Iniesta: la insoportable levedad del ser

Iniesta: la insoportable levedad del ser

Por Ezequiel Fernández Moores
Andrés Iniesta venía de ganar todo en la temporada 2008-09, la de su célebre gol agónico ante Chelsea en Stamford Bridge. Fue glorioso, pero desgastante. En pretemporada, cuando el cuerpo ya avisaba dolores, le informan que Dani Jarque, amigo de años, muere por un problema cardíaco en plena gira con el Espanyol. “A partir de ahí empezó mi caída libre hacia un lugar desconocido”. Iniesta tenía títulos, club, selección, afectos. Pero se sintió vacío. Con dolores profundos. Calló para no dañar a otros. Pero se hizo más daño. Avisado, Pep Guardiola le quitó presión. “Cuando notes algo extraño, te vas. Ni me pidas permiso”. Iniesta se iba directo al vestuario aunque la práctica estuviera apenas iniciada. Así durante más de tres meses. El médico Ricard Pruna sabía que “la respuesta no estaba en los exámenes”, sino, como lo definió el propio Iniesta, en una cabeza “muy traicionera”.
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Iniesta tardó cuatro meses en volver a jugar. Salió en el entretiempo del partido ante Dínamo de Kiev. “No aguantaba más, sentía que me iba a explotar la cabeza”. Logró contarlo de modo crudo, profundo y sensible. “No sé cómo explicarlo, pero he comprobado que, cuando la mente y el cuerpo están en una situación tan vulnerable, eres capaz de hacer cualquier cosa. No se si suena demasiado fuerte, pero ‘entiendo’ entre comillas, a las personas que en un momento determinado hacen una locura”. Inevitable que piense en Robert Enke, el arquero de la selección alemana que se mató en 2009, víctima de depresión. Cuenta el periodista Ronald Reng en “Una vida demasiado corta” que Enke, una persona “atrapada en su autoexigencia”, le había comenzado a hablar ya en 2002 de escribir un libro juntos. “Ahora entiendo por qué”. Enke, sigue Reng, sabía que el fútbol no “permitía” a un arquero de selección sufrir depresión. Pero, una vez retirado, quería contar cómo es vivir con la idea de que la depresión puede volver. Cómo es “vivir con miedo al miedo”. “Si pudiera entrar en mi cabeza”, llegó a decirle un día a Teresa. Su mujer creyó que el amor bastaría para salir a flote. En actividad, Enke prefirió “mantener su enfermedad en secreto, se encerró en ella. Y, por eso -dice Reng- ahora me toca contar su historia sin él”. Su libro es conmovedor.
Iniesta juntó en 2012 a Ramón Besa y a Marcos López. Quería escribir “La jugada de mi vida” (2016). Quería poder hablar “sin pudor o miedo” con “dos profesionales honestos, que hicieran buen uso de esas revelaciones”. Porque podrá haber sido más sencillo, por muy doloroso que fue el momento, recordar el llanto y sufrimiento familiar cuando un pequeño Andrés, de 12 años, dejó su pueblo en Albacete para irse a vivir a La Masía, la escuela formativa de Barcelona. El niño decidió soportar. Eligió jugar siempre a ras del piso. Quería bajar del andamio a su padre albañil. La recompensa comenzó a llegar con el debut en Primera con apenas 16 años. Uno-cero con gol de Juan Román Riquelme, a quien terminó quitándole el puesto. Y siguió con todos los éxitos posteriores, incluído el gol a Holanda en la final de Sudáfrica. Es el gol que Iniesta dedicó a Jarque, ante los ojos conmovidos de su viuda, que por fin se había animado a volver a ver un partido por TV después de once meses. Jessica se tapó los ojos cuando el amigo de su esposo fallecido tiraba a gol. “No quería mirar porque sabía que él (Jarque) iba a estar ahí”. Tenía razón. “Dani Jarque. Siempre con nosotros”, decía la camiseta que Andrés mostró al mundo. En su biografía, Iniesta se animó a hablar de algo más complejo, y acaso aliviador. De lo que el propio Pere Guardiola, su agente, definió en el libro como “una depresión de caballo”.
“Andrés -me cuenta Besa desde Barcelona- habla poco, pero le gusta escribir, poner la pista. Fue él quien nos puso sobre aviso. Investigamos, pero sin morbo ni novela rosa, queríamos que ese tema fuera un punto más dentro del libro”. La obra desnuda como pocos la fragilidad que puede sentir un jugador que, entre otras, sufre cuatro lesiones musculares en siete meses. Le escribí a Besa, preocupado, apenas vi hace seis semanas la última lesión de Iniesta, que salió llorando de la cancha. Celebré su vuelta el sábado pasado, cuando le hizo recordar al Barca cómo juega el Barca. “Nos enseña a pasar la pelota”, dice Riquelme y añade que a la selección argentina le hace falta un Iniesta. Andrés -cuenta un dirigente- sabe que Messi “lo tiene en un pedestal” y por eso asume un rol secundario, aún cuando técnicos como César Menotti, lo señalan como “el mejor de todos”. “Te regatea con el cuerpo”, lo elogia Javier Mascherano. “Siempre mira a los pies del contrario”, observa Paco Seirulo, preparador físico. Iniesta, dice Gerard Piqué, demuestra que las estadísticas de Moneyball pueden ser inútiles, porque jamás reflejarían lo que él significa para el juego de Barcelona. Xavi lo describe como “un repartidor de caramelos”. Le envidia ya no el giro ni el balón pegado al pie, sino el arranque, el cambio de ritmo. Como si nos hablara de algo más que fútbol, Xavi dice que Iniesta “no te dribla, te torea”.
LA NACION