Joyce, un vanguardista que no envejece

Joyce, un vanguardista que no envejece

Por Sebastián Campanario
En lo que corre del año hemos sido gratificados, aunque no con la misma intensidad, por la presencia mediática y simbólica de los dos más grandes escritores del siglo XX: el argentino Jorge Luis Borges y el irlandés James Joyce. Borges, se sabe, juega de local, en el año en que se cumplen tres décadas de su muerte: la superstición decimal es inflexible. Hubo toda clase de actos y exposiciones que lo recordaron, se escucharon agudas interpretaciones y sonoros lugares comunes acerca de sus obras, y hasta el autor de estas líneas dio el mal paso al dirigir un certamen de preguntas y respuestas en la Feria del Libro dedicadas a la vida y obra de Borges. Bienvenidos, por supuesto, este ruido y esta furia si han servido para que algunos jóvenes lectores hayan ingresado en un cuento, en un poema o en un ensayo borgeanos.
La referencia a Joyce obedece a un motivo más modesto, pero en realidad resulta igualmente notable -quizá más si lo consideramos desde el punto de vista estrictamente literario- y pertinente como ninguna otra si se trata de comparar la obra de los dos escritores. Lo que nos devuelve a Joyce es la completa traducción al español (¿al español?) de su última obra, Finnegans Wake, que es a la vez su testamento y su libro más difícil. La tarea fue emprendida por Marcelo Zabaloy y lleva el sello de una pequeña editorial argentina, El Cuenco de Plata, que como tantas otras ha resuelto publicar textos de calidad y no amilanarse ante la ofensiva de las grandes empresas multinacionales, que han ido dominando el mercado del libro. (Para no ser acusados de parciales, diremos que el otro grande y magnífico esfuerzo en materia de traducción realizado en nuestro país durante los últimos años, la versión también completa de la Divina Comedia, de Dante Alighieri, traducida a nuestro idioma por el poeta argentino Jorge Ricardo Aulicino, fue publicada por Edhasa, una de las “grandes”. Uno a uno. Pero la de Zabaloy es la primera versión completa en español.)
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Joyce es el autor de la novela vanguardista por excelencia del siglo XX, el Ulises (1922), libro con el que muchos hemos desaprendido y reaprendido a leer, aparte de darle un sentido a la palabra literatura. Por mi parte, lo hice con la heroica aunque muy imperfecta versión de J. Salas Subirat, publicada por Santiago Rueda, y más tarde con el original inglés y un par de traducciones españolas: nunca pude superar la capacidad de descubrimiento, la alegría de la primera lectura.
Poco hay para contar del argumento del Ulises, salvo que recrea 24 horas de la vida de Leopold Bloom, un dublinés ordinario de clase media. Joyce despliega esta jornada usando las técnicas descriptivas y estilísticas más variadas y diferentes entre sí. La novela es un tratado de narrativa que desarma los esquemas de tiempo y espacio, y que culmina en un largo monólogo de Molly (o del subconsciente de Molly), la mujer de Bloom, totalmente desprovisto de puntuación, distraídamente carnal y que rehúye toda emotividad.
Si bien crea un espacio lingüístico de difícil acceso para el lector común, y posee razones más que suficientes para haber sido idolatrado por las vanguardias en la década de 1920, el Ulises todavía tiene rasgos que lo hacen relativamente accesible al frecuentador experimentado. Todavía está escrita en inglés y todavía es una novela. Ha tenido diversas traducciones en cada uno de los países con fuerte tradición literaria. Es, a pesar de sus escollos, un libro posible.
En cambio, el Finnegans Wake, que nuestros editores de El Cuenco de Plata han tenido el coraje de publicar, reivindica orgullosamente su ilegibilidad. Es al Ulises lo que éste ha sido, por ejemplo, a Alicia en el país de las maravillas. Hay que intentar leerlo, pese a todo, como en una especie de ceremonia privada en la que quizá no se pase de la primera página, pero en la que asistiremos, desde un principio, a la virtual destrucción de una lengua, que nos confunde y deslumbra al mismo tiempo.
¿De una sola lengua? En realidad hay en el texto una base inglesa, pero constantemente agredida por vocablos y expresiones de una decena de las lenguas modernas más usuales, aparte de fragmentos y deformaciones de otras sesenta lenguas menos difundidas. Esta opción del autor instituye un juego y un combate con los lectores, obligados a descifrar o adivinar previamente lo que no terminan de leer.
El libro tiene una estructura circular: empieza donde termina. Al parecer, Joyce se inspiró en la obra del filósofo italiano del siglo XVIII Gianbattista Vico. Si hay algo en la novela (vamos a llamarla así por comodidad) que pueda parecerse a personajes más o menos tradicionales, habrá que mencionar al albañil Finnegan, cuyo velatorio tiene lugar y que resucitará tras ser rociado con whisky (no olvidemos que to wake, en inglés, quiere decir tanto “ser velado” como “despertar”), y el más importante de todos, Humphrey Chimpden Earwicker, dueño de un pub, sobre cuya vida y andanzas se desarrolla algo así como una narración cómica, salpicada con los más inesperados neologismos y otras invenciones verbales. La vida y (otra vez) el inconsciente de Earwicker se articulan sin dificultades en la historia de Irlanda y en la historia universal. El libro se cierra, como en el Ulises, con el monólogo de un ser femenino, esta vez Anna Livia Plurabelle, la esposa de Earwicker, transformada en la voz mítica del río Liffey.
Estimado lector, no será una tarea sencilla ni relajada ingresar en un libro como Finnegans Wake. Pero si usted está cansado de tantas relucientes cajas de caudales, de tantas rebosantes bóvedas o de tantos billetes desparramados como sucias hojas de otoño, quizá valga la pena emprender la aventura. Y si no hay caso, si la lectura se le hace imposible, ponga el libro en un estante o sobre una mesita, como un fetiche creativo del siglo XX que merece ser recordado.
LA NACION