Willem Dafoe: “Pasé cada día de mi vida en el teatro”

Willem Dafoe: “Pasé cada día de mi vida en el teatro”

Por Marcelo Stiletano
Willem Dafoe le cabe a la perfección aquello de que la pantalla engrandece todavía más a los mejores intérpretes. En el encuentro mano a mano con la nacion en la magnífica sala de recepciones del subsuelo del Teatro Ópera, el notable actor estadounidense luce a primera vista más bajo en estatura de lo que cualquiera podría imaginar luego de acostumbrarse a su imponente presencia en el cine. En la charla, un cordialísimo y reflexivo Dafoe (vestido de pies a cabeza con ropa sport oscura) habla mucho de su reconocido aporte a la pantalla grande, pero ante todo se revela como un genuino hombre de teatro. Durante ese encuentro, previo a su debut de anteanoche a sala llena conThe Old Woman, junto a Mikhail Baryshnikov y con la dirección de Bob Wilson, también renueva su compromiso afectivo de varios años con Buenos Aires.
De todas sus visitas a esta ciudad (“Llevo seis o siete, podría contarlas una por una”, reconoce), ésta es la primera en que Dafoe no podrá darse sus gustos habituales, como “el placer de ir a la milonga” (la única palabra de toda la charla que pronuncia en perfecto castellano) y disfrutar “de la buena carne, el buen vino, la buena compañía y el buen teatro”. Esta vez le toca volver para actuar por primera vez ante el público de una ciudad que le fascina por “el carácter de su gente” y por ser “tan atractiva y compleja”. Pero no se rinde: “Estaremos aquí por muy pocos días, pero tengo la esperanza de que conseguiré algo de tiempo libre. Ya lo veremos…”, dice con voz teatral y profunda, y una sonrisa franca, en las antípodas de quienes imaginan a Dafoe sólo como el villano consumado que supo acuñar en tantas celebradas apariciones cinematográficas.

-¿Hubo necesidad de cambiar algo de The Old Woman sobre este nuevo escenario del Ópera?
-Sólo algunos ajustes que necesitan algo de tiempo. La obra es siempre la misma, tiene movimientos muy exactos y precisos. También nuestra actuación. Y además es muy musical. Por eso, cuando llegamos a otra ciudad y a otro escenario lo único que hay que hacer es familiarizarnos con las dimensiones de la sala, las luces y el sonido, con el fin de mantener esa musicalidad de la que le hablaba y la precisión de nuestros movimientos. Son cuestiones meramente prácticas que se solucionan con algunos ensayos.

-La obra que lo trae a Buenos Aires también podría verse, a esta altura de su carrera, como una suerte de recuperación de sus raíces teatrales.
-La mayoría de la gente no tiene por qué saberlo, pero yo estuve al frente de mi propia compañía teatral, The Wooster Group, durante 30 años. Cada día de mi vida lo pasé en el teatro. Y solamente falto cuando me toca participar de alguna película en un set de filmación. Mucha gente cree que como hago películas me paso el día en Los Angeles nadando en la piscina de mi casa. Pero resulta que yo vivo en Nueva York y cada día me levanto para ir al teatro como cualquier obrero que trabaja en una fábrica. Un obrero, eso sí, que siente que su trabajo está completamente integrado a las cosas más profundas de la vida. En verdad, las cosas en mi vida nunca cambiaron demasiado, lo único diferente del pasado es que ya no tengo esa compañía.

-Un tiempo de cambios, entonces, como el que uno aprecia todo el tiempo al seguir su carrera cinematográfica.
-Pero que tiene sobre todo que ver con el teatro. Sentí que llegaba el momento de trabajar de un modo mucho más freelance. Eso pasó desde que me encontré por primera vez con Bob Wilson en un proyecto llamado The Life and Death of Marina Abramovic. Fue un instante importante en mi vida: reconocer de nuevo el lugar en el que empecé y volví a descubrir que el teatro tiene placeres difíciles de encontrar en el cine.

