Tienen menos de 30 y acompañan a chicos durante su enfermedad

Tienen menos de 30 y acompañan a chicos durante su enfermedad

Por María Ayuso
Son las cuatro de la tarde y las risas de los 24 chicos que viven en el hogar de la Fundación Cor (muchos -o sus padres- tienen VIH u otros problemas de salud, y fueron separados de sus familias por orden de un juez) se escuchan desde la puerta de entrada.
En el comedor y el patio se abalanzan sobre el grupo de diez jóvenes voluntarios que, con remeras con la inscripción Cuerdas Azules y lazos de ese color atados a sus muñecas, acaban de llegar. Para todos es uno de los momentos más esperados de la semana.
“Venimos a traer un rato de alegría y juego”, explica Ignacio “Nacho” Benegas Lynch (23), que estudia terapia ocupacional y vive en San Isidro. “Cuerdas Azules hoy es mi prioridad: es un proyecto donde uno tiene la posibilidad de darse a los que realmente lo necesitan y no quedarse en su casa sin hacer nada.”
Como Nacho, la mayoría de sus compañeros vive en la zona norte de Buenos Aires. Estudian, trabajan, se sienten privilegiados y quieren dar lo que a ellos nunca les faltó: amor. Ésa es la característica común de los 100 jóvenes de 17 a 30 años que integran Cuerdas Azules, un proyecto que nació con el objetivo de que aquellos que se “consideraran sanos” pudieran entregar su tiempo, recursos y cariño a chicos y adolescentes que estuviesen atravesando una enfermedad, entre otras situaciones de vulnerabilidad. Además del hogar de la Fundación Cor, visitan semanalmente -en grupos o de forma individual- el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de la ciudad de Buenos Aires y el Bernardo Houssay de Vicente López.
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Acortar distancias
La iniciativa nació en 2014 de la mano de Adrián Santarelli, un sacerdote con especial vocación por los enfermos a quien el cortometraje de animación Cuerdas, del director español Pedro Solís García, le produjo un gran impacto. “Cuenta la historia de María, una chica que juega y genera un vínculo especial con un chico que tiene parálisis cerebral: ella quiere superar a toda costa la barrera de su aparente distancia. Pensé que ese video iba a inspirar a mucha gente a querer ser como ella”, recuerda Santarelli, párroco de la parroquia de Santo Tomás Moro, en Vicente López.
Para el cura, fue como “tirar una idea al aire y ver quién la recogía”. Convocó a un pequeño grupo y la repercusión fue inmediata. “Era una propuesta sencilla y al alcance del compromiso de cualquiera. Pedimos por lo menos que cada joven cuerda hiciera una visita semanal a los hospitales y al hogar, y una oración todos los días por aquel niño o adolescente al que acompañan”, cuenta el sacerdote.
Nacho agrega: “Empezamos siendo tres, después cinco y hoy somos más de 100 voluntarios participando del proyecto”. Y explica que las redes sociales -sobre todo Facebook- fueron clave para dar a conocer lo que hacen.
¿Por qué las cuerdas azules? Santarelli explica que ése es, para los católicos, el color del manto de la Virgen, pero también el del cielo, “que nos une a todos”. “La cuerda significa que atas tu vida a cualquier enfermo que te necesite”, dice Nacho.
Camila Oppel tiene 21 años, vive en Pilar y estudia Comunicación Social. En 2015 una amiga le insistió para que se sumara al grupo. “Yo le tenía pánico a los hospitales. Pero un día fui a probar y la verdad es que una vez que entrás y ves el amor que recibís del otro lado, ya no querés dejar de ir”, cuenta Camila.
“Me encontré con mucha necesidad: chicos que están meses internados, muy aburridos, que quieren que alguien juegue un rato con ellos; papás que necesitan un respiro, alguien que los distraiga. Vamos a acompañar, despejar y hacer reír.”
Para ella, uno de los grandes aprendizajes fue acercarse al otro sin tener prejuicios. “Hay muchas personas que tienen una enfermedad, pero adentro tienen mucho más para contar de lo que uno ve.”
Transformación. Entrega. Amor incondicional. Ésas son algunas de las palabras y conceptos que, para los voluntarios, resumen el espíritu de Cuerdas. Se trata de generar un vínculo de ida y vuelta, un proceso íntimo de crecimiento personal en el que tanto el joven cuerda como la persona que recibe su visita se van enriqueciendo mutuamente en cada encuentro.
“A veces uno establece un círculo de personas a su alrededor y no presta atención al que más lo necesita: buscamos romper con eso”, asegura Santarelli. “Por otro lado, quien está enfermo generalmente vive un proceso en que la vida le va enseñando muchas cosas, y por eso también es fuente de sabiduría y madurez para quien lo visita.”
Aclara que aunque el proyecto nació vinculado con la iglesia, está abierto a todas las religiones.
Para seguir creciendo en su misión, Cuerdas necesita que cada vez más instituciones de la salud les abran sus puertas. Y, también, que se sigan sumando voluntarios. ¿Qué características tiene que tener un joven para sumarse al proyecto? Según Camila, “si uno tiene ganas y amor para dar, el resto se da solo. Sumarse es un mimo al alma: uno recibe mucho más de lo que puede dar.”ß

Una constante inspiración
Los voluntarios coinciden en que hubo una persona que los marcó a fuego. Fue Florencia Vivas, una chica de 23 años que, al ser diagnosticada con leucemia, pidió sumarse al grupo para acompañar a partir de su experiencia a otros que atravesaran una enfermedad. En noviembre falleció, pero su energía y compromiso a prueba de todo es una inspiración permanente para sus compañeros. “Ella decía que los jóvenes de cuerdas la habían ayudado a poder vivir con alegría, fuerza y fe hasta el último momento; y murió diciendo ´amo tanto y todo, que yo creo que ya estoy para irme al cielo´. A veces, nuestra tarea es acompañar en la muerte con amor”, dice Santarelli.
FUNDACIÓN COR