Por primera vez secuenciaron en el país genomas completos

Por primera vez secuenciaron en el país genomas completos

Por Nora Bär
Sólo una década después de que se anunció la versión final de lo que se dio en llamar “el libro de la vida” (la secuencia completa de las instrucciones genéticas de un ser humano deletreada en el lenguaje químico del ADN, una hazaña que costó 3000 millones de dólares y exigió las contribuciones de decenas de universidades y miles de investigadores de uno y otro lado del Atlántico), científicos argentinos anunciaron a mediados de noviembre un importante logro tecnológico: por primera vez, se pudo secuenciar íntegramente en el país el genoma completo de tres argentinos.
“Esto fue posible porque a lo largo de este tiempo se desarrollaron a velocidades astronómicas nuevas tecnologías que hicieron más rápida y menos costosa la secuenciación -explica el doctor Adrián Turjanski, investigador del Conicet y docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, donde dirige el grupo de bioinformática estructural-. Hoy, gracias a la conformación de dos plataformas, una de secuenciación genómica y otra de análisis bioinformático, que fueron financiadas por el Ministerio de Ciencia con aproximadamente 16 millones de pesos, disponemos de los recursos técnicos y humanos como para no sólo secuenciar los alrededor de 25.000 genes que componen el genoma humano, sino también para procesar la enorme cantidad de información que proporcionan sus 3000 millones de pares de bases.”
El ADN contiene la receta para que nuestras células sinteticen proteínas. En 1953 Watson y Crick revelaron su estructura y mostraron que es un compuesto formado por “unidades” o “bases” que vienen en cuatro versiones: adenina (A), timina (T), citosina (C) y guanina (G).
Secuenciarlo es dilucidar el orden en que estas bases se ubican a lo largo de una cadena con forma de doble hélice y puede ofrecer la clave para descubrir la causa de diferentes enfermedades.
Los tres genomas secuenciados para poner a punto todo el sistema corresponden a tres hermanitos de entre seis y diez años, pacientes del doctor Marcelo Kauffman, que padecen de trastorno generalizado del desarrollo y epilepsia. Kauffman es investigador del Conicet y de la carrera de investigación en salud de la ciudad de Buenos Aires, y neurólogo del hospital Ramos Mejía, donde dirige el Consultorio de Neurogenética.
“Nosotros venimos estudiando un grupo de enfermedades del sistema nervioso que tienen origen genético o hereditario -dice-. Son trastornos raros, pero que sumados conforman un grupo de relativa importancia en términos de salud pública. Frecuentemente, estos cuadros llevan muchos años de consultas y numerosos estudios que finalmente no permiten llegar al diagnóstico. Es un largo peregrinar que padecen los pacientes y sus familias. Durante mucho tiempo fueron desatendidos porque no se sabía la causa. Ahora, los avances en el campo de la genómica están provocando un cambio de paradigmas en la práctica médica, ya que permite un ida y vuelta entre dos universos de información: los síntomas clínicos del paciente y los datos genéticos; es decir, las distintas variantes que puede presentar su genoma, alguna de las cuales puede estar correlacionada con la sintomatología.”
Para hacerse una idea de las dificultades de este tipo de estudios, basta con mencionar que en América latina el único país que dispone de esta tecnología es Brasil. Ocurre que no sólo hay que contar con equipos de última generación [ next generation sequencing ] capaces de secuenciar un genoma entero en una semana a partir de una muestra de sangre, sino también con especialistas en condiciones de localizar mutaciones genéticas significativas. Algo así como encontrar una aguja en un pajar de inmensas proporciones.
“Normalmente, lo que ofrecen muchas empresas es analizar un gen o un conjuntito de genes -aclara Turjanski-. Pero un solo genoma representa 600gigabytes de información. Cada persona tiene alrededor de tres a cuatro millones de variantes, comparado contra un genoma de referencia. Nosotros desarrollamos todo el software para contestar las preguntas que se hace el médico.”
Una vez que tienen en sus manos la secuenciación del genoma, los científicos comienzan por localizar esos millones de variantes y avanzan descartando las no relevantes y reduciendo cada vez más el universo de mutaciones.
“Por ejemplo -detalla-, en este caso sabíamos que los tres hermanitos tenían la misma enfermedad, o sea que la variante tenía que estar presente en los tres genomas, y también sabíamos que no estaba presente en los padres… Todo eso va ayudando a acotar la búsqueda.”
“Uno se queda con 20 o treinta genes candidatos -agrega Kauffman- y después hay que validar lo que se encuentra en modelos animales o pruebas biológicas.” Pero enseguida aclara que, como se desconocen los genes causantes de muchos trastornos, no siempre se dará con el culpable. “Se abre un camino de investigación que tiene un rédito diagnóstico de entre un 30 y un 40% -dice-. Es como tomar una foto que puede servir en el momento o para el futuro, cuando crezcan las bases de datos. Acá no hay nada mágico: esta tecnología es una nueva herramienta que queremos poder ofrecer a los médicos.”
El Consorcio Argentino de Tecnología Genómica está integrado por el Conicet, la Fundación Leloir y el INTA. El Centro de Bioinformática de Argentina incluye el Conicet, el Instituto de Agrobiotecnología de Rosario (Indear), la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, la Universidad de San Martín y la Universidad Católica de Córdoba.
“En la región estábamos por detrás en este tema en lo que hace a recursos tecnológicos -dice Kauffman-: no había capacidad técnica ni recursos humanos formados. Hoy podemos decir que la tecnología ya está instalada y los recursos humanos se están formando.”
LA NACION