La tiranía de la era digital amenaza el espíritu crítico

La tiranía de la era digital amenaza el espíritu crítico

Por Santiago Kovadloff
¿Hasta dónde la Red es virtuosa en sí misma y hasta dónde encierra efectos colaterales, contradicciones, toxicidades complejas de difícil discernimiento a simple vista?” Preocupaciones como las que recoge esta pregunta abundan en un libro de no muy lejana aparición titulado Superficiales. En él, Nicholas Carr, periodista estadounidense, concluye que los beneficios de Internet, siendo innegables, no se alcanzan sin un costo elevado. Es ingenuo suponer, asegura, que la cultura digital es inofensiva. La Red, advierte Carr, conspira seriamente contra la concentración y la profundidad. Contra atributos de la subjetividad, en suma, que son fundamentales para entender al hombre como aún lo hacemos.
La relación de la literatura con la función innovadora de las tecnologías ofrece, sin embargo, distintos ángulos valorativos que impiden diagnosticar de un único modo los efectos de ese vínculo. Ya se lo nota a fines del siglo XIX por lo menos en dos grandes escritores.
Hay un texto de Friedrich Nietzsche, fechado en el año 1879, en el que el filósofo admite que cuando llegó a sus manos una máquina de escribir, su prosa cambió y se hizo más telegráfica. El empleo de la mecanografía había alterado la cadencia habitual de su enunciación escrita, pero, en compensación, le había dado acceso a otra, inesperada y convincente.
Marcel Schowb, narrador notable, prevé en un artículo de 1891 que las consecuencias del creciente empuje tecnológico no tardarían en hacerse sentir en todo. Y agradece a ese fenomenal invento que es el fonógrafo la posibilidad de haber podido preservar del olvido la voz del poeta Robert Browning. Admite, no obstante, que en su tiempo impera todavía una marcada resistencia a la incorporación de los aportes de la tecnología a los hábitos vigentes en el campo de la comunicación. “Hasta el presente, el fonógrafo no ha entrado en nuestras costumbres, dormita; pero una tremenda revolución de esas costumbres se prepara para el día en que con él comience una nueva conquista de Europa y América. Aquello que detenía hasta el presente el auge del fonógrafo y del teléfono era la resistencia del auditor a añadir instrumentos a su oreja, a hablarles a instrumentos.”
Hoy muchos de los recursos ofertados por la tecnología forman parte, incluso, de nuestro organismo. Es bien sabido que la tecnología científica avanza a paso redoblado en el proceso de reemplazo de lo natural por lo artificial. El hecho inspiró uno de los libros más penetrantes sobre el tema: El intruso, de Jean-Luc Nancy. El ensayista francés se pregunta si aún cabe seguir hablando de nuestro cuerpo -poblado de piezas mecánicas que reemplazan a las originarias- como de un cuerpo “propio”. Pero ¿podría afirmarse, en un orden análogo, que las nuevas tecnologías han incidido sobre la literatura como para hacer de ella algo distinto de lo que fue hasta aquí?
“Siempre inventamos las mismas fábulas -ha dicho Jorge Luis Borges-. Siempre repetimos los mismos cuentos con pequeñas variaciones, con entonaciones distintas. Y eso es lo que se espera de la literatura de cada época, que repita las mismas fábulas con una muy ligera variación.”
Las fábulas son incesantemente las mismas porque los conflictos a los que remite la literatura son irreductibles. En esa medida, no resultan renovables. Puede decirse, en consecuencia, que la literatura es conservadora en cuanto a los problemas que plantea, y obligadamente innovadora en cuanto a sus argumentos y estrategias discursivas. Cada época cuenta con su escenografía propia y exige otros modos de enunciación.
Creo, por lo tanto, que las innovaciones tecnológicas no alteran los fines de la literatura aunque modifiquen sus modos y tiempos de transmisión. Los cambios tecnológicos no inciden sobre los objetivos fundamentales que ella persigue desde la remota aurora de la poesía. Su propósito ha sido y será siempre pensar con emoción, relatar una historia para que ella sea habitada por quien no la vivió, hacer de lo singular algo revelador para muchos.
