Gore Vidal: el último de su estirpe

Gore Vidal: el último de su estirpe

Por Jon Wiener
Victor Navasky, ex editor de The Nation , suele contar una anécdota que revela a las claras quién era Gore Vidal, fallecido el 31 de julio en la ciudad de Los Ángeles, a los 86 años de edad. En 1986, Gore escribió un ensayo para el número aniversario de los 120 años de la revista. Poco después de su publicación, Victor fue invitado a almorzar por el editor de la revista Penthouse , Bob Guccione, en su casa del East Side, famosa por albergar una colección de arte valuada en 200 millones de dólares. “No habíamos ni terminado de comer los amuse gueules , cuando Bob me preguntó cuánto le habíamos pagado a Gore Vidal para que escribiera el ensayo”, recuerda Victor. “Cuando le dije que las colaboraciones para ese número se habían pagado 25 dólares y que Gore había recibido los mismos 25 dólares que todos los demás, Bob casi se atragantó con su Chateau Margaux, y me dijo que le había ofrecido 50.000 dólares a Vidal para que escribiera un artículo para Penthouse , y Vidal no había accedido.”
Gore había aceptado la invitación de Victor de unirse a The Nation como editor externo en 1981, donde publicó 41 artículos y a esas tarifas. En The Nation aparecieron algunas de sus frases más memorables: “Somos los Estados Unidos de Amnesia”, escribió en 2004. “No aprendemos nada porque no recordamos nada.” En ese mismo ensayo, escribió que Estados Unidos era un lugar donde “la marchita Carta de Derechos cuelga de nuestras columnas seudorromanas como una enredadera muerta”.
Gore era un formidable orador así como un gran escritor, y tuve oportunidad de entrevistarlo muchas veces y en muchos lugares, frente al público, en radio, o para la prensa escrita. La entrevista más memorable fue en su legendaria casa en los acantilados de Ravello, en la costa amalfitana, donde recibía a numerosos visitantes. Mi esposa y yo llegamos un par de días después de la partida del historiador Eric Foner, quien me dijo que su hija había jugado en la famosa piscina de Gore con los hijos de Susan Sarandon y Tim Robbins.
Mi mujer fue a sentarse junto a la pileta con Howard Austen, pareja de Gore de toda la vida, con quien pasó un momento encantador mientras Gore, en la penumbra de su estudio de la planta baja, me hablaba de su vida y de su obra.
En esa entrevista, realizada para Radical History Review , Gore describió su campaña para introducir en el lenguaje político el término “Imperio norteamericano” y, más tarde, el de “Estado de seguridad nacional”, conceptos ambos que contaban con el firme rechazo de los pensadores oficiales de la época. De hecho, gran parte de sus colaboraciones en The Nation estuvieron dedicadas a elucidar esas ideas. También es un imperio el tema central de sus seis volúmenes de novelas históricas reunidas en la serie Relatos del Imperio , que incluía best-sellers de primera línea como Burr (1973) y Lincoln (1984).
En el transcurso de esa entrevista, también habló de su paso de la derecha a la izquierda, del camino que lo llevó a The Nation . Al principio se había opuesto al ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. “Mi radicalización comenzó en 1948”, dijo Vidal, con el “duro trato” que The New York Times le dio a su novela La ciudad y el pilar de sal , una de las primeras en Estados Unidos sobre un hombre homosexual. Después vinieron las listas negras de Hollywood, donde trabajaba, y aunque nunca se afilió al Partido, lo “horrorizaba” ver cómo sus compañeros eran proscritos de la industria. El tercer momento llegó en 1968, cuando publicó la salvaje farsa sexual Myra Breckinridge , debatió en televisión con William Buckley durante la Convención Demócrata Nacional, colaboró en la fundación del Nuevo Partido Antibélico, y luego fundó el Partido del Pueblo, que copresidió con Benjamin Spock entre 1968 y 1972. Después, en 1980, Victor lo invitó a unirse a The Nation como editor externo, y Gore aceptó de inmediato.
