Pep Guardiola, el nuevo gurú del liderazgo

Pep Guardiola, el nuevo gurú del liderazgo

Por Juan Pablo Varsky
“Papá, traeme un autógrafo.” Mi hijo Valentín me había dado la orden el día anterior. No tenía excusas si no se lo conseguía. Durante casi diez horas iba a estar cerca. No estaba allí como un groupie, sino como moderador de una charla en un teatro. Debía evitar ser pegajoso.
En la cancha, él ya había sentido a un argentino oliéndole el cuello. Fue Cristian González en un amistoso entre España y Argentina. Kily hizo un gol de rebote en esa noche de victoria por 2 a 0. Su rol más influyente fue haberle hecho una vigilancia al mediocampista central rival. El seleccionador nacional no quería que el “cinco” contrario manejara al equipo con su toque de pelota. Marcelo Bielsa, de él se trata, conocía bien su capacidad para hacer jugar a sus compañeros.
La jornada comenzó con un almuerzo en el que participaron dirigentes, periodistas, empresarios, futbolistas, entrenadores. De Alejandro Sabella a Matías Rossi, pasando por Julio Lamas, el abanico era muy particular.
Faltaba mucho para la conferencia de la noche. El tipo ya se había robado la jornada. En una actividad matutina con Mauricio Macri, había tirado la frase del día ante la pregunta de un estudiante: “Barcelona es una etapa terminada”.
Había visto parte de su exposición en Colombia. Muy suelto en el monólogo, se sintió incómodo cuando le preguntaron por la furiosa actualidad. Era inevitable hacerlo.
Ex entrenador de Barcelona, futuro de Bayern Munich, rivales en la semifinal de la Champions League. ¿Cómo no mencionarle el tema? En Bogotá aún estaba la incertidumbre del partido de vuelta. En Buenos Aires, el 0-7 estaba consumado. Dato suficiente para que el diálogo pudiera ser más profundo, sin estar tan pendiente del título de mañana. En todos los libros que se han escrito sobre él, se lo retrata como una persona obsesionada por la información y los detalles. Quiere estar al tanto de todo. Por eso, le preguntó a Gabriel Milito si conocía al moderador. Apenas entró en el salón del Four Seasons, mostró su carisma. Saludó a cada uno de los participantes, aceptó fotos individuales y colectivas. Cordial con todos, su cara se transformaba cuando veía a un protagonista del fútbol. Alejandro Sabella, por ejemplo. Cruzaron palabras y risas cómplices, siempre con Messi como tema ineludible. Se quedó charlando un par de minutos con Miguel Brindisi, con quien coincidió en Barcelona cuando Miguel era el DT de Espanyol. Conoció al papá de Javier Mascherano y lo llenó de elogios cual maestra en una reunión de padres. El momento más lindo llegó unos minutos más tarde cuando Juan Antonio Pizzi se sentó a su mesa, a pedido suyo. Pizzi compartió con él una temporada en Barcelona (la 96-97) y luego el curso de entrenador. Protagonizaron juntos una de las mejores finales de la historia de la Copa del Rey. Barça 3-Betis 2 en el Santiago Bernabéu, en 1997. Faltaban cuatro minutos y ganaban los de Sevilla 2-1. Tras un rechazo rival, Pizzi recibió un pase perfecto, un globo de 25 metros que le cayó justo en la cabeza. La defensa no pudo provocar el fuera de juego a pesar de su masiva salida. El hoy DT de San Lorenzo aplicó su mejor virtud ofensiva y empató el juego, que se definió en tiempo suplementario. Dieciséis años después, el pase se convirtió en un gran abrazo. De golpe, comenzó a fastidiarse. Tanto elogio le pareció demasiado. Y apenas tuvo la oportunidad, lo expresó: “Me han recibido como si hubiera inventado la sopa de ajo. Nunca vendré a entrenar aquí”.
Nada cambió. Se sintió todavía más abrumado. Le regalaron un mate con sus iniciales. Camisetas de la selección argentina. El orfebre Juan Carlos Pallarols lo invitó a pegarle golpes de martillo a un cáliz que recibirá el papa Francisco. “¿Qué tendré que ver yo con todo esto?”, parecía decir su cara definitivamente en modo Lorenzino #mequieroir. Y, finalmente, se fue, cerca de las tres y media de la tarde.
Faltaba una hora y media para la siguiente actividad, una charla de 30 minutos con hombres de negocios en el Park Hyatt del Palacio Duhau.
Allí fui sin saber que se estaba hospedando en este hotel. Me lo encontré de casualidad en el vestuario. Y me sentí Kily González en aquella noche de Sevilla, noviembre de 1999. Comentó su pena por perderse el superclásico del domingo. “Nunca estuve en la Bombonera, pero ya tendré mi oportunidad. Aún soy joven.” Vivir en Nueva York lo ayudó a tomar distancia del fútbol. En otro momento de su vida, no se hubiera perdido el espectáculo del fin de semana. En su encuentro con los empresarios, les aclaró que quizá ninguna palabra que les dijera les serviría para sus propias situaciones. Defendió la intuición como el principal motor de sus decisiones. La información es el respaldo imprescindible. Y convencer al futbolista, todo un arte. “Nuestro rol está sobrevalorado. La gente paga la entrada para ver a los jugadores. El fútbol les pertenece. Yo debo convencerlos de esa idea común que va a beneficiarlos a todos.” Luego desarrolló la “teoría del botón”, que tomó del argentino Julio Velazco, el entrenador de voleibol más influyente de todos los tiempos. Cada persona tiene un botón, una tecla que lo hace especial. El desafío del entrenador es encontrarlo y así ayudar a que cada uno exprese su mejor versión en el trabajo. “Deben ser honestos con ustedes mismos y reconocer si esa tarea les gusta y la sienten propia.” Recordó una anécdota con Garry Kasparov durante una comida en Nueva York. Le preguntó quién era el mejor ajedrecista del mundo. El genio de Bakú le habló de un noruego, muy joven. Se llama Magnus Carlsen y hoy tiene 22 años. “Le ganas, ¿no?” “Ni loco”, le contestó Kasparov. “Ya no puedo concentrarme cinco horas en una partida. Mi principal rival es el tiempo.” Así fundamentó su salida de Barcelona. “Uno sabe cuándo acaba todo. A veces hay que irse. No es culpa de nadie.”
La demora de media hora obligó a salir volando del hotel. Una moto policía despejó el camino para llegar al teatro Gran Rex lo antes posible, a pesar del tránsito en la 9 de Julio. Antes de su exposición, saludó a Manel Estiarte, su amigo y primer conferencista. Uno de los mejores jugadores de waterpolo de la historia. “No le busques el título de mañana”, sugiere. Mientras Estiarte expone, repasa su libreta. Explicará con imágenes la reconversión de Messi, de wing a jugador de toda la cancha. Cautivará hablando del juego, de la pasión, de Mascherano y, otra vez, del Enano: “Nunca he visto a nadie como él, pero ni se te ocurra preguntarme Messi o Maradona”. No, no hay título de diario. Alejandro Sabella lo ve desde la primera fila. Tras ocho horas de marca personal, me toca jugar. Veintidós minutos de charla futbolera. Pasan volando, como todos los buenos momentos. Recibe más ovaciones. Más regalos. Más saludos. Más fotos. Cuando todo termina, recién ahí empieza a entender tanto exceso. Antes de que se vaya a cenar con el Flaco Menotti, cometo el mío. No le pido foto. Agarra el papel y la birome. Escribe y me ayuda a cumplir con mi misión. “Valentín, abrazos. Pep.”
LA NACION