Temsula Ao: “no me gusta la poesía que apela a palabras que nadie entiende”

Temsula Ao: “no me gusta la poesía que apela a palabras que nadie entiende”

Por Fernando Capotondo
Si a una poeta que defiende la sencillez por sobre todos los recursos la invitan a recitar en la estación de un subterráneo o en un bar de cualquier ciudad, sin dudas sentirá que le habrán facilitado su objetivo primordial de llegar con su obra a gente que podríamos calificar, sin el menor prejuicio, de común y corriente.
Quizás esto le haya ocurrido a la escritora india Temsula Ao, quien visitó la Argentina por primera vez, invitada por el IX Festival Internacional de Poesía, que se llevó a cabo en el marco de la Feria del Libro que acaba de terminar.
Nacida en Assam, en 1945, sus cinco libros de poemas y dos de cuentos cortos y ensayos fueron traducidos en cinco idiomas y varios de ellos son objeto de estudio en las universidades de la India. Es una de las escritoras más reconocidas de su país, no sólo por sus poemas sino también por haber rescatado la tradición oral de su comunidad Ao Naga.
“Es mi primer viaje a la Argentina y recitar en lugares como el subte y el Bar Británico fue una experiencia realmente excitante, que me permitió descubrir que la gente está muy sintonizada con la poesía. Siempre encontré un público interesado, lo que confirma que la poesía no es sólo para los académicos, sino para cualquier persona de la calle”, destacó Temsula Ao a Tiempo Argentino, en una distendida entrevista en la Embajada de la India.
–¿La poesía encierra alguna dificultad propia, en comparación con otros géneros literarios?
–En mi caso, los problemas para escribir dependen básicamente de si me gusta o no, es sencillo. Un poema está bien cuando me hace sentir feliz, cuando después de buscar una palabra la encuentro y logro que refleje lo que siento. Y por supuesto, esto puede surgir en cualquier momento.
–¿Cuál es su método frente a la hoja, o bien, la pantalla de la computadora en blanco?
–En ocasiones me cuesta más empezar y escribo unas pocas líneas, que armo luego, pero otras veces puedo escribir todo un poema completo. Después de los primeros borradores, dejo el texto descansar por lo menos dos días. Las palabras empiezan a jugar en mi cabeza y aprovecho para consultar diccionarios. Luego viene una reelectura y, si es necesario, reemplazo alguna palabra. Esta artesanía la aplico tanto en mis poemas como en mis cuentos.
–¿Se plantea cómo llegar con sus poemas al hombre común de la calle?
–Honestamente creo que mi poesía es muy sencilla, siempre me esfuerzo para que mi lenguaje sea el más simple. Prefiero no usar lenguaje arcaico en mis poemas.
–¿Quiere ser popular?
–No lo llamaría popular. Pero sí quiero que el mensaje llegue en la forma más directa posible a los lectores. No me gusta la poesía que, por ejemplo, utiliza demasiados términos filosóficos, habla de dioses griegos o apela a palabras que nadie entiende. Me parece que se trata de mecanismos de algunos poetas para hacer alarde de sus conocimientos.
–¿Qué busca transmitir, entonces?
–No es fácil explicarlo. Lo importante es ser honesta con lo que creo y con mis lectores. Mi intención no es hacerle creer a los demás que soy mejor que ellos. Si veo que alguna palabra es muy difícil o complicada, siento que estoy levantando una pared entre el lector y yo. Por eso es que insisto en buscar las más sencillas para tratar de comunicar mi mensaje.
–¿Qué libro recomendaría a un lector argentino?
–Es difícil, le puedo contar que empecé a leer un libro de la canadiense Margaret Atwood, quien es considerada una de las mujeres más importantes del feminismo. También hay muchos escritores indios para leer, como Arundhati Roy y su novela El dios de las pequeñas cosas. Hay demasiados autores para recomendar.
–A pesar de su juventud, ¿piensa en la muerte?
–Sí, pienso que no tiene sentido temerle. Debemos aceptar que la vida tiene un fin, que no somos inmortales a pesar de que hacemos cosas como si lo fuéramos.
–¿Cómo es eso?
–Creo que Dios puso la sensación de inmortalidad en nuestro espíritu, si no fuera así no viviríamos de esta manera. No perderíamos tiempo en rezar, por decir sólo un ejemplo. Al asumir la inmortalidad, no pensamos en nuestra propia muerte, y planificamos la vida que debería continuar por siempre. Esa especie de obsesión la puso Dios en nosotros para que el mundo continúe. Si no fuera así, el ser humano sería muy diferente.
–¿De dónde surgió esta actitud?
–Quizás la haya heredado. Mi abuela vivió hasta los 104 años y en una ocasión estaba tan enferma que todos pensaron que iba a morir. Entonces, encargaron un ataúd para adelantarse a lo que iba a ocurrir. Pero resultó que la señora se recuperó y, como en los pequeños pueblos nada es secreto, se enteró de lo que había pasado y pidió que se lo llevaran a la casa. ¡Lo usó para guardar ropa y comida, y la familia se sentaba en la tapa! Por supuesto, cuando murió fue enterrada en el mismo ataúd. Es un ejemplo de la actitud que tenían la gente del campo en la India. Eran muy simples y con ellos todo era muy simple.
TIEMPO ARGENTINO

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