-¿Cuáles serían esas diferencias?
-En el cine uno se siente todo el tiempo como si formara parte de un ejército invasor. Y también, al actuar, siempre nos enfrentamos al primer impulso. Eso se siente al visitar alguna locación: te toca llegar, estar allí un día y al siguiente te vas. En cambio, en el teatro, aparece la gran posibilidad de regresar al mismo lugar y perfeccionar todo el tiempo tu trabajo con el mismo material.

-A propósito de diferencias, a usted le toca moverse todo el tiempo entre el cine de los grandes estudios y los proyectos independientes, ¿cómo vive ese constante juego de ida y vuelta?
-Lo que más me interesa en cada proyecto nuevo es el conocimiento del grupo y, sobre todo, de quién tiene el poder para tomar las decisiones. Obviamente, en los films de los grandes estudios se manejan presupuestos más grandes y todos están más presionados para obtener ganancias y recuperar lo invertido. Allí, normalmente, el poder no está en manos del director. Y las mejores oportunidades que tuve en el cine se las debo a los directores. Es el director quien tiene realmente el poder en una película. Yo creo de verdad en la idea de un cine de autor.

-Los últimos tiempos lo muestran más activo que nunca en el cine, saltando de una película a otra: El Gran Hotel Budapest, La ley del más fuerte, El hombre más buscado, Bajo la misma estrella. Y ahora, Pasolini.
-Tal vez todas estas películas aparecieron muy cerca una de la otra, pero por suerte tuve bastante tiempo entre esos rodajes para hacer otras cosas. Como The Old Woman, que surgió entre El hombre más buscado y Pasolini. Si alguien me dice que estoy un poco chiflado haciendo tantas cosas puedo entenderlo [risas]. Pero me gusta mucho experimentar estas sensaciones tan diferentes. Es algo muy enérgico, imaginativo. Así es más fácil empezar siempre de cero, como a mí me gusta, y más difícil reconocerse a sí mismo.

-Entre esos directores con los que trabajó aparecen más de una vez los nombres de Abel Ferrara y Lars Von Trier, ¿cómo es trabajar con figuras tan controvertidas?
-Hay artistas que a la hora de hacer ciertas cosas son manejadas por sus demonios interiores. Y a mí me gusta moverme alrededor de ese tipo de gente, siempre dispuesta a desafiar sus límites y a no pensar las cosas de un modo convencional. Quizá lo diga de un modo muy prosaico, pero son ellos los únicos capaces de rescatarnos de la rutina, la manipulación y la deshumanización.

-Mirando hacia atrás, ¿soñaba en sus comienzos con el lugar tan destacado al que llegó en la actualidad?
-Lo único que recuerdo bien de aquellos tiempos de juventud es que lo único que quería era convertirme en actor. No tenía otra ambición ni quería tenerla. Pero la naturaleza humana nos dice otra cosa: más tienes, más quieres [risas]. Y así aparecieron nuevas oportunidades, una tras otra. Pero jamás pensé mi carrera en términos tradicionales, tal vez porque no soy un actor formado en la escuela clásica. Todavía hoy, cuando leo un guión, me interesa mucho más la aventura completa de hacer una película que la indagación sobre un personaje específico.

-¿Tiene pendiente algún personaje soñado desde hace mucho tiempo?
-Yo nunca tuve ese tipo de expectativas o ambiciones. Entiendo que si aparece en mi interior algún papel o personaje soñado debería aceptar que lo hago porque pienso que a través de él podría alcanzar un gran éxito. ¡Pero resulta que ese éxito ya ocurrió dentro de mi cabeza! En lo que a mí respecta, el éxito sólo consiste en lograr como actor algo trascendente, maravilloso, memorable. Como dice siempre Bob Wilson: si ya lo conoces, ¿para qué hacerlo? El éxito que vas a tener es el éxito que todavía no se conoce.
LA NACION