Facebook: una atracción con resistencias

Facebook: una atracción con resistencias

Por Loreley Gaffoglio
La mitad de los 20 millones de argentinos conectados a Internet interactúa en alguna red social y, de ellos, el 98 por ciento lo hace en Facebook. Pero, como todo aquello que fascina en la Web 2.0, también contagia su desencanto. Y si bien nadie todavía intentó cuantificarlos, los detractores de Facebook (FB) que emigran en masivo éxodo a Twitter (T), junto a los que reniegan de ambas redes, al parecer, también son multitud.
Sin embargo, como todo grupo de “no pertenencia”, hacen poco alboroto y su rechazo redunda en una inocua no interacción.
Distinto es el caso de los agobiados, descreídos o desilusionados de las redes sociales, algunos de los cuales dicen haber sido estafados por un exceso de banalidad.
Por ejemplo, tras alcanzar a 100.000 seguidores en Twitter, el indeciso Andrés Calamaro amagó con cerrar su cuenta allí con críticas de grueso calibre, además de lenguaje soez. Calamaro endilgó a sus colegas “twitteros” el ser “profetas de la nada misma” y un “coro de subnormales generadores del concepto light. ¡Qué asco de posmodernismo!”, sentenció, sobre las redes sociales.
El superenojo poco le duró: volvió a “twittear” desde una nueva cuenta, con una dialéctica que reveló más el hábito que denostaba, impulso incluido, que la intención de ensayar una disculpa: “Quizá tendría que esperar un poco en silencio editorial –se despachó a su vuelta–, pero seamos sinceros: [la mía] es una declaración de principios llena de pasión y no carente de verdades!”.
En el mundo, los argumentos contra las redes sociales son un poco más elaborados y van desde la adicción que generan, gracias a los smartphones, hasta las teorías conspirativas más intrincadas. Algunas ubican a Facebook como el cerebro de inteligencia más grande del mundo, al cual se puede ingresar, pero jamás salir, ni siquiera muerto.
Respecto de la adicción a las redes sociales, los especialistas en salud mental comienzan a indagar en el síndrome de adicción a Internet. Una de sus múltiples vertientes se vincula con la dependencia ciberrelacional a Facebook. Se trata de una psicopatología que convierte en parias cibernéticos, paradójicamente sin vida social, a muchos usuarios, incapaces de llevar adelante las actividades de una vida normal.
Tanto es así que acaban de abrirse en Italia dos centros especializados, en Roma y en Turín, para tratar los síntomas que afloran con las nuevas tecnologías.
Al margen de esos casos extremos, un sondeo de La Nacion entre usuarios de Internet arrojó que el primer argumento contra la participación en las redes sociales se centra en la administración selectiva del tiempo libre. Luego, aparecen la reticencia al exhibicionismo, la irrelevancia que muchos advierten en sus contenidos, el avance de lo público frente a la intimidad y lo privado, la legitimación de formas de interrelación social que no son del todo compartidas, y el miedo a la inseguridad que provoca revelar datos y fotos a desconocidos.
Tras incursionar en Second Life y tentado por la curiosidad, el director de una empresa de contenidos abrió un perfil en FB. “Cuando llegué a casa, tenía 19 pedidos de amistad de gente que apenas conozco. Y me aterré. Me dije: «Si hago esto, ¿cuándo laburo?».”
“Al margen del prejuicio semántico de confundir el término «amigo» en FB con una forma de denominar la pertenencia a un mismo grupo, es cierto que allí yo me sentí invadido; obligado a una reciprocidad poco espontánea y también avasallado por la proximidad que establece esa red”, se sinceró Julián Gallo, analista de nuevos medios digitales, quien emigró como observador a Twitter.
Puso como ejemplo el aluvión de felicitaciones por los cumpleaños que “sugiere” FB. “El problema es que después uno los tiene que contestar”, despotrica Gallo, y dispara sin remilgos: “En FB se comparte mucha información irrelevante y es una herramienta poderosa con un uso bastante pobre. Por eso digo que da temas de conversación a gente que tiene poco que decir”.
“Simulador de infancia”
“FB es un gran simulador de infancia”, describió el autor de Faceboom, Juan Faerman. “Apela al bombardeo continuo de estímulos placenteros para fortalecer tu autoestima y crear una atmósfera lúdica, donde el ícono de «no me gusta» no existe y donde se monitorea constantantemente que no haya contenido inapropiado”.
“Es la herramienta de mayor alcance creada por la Web para interactuar con gente que no te importa nada”, describe Guillermo Carrier, de la consultora homónima. Y explica que el tema actitudinal en FB sienta las bases del comportamiento de ánimo celebratorio. Twitter, en ese sentido, es mucho más contestatario, e interactuar supone una reflexión más elaborada que el TKM (‘te quiero mucho’, término gastado en esa red), apunta Carrier.
Aun así, a FB se lo parangona con el tercer país del planeta, con una población de 500 millones de usuarios. “Su masividad no me impresiona” –dice Esteban Ierardo, profesor de Literatura en la UBA. “FB genera una comunicación superficial, basada en la ilusión de las seudoamistades.”
“Yo la veo como un fiel exponente de la soledad de estos tiempos en que faltan vínculos reales”, agregó otro de sus detractores, el abogado Claudio Ferrer.
La NACION