Su primer artículo para The Nation , en 1981, fue “Algunos judíos y los gays”, una cáustica respuesta a numerosos artículos contra los gays aparecidos en Commentary , la publicación conservadora judía editada por Norman Podhoretz. Su primera nota de tapa, “Réquiem para un Imperio norteamericano”, fue publicada en 1986, cuando Gorbachov daba los primeros pasos de la troika del imperio soviético. Allí Gore propone que Estados Unidos y la Unión Soviética -los llama “la raza blanca”- deberían unirse para defenderse de la amenaza económica de “mil millones de serios y eficientes asiáticos”.
Los asiáticos no se quejaron, pero dos meses después algunos judíos sí lo hicieron, cuando Gore escribió que Norman Podhoretz “siempre sería primero y ante todo leal a Israel”, y que él y su esposa Midge Decter constituían, por lo tanto, “la División de la Quinta Columna Israelí” en territorio estadounidense.
Para muchos de nosotros, no era más que otra de sus incisivas chicanas, pero Podhoretz hizo que su editor asociado en Commentary le escribiera a 30 personas del Consejo de Redacción de la revista cuyos nombres tenían resonancias judías para preguntarles si no habían protestado por la publicación “del exabrupto más flagrantemente antisemita aparecido en una revista estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial”. (Ningún miembro del Consejo renunció.) Arthur Carter, una figura de Wall Street que acababa de convertirse en editor de la revista, le dijo a Victor que la Liga Antidifamación se había quejado por el texto de Gore. Carter les contestó: “¿Qué se creen que somos? Esto es The Nation , no un boletín de la Federación Judía”. Victor dice que en ese momento “pasaron la prueba de Gore”.
Gore era estupendo frente al público en vivo. En 2007, durante el Festival del Libro de Los Angeles Times, el salón Royce Hall de la UCLA estaba atestado de dos mil “adoradores fanáticos”. Sobre el escenario, le pregunté a Gore qué les había dicho a Susan Sarandon y Tim Robbins cuando le pidieron que fuera el padrino de su hijo. Su respuesta: “Siempre de padrino, nunca de dios”. Concluí la entrevista señalándole que había incursionado en casi todo, novelas, ensayos, teatro, y que había ganado todos los premios. Entonces le pregunté: “¿Qué te hace seguir? ¿Qué te saca de la cama todas las mañanas?”. Gore tenía la respuesta en una sola frase: “La furia”.
A fines de la década de 1990, Gore Vidal nombró oficialmente a Christopher Hitchens como su “sucesor, heredero o delfín”. Pero después del 11 de septiembre de 2001, cuando Hitchens se pronunció a favor de la invasión a Irak y renunció a The Nation , Gore le retiró el título. Hitchens volvió en 2010 con una columna en Vanity Fair titulada “Vidal loco”, en la que atacaba a Gore por haber apoyado la causa de “la verdad sobre el 11 de septiembre” que, dicho sea de paso, nos decepcionó a muchos. (Gore sostenía una postura moderada, que afirmaba que el gobierno de Bush estaba advertido pero dejó que los ataques ocurrieran, en vez de la postura que afirmaba que las torres habían sido detonadas desde adentro por órdenes de Bush.)
Una de las citas más memorables de Gore tiene un significado muy especial para mí, y surgió durante su inesperada aparición en un documental del año 2006, Estados Unidos versus John Lennon , basado en un libro que yo había escrito sobre los intentos de Nixon por deportar a Lennon en 1972, debido al activismo antibélico del compositor. “Para los que gobiernan Estados Unidos, John Lennon es un enemigo natural -dijo Gore, guiñando un ojo-. Lennon era todo lo que ellos odiaban: representaba la vida, y es digno de admiración, mientras que Nixon y Bush representan la muerte, y eso es muy malo.”
Gore Vidal escribía como ciudadano de la república y como crítico del imperio. Ya no habrá otro como él.
LA NACION