Miguel Maxwell: “El rugby te deja buenas enseñanzas de vida que trascienden al deporte”

Miguel Maxwell: “El rugby te deja buenas enseñanzas de vida que trascienden al deporte”

Por Mariano Gorodisch
Si tiene que ir a ver a Miguel Maxwell para venderle algún servicio, empiece hablando de rugby. Bien lo saben los 2.100 empleados de Deloitte cuando tienen que ir a pedirle un aumento.
Es que el nuevo managing partner de Argentina, Paraguay y Bolivia es fanático de ese deporte, que empezó a practicar a los doce años, cuando todavía estaba en séptimo grado en el colegio Champagnat. Empezó jugando en infantiles, continuó en juveniles y no paró hasta llegar a primera división del club donde cursaba sus estudios. En aquel entonces, pesaba 102 kilos y jugaba de primera línea, pero destaca que sus kilos “no eran de ravioles, sino de gimnasio”. “Aunque hoy, con menos de 120 kilos, sería imposible jugar en esa posición”, reconoce.
Maxwell llegaría a ser entrenador del Champagnat y reconoce que le hubiese gustado ser jugador profesional, pero el problema es que el deporte es amateur. Todavía hoy va religiosamente todas las semanas a ver los partidos (sus hijos siguieron sus pasos y juegan en Champagnat), e incluso los entrenadores lo consultan y lo consideran como un referente.
“El rugby te deja buenas enseñanzas de vida, que trascienden al deporte, desde la manera en que se fomentan los valores, el trabajo en equipo y el esfuerzo, hasta privilegiar el bien común por sobre todas las cosas”, advierte Maxwell, quien practica rigurosamente ejercicio físico: va al gimnasio tres veces por semana y corre por Palermo.
Fanático de la música de Pink Floyd y Supertramp, junto a su cuñado se dedica a la cría de caballos de la raza Peruano de Paso en su Cabaña El Tala, donde lo espera Dominguero, su padrillo.
Maxwell disfruta de las cabalgatas, ya que este caballo, aparte de ser muy elegante, tiene un andar tan suave como veloz. Puede andar seis horas a caballo recorriendo las sierras cordobesas junto a su mujer y sus hijos.
Está casado con María Victoria Güemes Salduna que, fiel descendiente del General Güemes, va todos los años junto a su marido de campamento, con guitarreada incluida hasta altas horas de la madrugada.
En otras de las salidas al campo, van únicamente los varones: ahí es cuando el CEO de Deloitte hace las veces de cocinero, que es otro de sus hobbies. Su especialidad es el risotto, aunque también se defiende muy bien preparando pastas y asado. En invierno, su plato predilecto para preparar en la cocina es el guiso y el mondongo.
En lo laboral, reconoce que hoy su desafío es la lucha por atraer el talento, ya que existe actualmente mucha competencia en el mercado, pues hay pleno empleo en el sector. Sin embargo, Maxwell advierte que no es sencillo ser auditor en el país ya que se deben manejar los estados contables en tres normas distintas: la Argentina, la internacional y la americana.
Actualmente, uno de sus dilemas es que el crecimiento de los costos es mayor a los ingresos, lo que provoca una caída de la rentabilidad. “Si bien cayó el margen de ganancia, la operación aún sigue siendo rentable. El problema es que sufrimos un gran aumento de costos que no pueden ser trasladables a los precios de venta, ya que los salarios en la Argentina siguen recuperándose en términos reales. Por lo tanto, nuestro objetivo durante 2012 será tener más eficiencia y productividad”, sostiene Maxwell.
Para el CEO, la cuestión reside en crecer con calidad y rentabilidad. Es que, a su criterio, al prestar servicios de la máxima calidad, el crecimiento implica un reconocimiento del mercado, que redunda en ofrecer más oportunidades laborales a sus empleados.
Como la que tuvo el propio Maxwell cuando a los 20 años estaba en tercer año de la carrera de Contador en la UBA y, gracias a ser buen alumno, tuvo dos ofertas laborales de distintos profesores al mismo tiempo.
En ambos casos era para trabajar en estudios de auditoría. La primera fue justamente en Deloitte, y la rechazó porque representaba ocho horas de trabajo diarias, que resultaba incompatible con su estudio.
Entonces aceptó la otra opción, para trabajar cuatro horas por día en Morgan, Benedit como asistente de Bookkeeping, donde llevaba la contabilidad de terceros. Rápidamente fue escalando posiciones: fue senior, gerente, y a los 30 años ya era socio.
Las vueltas de la vida hicieron que en 1999 se fusionaran ambos estudios, así que terminó trabajando en Deloitte, pero ya no como pinche, sino como integrante del directorio.
Ahí fue director del departamento de Auditoría e integrante del comité ejecutivo desde 2005, para ascender a managing partner en 2011. Al manejar el departamento de Auditoría, que representa la facturación de la mitad de la firma, era el candidato cantado a quedarse con el máximo cargo.
Desde su óptica, su liderazgo con los equipos de trabajo, contar con un perfil comercial y con aptitud técnica fueron los tres pilares principales que le permitieron hacer carrera. Aunque reconoce que la suya fue atípica, al estar toda su vida en una misma empresa, un aspecto que hoy resultaría extraño y hasta podría llegar a ser una contra.
EL CRONISTA