El caballo en la historia del arte

El caballo en la historia del arte

Horses Before the Stands (Edgar Degas)

El arte es toma de posesión. Aparece como un medio concedido al hombre para ligarse al mundo exterior, para atenuar la diferencia con la naturaleza que lo separa de él y el terror que ante él experimenta, dice René Huyghe en “El arte y el hombre”.
¿Qué rara fascinación habrá producido la figura del caballo para que formara parte de su arte desde la prehistoria hasta la actualidad? Seguramente, la singular belleza del animal salvaje fue lo que despertó ese profundo deseo de poseerlo como una de sus pertenencias más preciadas. Las pinturas parietales de las cavernas de Lascaux y Altamira demuestran esa importancia. En la primera de ellas se han encontrado figuras de alrededor de 364 caballos.
El arte primitivo obedece a un destino ritual y mágico. El ancestro hace la primera marca en el animal, con la intención de tornarlo su propiedad
-lo yerra-, luego lo dejará plasmado en la pared de la caverna con intención mágica propiciatoria. El pintor parietal fija el parecido de su modelo, que nunca es un animal determinado, sino que es el arquetipo de la especie que los contiene a todos: un caballo es todos los caballos. Se mueve en un terreno donde las formas mentales triunfan sobre las fuerzas vivientes.
El arte Dogon del Sudán, con el Caballero del santuario totémico de Orosongo irrumpe en una de las primeras figuras ecuestres, continuando el arquetipo que acompañará el arte de todos los tiempos.
Son caballos los que acompañan la caza de toros en Medinet-Habu, un bajorrelieve época de Ramsés III, dinastía XX, y también al rey asirio Assurbanipal cazando onagros, como lo muestra un detalle en el bajorrelieve del palacio de Nínive, del siglo VII a. C.
En Grecia, el frontón oriental del templo de Zeus en Olimpia exhibe los preparativos de la carrera entre Pelops y Enomao, en mármol esculpido. Delfos homenajea a los caballos en un detalle del friso tesoro de Sifnos, un vaciado de alrededor de 5 50-525 a. C. Efebos y caballeros ciñen riendas en el friso occidental del Partenón.
Etruria dejó huellas de caballos en la tumba “del Barón” en Tarquinia, descubierta por el barón Kestner, y la civilización que le continuó los honraría con Belerofonte abrevando a Pegaso, en un relieve del palacio Spada en Roma. Más tardío, el arte del mosaico recuerda La Batalla de Darío y Alejandro en Issos, encargada por uno de los mismos generales de Alejandro.
Roma hizo gala de una estatuaria ecuestre que inmortalizaría la dinastía de emperadores, como la de Marco Aurelio (12 1-180 d. C.) en el bronce dorado de la plaza del Capitolio en Roma.
Civilizaciones como los persas darían cuenta del arte sasánida, en cabezas de caballo de plata dorada, hoy atesoradas en el Louvre.
En China, un humilde pastor en la dinastía T’ang se haría célebre en las pinturas sobre seda: el Corcel blanco, de Han Kan, data del año 750. Proveniente de una familia pobre, fue descubierto por Wang Wei, destacado poeta que impulsó el aprendizaje de las artes. Han se convirtió en pintor de la corte y es recordado por haber logrado capturar no sólo su fortaleza física, sino también su espíritu.
Una temprana Edad Media nos entrega en El tapiz de Bayeux, lienzo bordado con lana de colores de 1066, el recuerdo de la victoriosa campaña de Guillermo el Conquistador. Se le atribuye la hechura a su esposa, pero en realidad fue diseñado por las monjas del convento. El tejido, de 73 metros, relata los detalles de tropa, armaduras, vehículos, buques, banquetes, celebraciones y no deja afuera, por supuesto, a los fieles caballos.
Curioso es Agosto, de Herman, Jean y Paul de Limburgo, donde se retrata Chateau d’Estampes, enorme castillo del siglo XII que todavía permanece incólume en el medio de la campiña; por única vez se verán a cortesanos de a caballo y campesinos de a pie juntos en una misma escena.
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