejércitos monumentales, tesoros escondidos y una serie de misteriosos anillos con poderes mágicos, capaces de preservar la vida o sojuzgarlo todo. Y a todos.

De a poco, apoyándose en sus vivencias personales, fue elaborando los entornos que terminarían instalándose en el inconsciente colectivo de las generaciones como comarcas icónicas del género fantástico. Los prados, los bosques y las colinas del bucólico suburbio de Birmingham en donde había pasado sus años de niñez terminaron convertidos en las imponentes cataratas, los caudalosos ríos, los escarpados acantilados y los frondosos bosques que atravesaron Gandalf, Bilbo, Gollum, Frodo, Aragorn, Sauron y Saruman, entre otros personajes hoy clásicos de la literatura popular. Las montañas de Suiza, que había recorrido con un grupo de amigos, renacieron en la Tierra Media como monolíticas e inaccesibles cordilleras heladas. Los distintos idiomas que había elaborado por placer y desafío intelectual, decantaron en el glosario que millones de lectores recitan como un mantra sagrado.

La pasión por la historia antigua y el arte prerrafaelita, el férreo dogma católico bajo el que fue criado, su paso por las trincheras de la Primera Guerra Mundial como oficial de comunicaciones del ejército británico en Francia nutrieron los pasajes íntimos y épicos, alegres y dolorosos, diáfanos y tenebrosos de su obra. “Estaba convencido de que la experiencia de vida, canalizada a través del arte, era capaz de estremecer al mundo con su verdadero poder, la capacidad de restablecer la sensatez y el amor en las personas”, aseguró el especialista John Garth, autor del libro Tolkien and the Great War.

Canibalizando sus escritos anteriores, poemarios, cuentos y textos académicos sobre lingüística y literatura medieval, dio forma a un lugar imaginario capaz de fusionar el encanto de los cuentos de hadas, el costado perverso del folklore centroeuropeo y la violencia de la mitología nórdica. A esta disímil materia prima, la vistió con las obsesiones literarias que lo venían acompañando desde que aprendiera a leer: la convivencia entre lo natural y lo sobrenatural, el heroísmo de la gente común, los fantasmas que desempolva la barbarie, una conciencia ecológica adelantada a su época. Y con estas herramientas, escondido bajo el disfraz del imaginario fantástico, abordó los temas que acuciaban al mundo real que le tocó en suerte: la construcción de la patria, la acumulación de poder, la naturaleza de la política, el flagelo de la guerra.

En la superficie, la saga estructura la clásica batalla entre el Bien y el Mal, representada en el enfrentamiento entre el equipo de Gandalf y los acólitos de Sauron, con el futuro atado al destino del Anillo Único, capaz de otorgarle a su poseedor el dominio total de la Tierra Media. Pero en lecturas más profundas, sin embargo, se abre a planteos filosóficos y candentes reflexiones sobre la historia reciente, incluido el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Dentro de la obra, todo funciona como metáfora reconstructiva del proceso histórico-mítico que dio origen a la humanidad tal como la conocemos, desde la creación del mundo hasta el prospecto de una comunión pacífica entre las razas que habitan el planeta, pasando por el trauma de un modelo opresivo basado en la dominación absoluta y el cercenamiento de las libertades.

Paso a paso, fue revelando la trama de la Tierra Media, rígida estructura a la que denominó Legendarium. En forma sintética, su cosmogonía podría resumirse en tres etapas cronológicas: la Edad de las Lámparas, la Edad de los Árboles y la Edad del Sol. Esta última, a su vez, se encuentra subdividida en cuatro períodos. El primero, también conocido como Días Antiguos, marca el predominio de los elfos. El segundo o Edad Oscura, está signado por el ascenso y caída de la cultura humana, asediada por un Mal primigenio. El tercero o Edad de los Anillos de Poder, donde transcurren El hobbit y El señor de los anillos, se caracteriza por la decadencia de los elfos, la derrota del Mal y el nuevo ascenso de los hombres. En el cuarto, donde se produce el declive de los hobbits y los enanos, queda instituido el dominio de los humanos. Para Sturgis, con el ciclo completo de la Tierra Media “Tolkien demuestra que todos tenemos un papel que jugar en la lucha contra la oscuridad. Brinda consuelo e inspiración; y nos hace reconocer que, hasta en los tiempos más difíciles, la esperanza siempre reverdece”.

A la obra de Tolkien no le fue sencillo pasar del fanatismo de los nerds al reconocimiento de la academia. El punto de quiebre puede encontrarse en la apropiación de El hobbit y El señor de los anillos por la contracultura de fines de los años 60 y principios de los 70. Entre sus ávidos lectores se encontraban Robert Plant y Jimmy Page, que se inspiraron en el lirismo de Tolkien para componer Misty Mountain Hop y The Battle of Evermore, ambas incluidas en el LP Led Zeppelin IV (1971). Joni Mitchell, por su parte, incorporó referencias directas a la Tierra Media en I Think I Understand, uno de los temas de Clouds (1969). Musicalmente hablando, del heavy metal al rock progresivo, no quedó banda sin rendirle algún tipo de homenaje. Black Sabbath, Rush, Camel, Megadeth: si hasta Marillion tomó su nombre de El silmarillion.

