Woody Allen: “Hay que tener algo en lo que creer”

Woody Allen: “Hay que tener algo en lo que creer”

Por Gaspar Zimerman
Desde 1982 a esta parte, todos los años tienen una buena noticia garantizada: una nueva película de Woody Allen. ¿Que la mayoría de las que hizo en las últimas dos décadas son olvidables? Sí. ¿Que se repite? También. ¿Que nunca volvió al nivel de Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas? Absolutamente cierto. Pero ¿es justo pedirle a un hombre que en diciembre cumplirá 80 años, y que con muchas de sus 45 películas nos dio alegrías inolvidables, que vuelva a filmar una obra maestra? Con o sin excelencia, la visita anual de ese tío neurótico siempre es bienvenida. Después nos quedaremos más o menos felices, o un poco decepcionados, deseando que el año que viene lo veamos mejor.
Hombre irracional tiene méritos como para ubicarse dentro de la primera opción. Como Crímenes y pecados, Match point o El sueño de Casandra, es una nueva relectura que Woody Allen hace de una de sus novelas de cabecera: Crimen y castigo, de Dostoievski. Un profesor de filosofía como protagonista es ideal para desplegar una batería de disquisiciones sobre la culpa, el bien y el mal, con referencias a Kant, Kierkegaard o Hannah Arendt. Este catedrático, Abe Lucas (Joaquin Phoenix), está barranca abajo, pero cree encontrar la forma de salir adelante mediante el crimen.
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“En la vida de todos -dijo Allen cuando presentó la película en el último Festival de Cannes- hay momentos cruciales, en los que te das cuenta de que todo puede mejorar si tomás la decisión correcta. El problema de este profesor de filosofía es que no tiene objetivos y por eso todo se está desmoronando. Por eso toma una decisión que es irracional, pero no lo es tanto si pensamos en que para él es una misión, y todos necesitan algo en lo que creer. Eligen religiones, por ejemplo, y tomando esa decisión irracional, viven una buena vida, pensando que morirán e irán al cielo. No sé si fue Primo Levi o Bruno Bettelheim el que escribió que mucha de la gente que sobrevivió a campos de concentración lo logró porque creía en algo. Por ejemplo, en el comunismo. Tenían una motivación. No funcionó, pero eso no importa. Hay que tener algo en lo que creer, más allá de que funcione, porque hará tu vida mejor”.
Todo indica que el cine es su propia tabla de salvación, pero no. “No hay una respuesta positiva a la desalentadora realidad de la vida. No importa lo que digan la filosofía, los psiquiatras o las religiones: todos terminaremos mal. Todo desaparecerá: el universo, el sol, las obras de Shakespeare y Beethoven. La cuestión de los artistas no es explicar a la gente por qué la vida vale la pena de ser vivida, porque no sería honesto. Lo único que podés hacer es distraer a la gente. Y distraerte a vos mismo, para no afrontar la realidad: hacer películas es una gran distracción. Si no, estaría preguntándome de qué trata la vida, pensando en que en un futuro muy distante voy a ser viejo, en que voy a morir y mis seres queridos también. Es demasiada carga”.
Por eso es que estrena una película nueva todos los años. Y lo hace a pesar de decir que “odia” a todas y de que, si pudiera, las volvería a filmar para mejorarlas. De todos modos, siente que mejoró con los años: “Hoy soy un mejor director que cuando empecé, lo cual no quiere decir que sea maravilloso. No es algo de lo que me sienta orgulloso, porque simplemente se aprende de pasarse años haciendo películas. Mis películas ahora son más profundas: maduré y tengo más experiencia en la vida, y por eso lo que hago es más interesante que Robó, huyó y lo pescaron, que era una sucesión de gags. Ahora cuento historias sobre la vida de seres humanos en las que el humor no es tan importante”.
También sigue estrenando pese al sombrío panorama actual de la industria, según lo pintó en una entrevista con el sitio especializado deadline.com: “Hollywood siguió un camino desastroso. Es terrible. Se convirtió en una fábrica de productos. Era mucho más saludable cuando los estudios hacían cien películas por año en lugar de un par. Los grandes tanques, en su mayoría, son una pérdida de tiempo”.
Algo que parece haberlo ayudado es haber asumido sus límites. “Quise hacer algo grande y me di cuenta de que no está en mí. Lo único que se interpone entre la grandeza y yo, soy yo. Puedo hacer lo que quiera; tengo todas las libertades. Pero no soy Kurosawa ni Fellini. Soy un cómico convertido en cineasta, con un modesto talento para entretener. Pero la verdadera grandeza no está en mí: no soy William Faulkner ni Cole Porter. Soy un entretenedor, y eso es todo”.
Por más que su ego se siga chocando contra una pared de realidad, Woody seguirá filmando: “Disfruto de todo el proceso de hacer una película. Si nadie viene a ver mis películas y nadie las financia, eso me va a detener. Pero mientras tenga público e ideas, voy a seguir. Si son un fracaso o un éxito, no importa: ya estoy en el próximo proyecto y no miro atrás. Cuando era chico, pensaba que lo bueno de hacer películas era la fama, el dinero y la adulación. Pero cuando empecé a filmar, me di cuenta de que las críticas buenas o malas, los premios, las colas para ver tus películas… Nada de eso tiene importancia. Lo importante es que me divierte hacerlas. Es una manera maravillosa de ganarte la vida”.
CLARIN

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