Ettore Scola. El maestro de las emociones

Ettore Scola. El maestro de las emociones

Por Gaspar Zimerman
La muerte de Ettore Scola – el 19 de enero, en Roma, a los 84 años, después de haber pasado dos días en coma-, marca el adiós de uno de los últimos grandes autores de la era dorada del cine italiano, lo que equivale a decir uno de los grandes de la historia del cine. Primero como guionista de unas 50 películas para otros cineastas, y luego como director de una treintena de filmes propios, Scola estuvo en actividad durante siete décadas y atravesó las distintas etapas del cine italiano, desde el final del neorralismo hasta el boom de las coproducciones internacionales, pasando por la commedia all’italiana. Y con sus historias contó la historia italiana desde la posguerra hasta nuestros días.
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Había nacido el 10 de mayo de 1931 en Trevico, en el sur italiano, pero era romano por adopción: su padre, médico, trasladó a toda la familia a la capital cuando él tenía cuatro años. Ettore también estudió una carrera tradicional y llegó a recibirse de abogado, pero nunca ejerció la profesión. En cambio, empezó dedicándose al periodismo, desde la adolescencia: a los 16 años ya escribía chistes y artículos para revistas satíricas y emisiones radiales, y también guiones para comediantes como Alberto Sordi y Totò. Pronto empezó a escribir para la pantalla grande, al servicio de directores como Dino Risi y Antonio Pietrangeli.
Su salto a la dirección –con Parliamo di donne- estuvo ligado a quien sería uno de sus grandes amigos: Vittorio Gassman. “Fue el protagonista –contaba- de mis tres primeros largometrajes y tiene la culpa de que yo haya empezado a dirigir. Ya estaba listo el guión de Parliamo di donne y también la preproducción, pero todos los directores que al estudio le interesaban estaban ocupados. Entonces Vittorio convenció a los productores de que la dirigiera yo. Aquello fue en 1964; enseguida hicimos juntos también Un caso fortuito, con Joan Collins, y El diablo sabe por diablo, con Claudine Auger y Mickey Rooney”.
Junto a Gassman conoció la Argentina: fue el guionista de Un italiano en la Argentina, de Dino Risi. “Partimos solo con una idea, un argumento para desarrollar y una comitiva italiana a un Festival de Mar del Plata, con actrices menores y hombres políticos y aprovechadores que trataban de hacer un viajecito y basta. Y llevamos ese personaje de Gassman, que es un poco hijo de Il Sorpasso. Yo escribía en el Alvear y Risi filmaba la escena al día siguiente. Sé que es una de nuestras peores películas, pero nosotros la pasamos bárbaro”.
Siguieron otras comedias ligeras, pero su primera gran película fue Nos habíamos amado tanto (1974), también con Gassman: él, Nino Manfredi y Stefano Satta Flores eran tres amigos enamorados de la misma mujer, Luciana (Stefania Sandrelli). Aparecía la marca Scola: una historia conmovedora, dramática -sin por eso desdeñar ingredientes de comedia- con sucesos históricos como marco. Una marca que también se vería en otro de sus títulos emblemáticos, Un día muy particular, y que respondía a quien fuera su mayor influencia: Vittorio De Sica.
Así lo reconocía él: “Es el que amé primero, a quien traté de imitar, de comprender. Umberto D. y Ladrón de bicicletas son los filmes que me convencieron de hacer películas. Mis temas son los mismos: la amistad, el amor, la solidaridad, la historia, el tiempo que pasa. Más que películas separadas, las mías son capítulos de un filme único y larguísimo”.
El marcado realismo era una de las características que diferenciaba a Scola de algunos de los grandes compatriotas que lo precedieron –y a quienes admiraba- como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni o Luchino Visconti. Sus convicciones políticas –estuvo ligado al comunismo italiano durante toda su vida- se traslucían en su obra. Por eso mismo, algunos militantes le cuestionaban la descarnada y grotesca pintura de la clase baja que hizo en una de sus obras maestras, Feos, sucios y malos (1976), que le valió el premio a mejor director en Cannes. A esas críticas, él respondía: “Si yo pensara que la pobreza hace mejor a la gente, no sería de izquierda”.
Esa ambición de dar cuenta de una época a través de un largometraje lo llevó a la creación de una fórmula notable: mostrar el devenir de la historia con el registro de un mismo espacio simbólico a lo largo de los años. Quizá la muestra más lograda de esta sea otra de sus obras cumbre, El baile (1984), pero también se ve en La familia (1987), La terraza (1979) y La cena (1998).
“Mi ambición –definía- es siempre suscitar en el espectador el deseo de una ‘imaginación ulterior’: en aquel pasillo o en aquel salón de baile, ¿cómo me habría situado? Desearía que cada espectador continuase el filme por cuenta propia, agegando la escena que Scola y su coguionista Furio Scarpelli no escribieron”.
La actividad de Scola había mermado en los últimos años, pero hace dos años se estrenó la que sería su última película, Qué extraño llamarse Federico, un documental sobre Fellini. Era una reflexión cariñosa y elogiosa sobre la vida un cineasta al que consideraba un mito. El, en cambio, era modesto sobre su propia trayectoria: “En mi carrera, creo, no he hecho obras maestras, pero tampoco porquerías. Haber tenido intereses múltiples, y me refiero a la política, me perjudicó como director: hizo que me miraran sospechosamente. No guardo rencor a la crítica, pero tampoco le agradezco. Hay muchos que no simpatizan conmigo. Yo, lo sé, no soy un drector simpático”.
CLARÍN