¿Cuál podría ser la incidencia negativa de los cambios tecnológicos sobre la práctica de la literatura? No son pocos ni irrelevantes los que aseguran que la facultad de memorizar se encuentra amenazada por la tecnología de punta empleada en la comunicación. “Hacia mediados del siglo XX -escribe Nicholas Carr-, la memorización había comenzado a caer en desgracia.” La memoria biológica es radicalmente diferente de la memoria informática. Según Kobi Rosenblum, jefe del Departamento de Neurobiología y Etología de la Universidad de Haifa: “Mientras que el llamado cerebro artificial absorbe la información e inmediatamente la guarda en su memoria, el cerebro humano sigue procesándola mucho después de haberla recibido, y la calidad de los recuerdos depende de cómo se procese esa información. La memoria biológica está viva. La informática, no”. Carr infiere: “Lo que da a la memoria real su riqueza y su carácter, por no hablar de su misterio y su fragilidad, es su contingencia. Existe en el tiempo, cambiando a medida que el tiempo cambia. La memoria biológica se encuentra en perpetuo estado de renovación. La memoria almacenada en una computadora, por el contrario, adopta una forma binaria y estática. La Web es una tecnología de olvido. Y gracias una vez más a la plasticidad de nuestras vías neuronales, cuanto más usamos la Web, más entrenamos nuestro cerebro para distraerse, para procesar la información muy rápidamente y de manera muy eficiente, pero sin atención sostenida. Esto ayuda a explicar por qué a muchos de nosotros nos resulta difícil concentrarnos incluso cuando estamos lejos de nuestros ordenadores. Nuestro cerebro se ha convertido en un experto en olvido, un inepto para el recuerdo”.
La memoria es, pues, una experiencia personal sujeta al tiempo, al efecto de la temporalidad sobre quien se sabe tiempo. En la medida en que alguien se reconoce afectado por el tiempo que lo constituye, vulnerado por él, puede pronunciarse como escritor, puede ganar cuerpo en la literatura. Como supo decir William Faulkner al recibir, en 1949, el Premio Nobel de Literatura: se trata, siempre, de dar voz “al conflicto del corazón consigo mismo. A las viejas verdades universales sin las cuales una historia es efímera y está condenada a morir: amor y honor, caridad y orgullo, y compasión y sacrificio. El deber del poeta, del escritor, es escribir acerca de estas cosas. Es un privilegio aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir”.
Una de las tareas constantes de la literatura es recordarle al hombre que no sólo es creador de leyes, sino también producto de leyes que no gobierna y que no puede controlar. De estas leyes, no menos decisivas que las primeras, una primordial es la que determina su vida inconsciente; otra, más que complementaria de esa primera, es la que lo inscribe en la finitud, entendida como una experiencia que lo acompaña a lo largo del tiempo y decide su vivencia de ese tiempo y de sí mismo. Así es de Sófocles a Kafka y de Homero a Fernando Pessoa.
El desarrollo desbordante de la tecnología ha alentado en el hombre la presunción de que el progreso que ella le depara, por ser ilimitado, puede liberarlo de su finitud, de su inscripción en la experiencia del límite, de su sujeción al escenario de la insuficiencia. Bien se sabe que la aspiración a lo ilimitado no es un anhelo surgido en la modernidad ni las consecuencias del desenfreno posesivo un hecho catastrófico reciente. Pero la desmesura moderna tiene formas específicas. Ellas configuran lo nefasto de nuestro tiempo y eso es cada vez más evidente, aunque la razón instrumental se empeñe en negarlo y encubrirlo.
Veámoslo en un orden que excede el campo de la literatura pero al que ésta no puede ni quiere permanecer ajena. Advierte Harald Welzer en su libro Guerras climáticas que los recursos ambientales extenuados y envilecidos por obra de una explotación salvaje e irresponsable acotan dramáticamente el porvenir de nuestra especie. Hacia mediados del siglo actual habrá en la Tierra 9000 millones de personas, pero los recursos disponibles ofrecidos por el medio ambiente para asegurar su supervivencia habrán decrecido en forma inversamente proporcional al aumento de la población. Las nuevas tecnologías no sólo afianzan la supremacía del hombre en la Tierra; también debilitan su autocomprensión y la comprensión del planeta donde vive, puestas como están al servicio de una voluntad de poder que no tolera restricciones.
Una función eminente de la literatura es combatir la renegación de esta conducta autodestructiva y devastadora que homologa la acumulación de poder a la identidad y la sabiduría. La literatura retrata incansablemente, desde hace siglos, las consecuencias de una misma y polimorfa ceguera y, desde hace algún tiempo, los efectos devastadores del triunfalismo tecnocrático. La literatura, de más está decirlo, no puede impedir la siembra de injusticia, pero puede contribuir a desenmascararla y enfrentarla. Y ello, ciertamente, no es sin riesgo para sus oficiantes. Hay un totalitarismo tecnocrático que no cesa de exigir sumisión a la subjetividad; es el que privilegia un pragmatismo cínico sobre el espíritu crítico y autocrítico. Por eso, la pregunta de fondo sobre las nuevas tecnologías nada tiene que ver con su eficiencia objetiva o su valor intrínseco. Sí, en cambio -y mucho-, con la índole de quien la emplea. Entre un hacha de piedra del paleolítico y un teléfono móvil hay incontables siglos de distancia. Pero no necesariamente los hay entre aquel hombre primitivo y el de nuestro tiempo.
LA NACION