Un nuevo capítulo en los diálogos entre Paul Auster y John M. Coetzee

Un nuevo capítulo en los diálogos entre Paul Auster y John M. Coetzee

Por Ivana Romero
A las dos de la tarde, la cola de gente que esperaba ingresar al encuentro entre Paul Auster y John Maxwell Coetzee ya tenía varias cuadras. Y eso que faltaban más de cuatro horas para que los escritores se sentaran para leer las cartas que se enviaron entre 2008 y 2011, a modo de juego literario, a modo de práctica vagamente anacrónica que, no obstante, alumbró un libro publicado en Argentina a fines de 2012. Se trata de Aquí y ahora (coeditado conjuntamente por Anagrama y Mondadori).
La propuesta fue tocar temas diversos –desde los viajes hasta el amor o la política y, por supuesto, la literatura– a través de los azares que fuera proponiendo la correspondencia por correo (nada de mails, nada de respuestas instantáneas). La idea, dice la leyenda, la sugirió Coetzee, quien le envió una carta a Auster tras un encuentro que tuvieron en el festival literario de Adelaida, en Australia. Esa había sido la primera vez que se veían personalmente, si bien, claro, ya se habían leído. Incluso estuvieron en contacto en 2005 cuando Auster le pidió a Coetzee que escribiera uno de los prefacios para la edición en cuatro volúmenes de la obra de Samuel Beckett.
Para no hacer largo el cuento: Auster recibió en su casa de Nueva York una carta enviada desde Adelaida –donde vive Coetzee– con una propuesta de diálogo abierto para, según expresó Coetzee, “sacarse chispas”. “El intercambio epistolar se aviene bien, por lo demás, con el carácter de ambos. El Premio Nobel de Literatura Coetzee es conocido por su laconismo y su renuencia a las entrevistas. El estadounidense Auster, un autor que todavía hoy borronea a mano y pasa en limpio sus novelas en una histórica máquina de escribir, es dado a las incursiones autobiográficas”, informa en su web Anagrama.
Y allí estaban los dos, ayer, invitados especiales de la 40° edición de la Feria del Libro porteña, apremiados por una agenda que incluyó una charla de Auster en el MALBA el viernes pasado, una de Coetzee en Eterna Cadencia el sábado y el otorgamiento de los títulos honoris causa para ambos, que recibirán esta noche en la Universidad de San Martín, en el marco del segundo aniversario de la revista Anfibia.
Durante una hora –y ante un público calculado en unas 1500 personas– Coetzee y Auster se ajustaron a un libreto preestablecido, que se restringió a la lectura de cartas incluidas en Aquí y ahora. Pero los imprevistos le pusieron una pizca de sal al encuentro local, aunque los organizadores debieron correr para solucionar con rapidez el desperfecto. Y es que, al comienzo de su lectura, Auster escuchaba a la traductora, cuya voz escapaba de esos pequeños instrumentos que se utilizan en conferencias para traducción simultánea con auriculares. Porque los autores hablan sólo en inglés y el público que colmaba la Sala Borges (e incluso los canteros afuera de la sala, donde se colocaron pantallas), castellano.
El desperfecto hizo que hubiese varios acoples, que interrumpieron la primera lectura del autor de La invención de la soledad. Auster intentaba leer una carta fechada en 2008 donde recuerda su paso como jurado del Festival de Cannes en 1997. En una fiesta donde estaban desde Tim Burton a Pedro Almodóvar y desde Gina Lollobrigida a Liv Ullman, le presentaron al actor Charlton Heston, miembro de la Asociación Nacional del Rifle. “Es alguien que no me cae bien, por sus ideas políticas”, leyó Auster. El asunto es que se lo encontró varias veces después, en geografías muy diversas: en la Feria del Libro de Chicago y a la entrada de un hotel en Nueva York, “¿Cómo debo interpretar esto, John? ¿Te ha pasado algo parecido, o es sólo a mí?”, preguntó Auster.
La carta era una meditación sobre la casualidad. Pero Auster no podía seguir leyendo a causa del chirrido que escapaba del aparatito. “Esto parece una película de ficción de la década del ’50 ¡Vienen platos voladores!”, se permitió el escritor. Al fin decidió levantarse para ver qué pasaba. Coetzee quedó en medio del escenario, sentado, solo, impasible, con un rictus de incomodidad en el rostro, dispuesto a cumplir su papel. Al fin, Auster lo llamó, los dos se retiraron, el desperfecto fue solucionado y tras unos minutos, volvieron a ocupar el escenario.
Coetzee –que nunca da entrevistas y de cuya vida personal se conoce poco– leyó una carta escrita en 2009 donde comenta que cuando tenía poco más de 20 años, estaba metido en el ajedrez. Por entonces se mudó a Estados Unidos y para eso hizo un viaje en barco a través del Atlántico. “Me anoté en un torneo de ajedrez y conseguí llegar a la última ronda con un oponente llamado Robert. Pasa la medianoche y seguíamos ahí, en la legendaria Nueva York, encorvados sobre el tablero hasta que los últimos espectadores se fueron y quedamos solos”, leyó. “Te doy tablas”, le ofreció su contrincante. Y el joven Coetzee aceptó. Pero durante un tiempo, el autor de Desgracia quedó obsesionado con la idea de repetir las jugadas en un papel para ver si le había convenido esa decisión. “Desde entonces no juego más al ajedrez. Y practico deportes pero detesto la idea de perder o ganar, como si fuera una guerra absurda contra un oponente que ni siquiera conoces. El criterio para decidir si hice algo bien o no es privado, es mi propia conciencia”, dijo.
Durante el último tramo de la conversación, los escritores cambiaron pareceres sobre el modo en que cada quien construye en su cabeza los escenarios donde se mueven los personajes. Y aseguraron que escribir no es obra de la inspiración sino del trabajo constante, “casi como un prisionero que cada mañana abre la puerta de su celda”, dijo Coetzee, que también afirmó que “escribir es una cuestión de dar y dar, sin parar y sin respiro”. También se refirieron a la importancia que tienen los nombres, tanto en la ficción como en la vida real, y el modo en que un nombre mal elegido puede ser fatal para un personaje (y también, para una persona). “Crecemos con los nombres que nos dieron, los ponemos a prueba hasta que aceptamos que somos el nombre que llevamos”, aportó Auster. Y agregó: “No es una empresa inútil sino un intento de convencernos de que nuestro nombre y nosotros somos la misma cosa, de asumir una identidad a los ojos del mundo.” En ese sentido, Coetzee sostuvo: “Tu nombre es tu destino. El único problema es que tu nombre dice tu destino de la misma manera que la Sibila de Delfos, en forma de acertijo. Sólo una vez en el lecho de muerte descubres lo que quiere decir, como en una revelación borgeana.”
TIEMPO ARGENTINO