Tras el suceso literario, la industria audiovisual empezó a pelear por los derechos de adaptación de la Tierra Media. Primero le tocó al teatro, que desde 1967 viene presentando obras de texto o comedias musicales con carácter reverencial o paródico, con actores de carne y hueso o marionetas, en escenarios de Inglaterra, EE.UU., Canadá y Australia. Los radioteatros arrancaron en 1968, con resultados finales que fueron de lo glorioso a lo ridículo, alternándose entre las ondas del Reino Unido, Dinamarca, Alemania, los EE.UU., República Checa y Eslovenia. Sin suerte, la TV penduló entre los dibujos animados y la imagen real, llenando las pantallas estadounidenses, soviéticas y finlandesas entre 1977 y 1993.

El cine siempre quiso apropiarse de Tolkien. Ya en 1955, Walt Disney había querido hacer un largometraje animado de El señor de los anillos, pero desistió por considerarlo demasiado oscuro para su impronta familiar. David Lean, Stanley Kubrick y Michelangelo Antonioni mostraron interés, pero Tolkien pretendía mayores presupuestos de los que ofrecían los estudios. Quienes llegaron sin problemas de plata fueron los Beatles, que en 1968 planeaban filmar su propia adaptación de la historia, con Paul McCartney como Frodo, John Lennon como Gollum, George Harrison como Gandalf y Ringo Starr como Sam. Personalmente, Tolkien les dijo que no. En 1978, Ralph Bakshi, uno de los directores independientes más importantes del cine animado norteamericano, plasmó una versión bastante literal del primer libro de El señor de los anillos, cuya estética realista y puesta dramática definiría la futura imaginería visual asociada a la saga.

Finalmente, el sueño cristalizó a partir de 2001. De la mano del neozelandés Peter Jackson, las trilogías de El señor de los anillos (2001-2003) y El hobbit (2012-2014) rompieron todos los récords y se convirtieron en un suceso creativo y económico sin precedentes, ganando 17 premios Oscar, incluyendo mejor película para El retorno del rey. Michael Drout, fundador de la revista Tolkien Studies, sostiene que “Jackson no sólo logró volver a Tolkien más masivo de lo que ya era, sino que consiguió validarlo intelectualmente como uno de los literatos más influyentes del siglo XX. Modificó algunas cosas de los textos originales, dividiendo las aguas entre los fanáticos de la Tierra Media, pero popularizó ese mundo con toda su belleza y potencia emocional como nadie, nunca, lo hubiera imaginado antes”.

Hasta aquí, el paso de la Tierra Media a otros medios y formatos estuvo restringido, siempre, a lo establecido en los textos canónicos de Tolkien, desatendiendo el cuerpo literario recopilado, editado y escrito por su hijo Christopher, que además de El silmarillion, organizó miles de papeles sueltos y textos incompletos de su padre en una enorme batería de libros que revelaban el pasado de la Tierra Media, sus mojones históricos y sus mitos fundantes: Cuentos inconclusos de Númenor y la Tierra Media, los trece tomos de La historia de la Tierra Media, Los hijos de Húrin, Beren y Lúthien y La caída de Gondolin, publicados entre 1980 y 2018.

En una porción de este poco visitado período histórico, estará ambientada la serie Los anillos de poder, que llegará a Amazon Prime Video el 2 de septiembre. La primera de las cinco temporadas programadas por la plataforma tiene previsto seguir los lineamientos básicos pautados por Tolkien, sin ceñirse a lo escrito por el autor. O sea que incorporará tramas, eventos y personajes creados especialmente para el programa, respetando los parámetros visuales establecidos por las trilogías fílmicas de Jackson -quien no formó parte del proyecto- aunque se despegue premeditadamente de su cronología interna. “El Legendarium de Tolkien es un enorme tapiz que se expande a lo largo de 9000 años -explicó J.D. Payne, productor de la serie- y nosotros vamos a concentrarnos en la Segunda Edad del Sol, unos 6000 años antes de El señor de los anillos, específicamente en la ascensión de Sauron, la caída de la isla mítica de Númenor y la forja de los Anillos de Poder, una porción de la historia que no había sido contada en detalle”.

Más cercano en el tiempo, unos dos siglos antes de El hobbit, el animé La guerra de los Rohirrim se estrenará en cines en abril de 2024. Desarrollada como precuela oficial de la trilogía de Jackson, revelará los hechos que llevaron a la construcción de la monumental fortaleza que aparece en la segunda película de la saga, Las dos torres. Además, establecería a la Tierra Media como una posible instancia del pasado de la Tierra, algo que el propio Tolkien habría sugerido en su profuso acervo epistolar. Para el escritor británico Edoardo Albert, autor del libro Professor Tolkien of Oxford, “la Tierra Media guarda correspondencias con el mapa geopolítico que conoció su creador: Inglaterra y Alemania, el Mediterráneo de Italia a Grecia, Turquía y Oriente Medio, África, la Unión Soviética y los fiordos de Noruega. Es que Tolkien buscaba cimentar una mitología para sus personajes, pero terminó yendo mucho más allá, creando una mitología para el mundo entero”.

LA NACION