Violines en la casa de Keats

Violines en la casa de Keats

El primer biógrafo de Keats estableció en 1848 que la Oda al ruiseñor fue creada bajo el mismo árbol de moras que esta primavera floreció temprano en la casa museo del poeta en Hampstead, al norte de Londres. Richard Milnes fue desmentido por Charles Dilke, su propietario, pero la leyenda ya había empezado a escribirse y ningún aguafiestas, en particular los visitantes al jardín de Wentworth Place, parece tener deseos de refutarla. Es que -y en este sentido los otros dos románticos ingleses tardíos, lord Byron y Percy Shelley, no compartieron su suerte de poeta- Keats era pobre.
Su padre, propietario de una caballeriza, murió cuando él tenía siete años. Su madre envió a su hijo mayor al colegio de Enfield con el anhelo de que estudiara a los clásicos. Bordando un punto decisivo en la obra del futuro poeta, su madre murió de consunción, como se llamaba entonces a la tuberculosis, antes de que él cumpliera 15 años. Sus tutores consideraron que un joven pobre debía aprender una disciplina menos aristocrática que el estudio de Homero y lo sacaron del colegio para convertirlo en aprendiz de cirujano. Pero él ya había sido inoculado por Virgilio, al que tradujo del latín, y había escrito su primer poema, “Una imitación de Spencer”.
En 1816, el diario The Examiner publicó su soneto “Oh soledad, si pudiera morar contigo”, que, en alusión a la jerga de las clases bajas del East End, fue acusado de cockney . Mientras atendía a su hermano menor, que había contraído la consunción de su madre, comenzó a escribir su poema épico “Endymion”. Al tiempo emprendió una excursión por Escocia e Irlanda en compañía del pintor Charles Brown, cuando la aparición de una súbita fiebre lo obligó a regresar antes de lo previsto. Encontró a su hermano debilitado y a “Endymion” atacado por la crítica. Aceptó entonces la invitación de Brown para vivir en Wentworth Place. Allí se enamoró de Frances Brawne, una huérfana de dieciocho años preciosa y vivaz (su padre también había muerto por la tisis), que se mudó con su madre a la misma casa, a la sazón dividida en dos.
La devoción que nació entre ellos, enardecida no sólo por los encuentros diarios en el jardín y el “Infierno” del Dante, que leyeron juntos, sino por la imposibilidad de su amor (“mis días póstumos”, los llamó él), le sirvió a Keats de combustible para la creación de cinco de sus mejores sonetos.
Luego de la muerte de su hermano Thomas, los médicos le prescribieron viajar a la más templada Italia. A bordo del barco Maria Crowther, que lo llevaba hacia la casa de Shelley en Roma, terminó de escribir su poema de amor a Fanny: “Estrella brillante”. Los enamorados no volvieron a verse, porque el poeta murió después de una penosa agonía en febrero de 1821, a los 25 años, hecho que otorgó al romanticismo inglés un mártir, una leyenda y el estigma de la tisis como dolencia emblemática de su movimiento.
Considerados héroes románticos, malditos y extravagantes, Shelley y Byron contribuyeron a cimentar el mito. El 8 de julio de 1822, el barco que llevaba a Shelley a Livorno se perdió en una tempestad; su cadáver fue encontrado a los pocos días con un volumen de Keats en el bolsillo. Menos de un año después Byron partió hacia Grecia para luchar por su independencia y allí murió, a los 36 años.
Haciendo caso omiso de la “Oda al otoño” de Keats, cada sábado y domingo de verano, sin que la festividad se suspenda por lluvia, los jardines de Wentworth Place se llenan de animación, como pude comprobar en un viaje reciente. Luego de visitar el museo -el diván del poeta, el anillo que le regaló a Fanny- las familias londinenses salen al jardín con canastos de picnic rebosantes de sándwiches de salmón y pepino comprados en Fortnum & Mason, la única tienda de Londres más cara que Harrods, con el propósito de escuchar poemas de Keats sentados en sillas reservadas con anticipación o en el césped, sobre mantas a cuadros. Es tal la educación de los niños ingleses que las declamaciones no son perturbadas sino por el tintinear de alguna copa del vino rosé que beben sus padres. Los actores Jennifer Taylor y Andrew Dawson recitan con tono risueño, bajo las melodías de un violín, las cartas de amor y los sonetos más tristes del mundo.
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