La curiosa valentía del coronel Balmaceda

La curiosa valentía del coronel Balmaceda

Por Daniel Balmaceda
En el año 1831 la armonía local estaba muy lejos de restablecerse. Tuvimos el 5-F (el general Angel Pacheco venció a las fuerzas unitarias del general Juan Esteban Pedernera en Fraile Muerto, Córdoba), el 16-F (Hilarión Plaza fue derrotado por el federal Francisco Reynafé en El Tío, Córdoba), el 9-MR (Juan Facundo Quiroga venció a Juan Pascual Pringles en Río Cuarto), el 10-MY (los federales tomaron prisionero al general José María Paz) y el 24-S, cuando el unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid triunfó en Catamarca. Pero nosotros nos concentraremos en el 4-N, fecha en que el ejército que Lamadrid heredó del prisionero Paz se plantó en la Ciudadela de Tucumán, dispuesto a escarmentar a las huestes de Facundo Quiroga.
Una buena cantidad de vecinos tucumanos -incluso comerciantes que cerraron sus negocios- llevaron viandas y se ubicaron en una lomada, detrás de los hombres de Lamadrid: tomaron el enfrentamiento como un espectáculo. ¿Por qué? Porque estaban convencidos de la victoria unitaria. En las filas del tucumano Lamadrid también se percibía el optimismo. El hombre recorría el frente con Pedernera y otros altos oficiales, cuando se le acercó presuroso el coronel Juan Balmaceda. ¡Qué gallardo! ¡Qué aplomo! ¿Qué quería? Un tanto ofendido por ciertos comentarios que habían corrido en Santiago del Estero cuestionando su valor, se apersonó ante el comandante general, y lanzó un pequeño discurso en voz alta: “¡Mi General, acabo de ser tildado sin razón en el parte sobre la campaña del Río Hondo, de no haber concluido con los santiagueños por cobardía, no habiendo merecido nunca tal dictado! Vengo, pues, a pedir a usted, respetuosamente y en presencia del ejército, me haga la gracia de destinarme con mi escuadrón para dar la primera carga al enemigo en la batalla que vamos a dar, cuando usted lo tenga por conveniente; pues quiero así mostrar al ejército la injusticia con que se me ha herido!”.
Percibo en el lector cierta envidia hacia el autor de estas líneas, portador del apellido del intrépido centauro que solicitó arremeter en primerísima fila. En sus Memorias, Aráoz de Lamadrid escribió: “Yo que conocía a ese valiente jefe, y al mismo tiempo la influencia que su noble demanda produciría en los demás, díjele con entusiasmo: «¡Está concedida su petición, valiente coronel, y estoy seguro de que no necesitaremos de más cargas que la suya para llevar por delante a esos miserables!».”
Pero no pudo ser, ya que el general Pedernera se le adelantó con su caballería. ¡Parecían kamikazes! La infantería de Quiroga no se achicó: aprontó bayonetas y lanzas. Fue suficiente para que los de Pedernera sujetaran sus caballos y su ímpetu. Lamadrid observó la triste reacción de su avanzada. Giró la cabeza en busca de su alfil Balmaceda y le ordenó que limpiara el honor de los unitarios. El coronel reaccionó como se esperaba: lanzó un alarido y atropelló, junto con sus hombres. Pero no mucho. Porque al toparse con el general Pedernera y sus jinetes en retirada, se sumó a la huida. Y curioso: Balmaceda era el más apurado.
Juan Facundo Quiroga fue el vencedor en la Ciudadela de Tucumán. La tribuna local se dispersó en pocos minutos.
LA NACION