¿Y si los científicos se equivocan?

julio 25, 2018

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Por Nora Bär
Ya es un lugar común afirmar que con el mismo martillo con que se construye un mueble o una vivienda se puede destrozar un cráneo. Hace mucho los humanos descubrimos esta dualidad intrínseca de la tecnología. Pero tal vez lo más crucial es que esto no solo incumbe a las herramientas materiales que desarrollamos, sino también a las intelectuales, los instrumentos conceptuales con que los nuevos conocimientos y las metáforas que inspiran nos permiten entender y moldean nuestra visión del mundo que nos rodea.
Científicos y legos no somos iguales hoy que antes de decodificar el genoma humano y leer “el libro de la vida” o de descubrir la “partícula de Dios” (el bosón de Higgs), o de editar genes con una técnica “tan sencilla como cortar y pegar” en el procesador de texto (conocida con la sigla Crispr CAS9). Y aunque los logros de la ciencia y la tecnología son impresionantes, su aplicación no está exenta de errores humanos.
Una ilustración notable de los desvaríos a los que pueden conducir nuevos hallazgos es la que ofrece Siddhartha Mukherjee en su obra El gen. Una historia personal (Debate, 2017), cuando la teoría de la evolución y los descubrimientos de Mendel condujeron a algunos a la idea del “mejoramiento” de la especie.
En 1883, ansioso de alcanzar la fama de su primo, Charles Darwin, Francis Galton postuló un plan para la mejora de los humanos imitando el mecanismo de selección natural, pero interviniendo para acelerar su perfeccionamiento. Para Galton, “la cría selectiva de los más fuertes e inteligentes, de los más aptos’ [es decir, una selección no natural], podría conseguir solo en unos decenios lo que la naturaleza había intentado hacer durante una eternidad”.
Galton acuñó un término para denominar esta técnica: eugenesia, y como para él el genio venía cifrado en los genes, se abocó a desarrollar una tecnología que permitiera manipular la herencia. Es más, “aconsejó criar selectivamente a los fuertes, prohibir los matrimonios ‘inadecuados’ y registrar los mejores rasgos de las ‘mejores’ familias en un libro genealógico para que hombres y mujeres fueran seleccionados de allí para producir la mejor descendencia”.
En la misma línea, H. G. Wells propuso eliminar a los débiles ya que, explicaba, la posibilidad de mejorar “la raza humana” residía en “en la esterilización del fracaso y no en la selección del éxito”. Tras la muerte de Galton, aparecieron los defensores de la teoría de la higiene racial. El horror posterior es historia conocida.
Afortunadamente, la ciencia es un esfuerzo colectivo realizado por una comunidad que está muy atenta a las turbulencias que acechan en el horizonte y se rige por normas estrictas. La primera de ellas es que el consenso del conjunto vale más que la opinión de un individuo, más allá de su prestigio. Pero también es una empresa humana, con egos, intereses y fallas. Por eso, hoy más que nunca es vital la tarea de docentes, comunicadores y periodistas en la nueva alfabetización que incluye los rudimentos del saber científico. La ciencia es demasiado importante para dejarla solo en manos de los investigadores.
LA NACION

Carlos Felice

Carlos Felice es abogado, político y dirigente sindical. Es el Secretario General de la Unión de Trabajadores del Turf y Afines (UTTA) y también Presidente de la Obra Social del Personal de la Actividad del Turf (OSPAT). Impulsor reconocido de la restauración de la actividad del turf a nivel nacional, extiende su promoción a todo el territorio argentino reivindicando condiciones más justas para todos los trabajadores de la actividad.

http://www.carlosfelice.com.ar

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