Sexo en los boliches: un fenómeno acotado y marginal

Sexo en los boliches: un fenómeno acotado y marginal

Por Loreley Gaffoglio
Hace un año, María Candela Lemme se identificaba con la tribu urbana de los darks, escuchaba The Cure y Marilyn Manson y frecuentaba las fiestas Altern@ de los viernes en la disco Le Click.
Semanas atrás, Lemme, de 26 años, que estudia la carrera de martillera pública, regresó al boliche de Balvanera para rememorar con amigos viejos tiempos.
“Fui al entrepiso del segundo piso y sentí náuseas. Escuchaba gemidos aquí y allá y prendí el flash de mi celular. Me pareció denigrante, de cuarta, ver cómo las parejas tenían sexo paradas, unas al lado de otras, sin ningún tipo de pudor. Asqueada, decidí no volver más allí”, relató a LA NACION.
Si bien la clausura del pudor y el sexo exprés consentido entre jóvenes desconocidos son analizados por estas horas como una modalidad naturalizada entre las nuevas generaciones, Lemme -quien conoce los códigos de la noche porteña- asegura que el comportamiento del “vale todo” en discotecas se circunscribe a las transgresiones de una minoría.
“No creo que sea algo generalizado ni aceptado por la mayoría y no lo he visto en otros lugares bailables. Sólo lo he visto en Le Click”, asegura, al tiempo que agrega que todavía imperan la autoestima y el respeto a uno mismo entre las nuevas generaciones.
El boliche cobró notoriedad en los últimos días luego de que una chica denunciara haber sido violada allí el sábado 19, durante una fiesta alternativa. Tras el episodio, otras diez jóvenes también hicieron público que sufrieron experiencias de abuso sexual en el local bailable.
Lo que a María Candela Lemme le llamó la atención de su reciente visita a Le Click fue que el desenfreno sexual era antes motivo de expulsión en la disco: “La seguridad monitoreaba siempre, y ante conductas de ese tipo prendían las linternas, separaban a la gente y les advertían que salieran” de los reservados.
“La sensación que tengo es como que de repente hubo un vía libre; todas las barreras cayeron, quizá como un marketing redituable para el descontrol -analiza Lemme-, ya que un lugar donde todo está permitido seguramente atraerá a muchos.”
Salvo dos lugares bien definidos en la noche porteña, orientados al público swinger y la comunidad LGTB, el sexo explícito en los denominados darkrooms, frente a terceros, no pareciera ser algo usual, apuntan los entendidos.
“El boliche gay Ameri-k, en Palermo, es famoso por su túnel. Es lugar de transa con libertad sexual asumida”, señala el abogado de Avivi Andrés Bonicalzi. “Entrar ahí es como otorgar un consentimiento presunto para que te toquen o para participar. Hay mucha seguridad y uno sabe qué le espera. De hecho, se publicita como una megadisco donde la única consigna válida es liberarse”, dice.
En la Argentina, no existe una habilitación legal para el “vale todo”. Pero, según describe Bonicalzi, “hay otro lugar, Anchorena, en Recoleta, donde en los reservados los swingers mantienen relaciones sexuales entre dos y más personas frente a terceros. Van a buscar específicamente eso. Pero tienen códigos de anuencia y respeto claros”.
Según el letrado, estos lugares deberían advertir claramente a quien ingresa sobre aquellas escenas con las que se puede encontrar y disponer de seguridad suficiente como para prevenir delitos sexuales.
El abogado penalista Claudio Mazaira es taxativo: “No existe legislación que permita tener sexo en un lugar público delante de la gente. El orden público prima sobre la voluntad de las partes. Vulnerar ese orden puede tipificarse, para quien lo transgrede, como exhibición obscena y, para el que lo avala, como comisión por omisión. Los lugares donde se practica abiertamente el sexo operan con connivencia de las fuerzas de seguridad”.
El artículo 129 del Código Penal reprime con multa de 1000 a 15.000 pesos al que ejecutare o hiciese ejecutar por otros actos de exhibiciones obscenas expuestas a ser vistas involuntariamente por terceros. La ley agrega que “si los afectados fueren menores de 18 años, la pena será de prisión de seis meses a cuatro años”.
El penalista Nicolás Durrieu coincide con la apreciación de su colega: “Un acto sexual en una discoteca hiere al hombre medio y va en contra de su voluntad presunta, ya que hoy en día la sociedad estima que un acto sexual debe desarrollarse en un ámbito de intimidad, cerrado, o protegido para evitar que sea visto involuntariamente por terceros. El dueño del lugar o quien está a cargo de su funcionamiento tiene una posición de garante para evitar que se realicen actividades obscenas. Si no lo hace, es penalmente responsable”, considera.
¿Qué hace que claudiquen las barreras del pudor entre los jóvenes y que se exacerben las pulsiones sexuales ocasionales y con extraños en los lugares menos indicados? “La sexualidad es política y responde a los rasgos de época. Si ahora impera el “todo vale” y está prohibido prohibir en todo sentido, la sexualidad no escapa a esa lógica. Y es interpretada como algo para consumir como venga”, reflexiona la psicoanalista Esther Krieger, autora de Adolescencia en crisis. “Los jóvenes saben a qué están expuestos. Lo que hacen es una elección, que responde a sus códigos. Pero esta sexualidad compulsiva no es saludable”, concluyó.
“Lo que se ve hoy es que el sexo se vive de forma descarnada como sustituto de la relación vincular, que está totalmente ausente”, opina el psiquiatra Harry Campos Cervera. Y agrega: “Los jóvenes tienen hoy poca vivencia emocional. No tienen encuentros fuera del ámbito del boliche. El sexo impulsivo, entonces, aparece como una necesidad de expresión para relacionarse, donde el encuentro no es entre individuos, sino entre partes genitales”.
LA NACION