La integración escolar es posible y lo demuestran las historias de estos héroes

La integración escolar es posible y lo demuestran las historias de estos héroes

Por Rosario Medina
“No tenemos vacantes”, “Esta no es una escuela para su hijo”, “En esta escuela trabajamos con una media, los chicos tienen que estar dentro de cierto rango”, “Papis, si no les gusta o no están de acuerdo con el reglamento, pueden buscar otra escuela”, “Nos reservamos el derecho de admisión”, “No le vamos a renovar la matrícula”, “Somos una escuela integradora, pero ya tenemos cubierto el cupo de chicos integrados”. La lista podría seguir, pero esas son solo algunas de las frases que suelen escuchar los padres de chicos que tienen alguna discapacidad o dificultad y que quieren hacer valer el derecho a la educación, que en la Argentina está amparado por la Constitución y ningún establecimiento educativo (aunque sea de gestión privada) debería poder negarse a recibir a algún niño por presentar alguna discapacidad.
El caso del chico con síndrome de Asperger que fue cambiado de curso en una escuela de Merlo y un grupo de madres festejó en el WhatsApp su salida, corrió el velo sobre algo que sucede en muchísimas escuelas y que a diario deben sufrir los chicos (y familias) que tienen alguna condición particular. Pero también es cierto que en los últimos años se ha avanzado mucho en materia de integración escolar –que no es lo mismo que inclusión- y hoy hay algunas escuelas que tienen entre sus alumnos a chicos con diferentes condiciones.
Según datos de la Secretaría de Gestión Educativa de la Nación, en la Argentina unos 77 mil alumnos con discapacidad están integrados en escuelas comunes. Mientras que otros 124 mil asisten a escuelas de educación especial, lo que evidencia que aún queda un largo camino por recorrer en materia de inclusión.

De todos modos, muchos de esos 124 mil tienen discapacidades severas y, de un modo u otro, estos pueden ser casos más difíciles de integrar.
“Para hablar de inclusión debería haber un cambio en el sistema educativo y eso significaría que la escuela recibiera a todos los chicos, sin distinción. En la mayoría de los casos que tenemos en la Argentina lo que se da es una integración, esto quiere decir que se hace un esfuerzo para que el chico encaje. Uno intenta incidir en la escuela para que sea lo más inclusiva posible y no tan integradora”, afirma Elena Dal Bó, presidenta de la Asociación Azul de La Plata, miembro del Grupo Art. 24 y miembro del Consejo Inclusión Internacional.
Dal Bó explica qué se necesita para que una escuela sea receptiva y aloje a los chicos con discapacidad. “Primero se necesitan directivos y dueños o representantes legales de las escuelas que tengan un fuerte liderazgo y que estén comprometidos con la inclusión, aunque sólo puedan hacer integración. Cuando sucede eso, ese mensaje baja más fácilmente a los maestros y facilita la tarea”, añade Dal Bó, que tiene un hijo de 26 años que nació con una discapacidad muy compleja que limita mucho sus movimientos y no puede hablar. “Hasta los 8 años mi hijo fue rechazado de todo tipo de escolaridad. Ni siquiera lo admitía la escuela especial. Me tuve que capacitar yo en el exterior para poder educarlo”, cuenta. Elena trajo del exterior un sistema para que Juan se pudiera comunicar. Así logró que ingresara en una escuela común y que hoy pueda ser estudiante universitario.
A la hora de hablar de integración escolar, el sistema es diferente para escuelas públicas o privadas. En las escuelas públicas la inscripción es abierta, y no hay restricciones. Una vez que el niño está escolarizado, se evalúa si necesita algún apoyo, que lo provee el Estado. Y en determinados casos, el Equipo de Orientación Escolar puede recomendar la educación especial. “La escuela es abierta. No hay restricciones. Después nosotros, desde el Ministerio debemos ocuparnos de que todos los alumnos estén bien, y que aprendan. No hay recetas mágicas, se trabaja caso por caso, cuerpo a cuerpo a través del trabajo específico con cada situación particular”, afirma a Clarín Geraldine Kahan, directora general de Educación de Gestión Estatal del Ministerio de Educación de la Ciudad. “La inclusión educativa es un tema prioritario. Que todos los chicos aprendan todo lo que pueden y respetar los tiempos de aprendizaje, los ritmos de cada uno”, añade.
En las escuelas privadas, aunque en teoría no deberían poner condiciones para el ingreso, la situación en la práctica es diferente. El primer obstáculo –no menor- es encontrar una institución que esté dispuesta a aceptar a un niño con una dificultad. En caso de que el niño necesite de una maestra integradora o APND (Acompañante Personal No Docente), este es un profesional independiente que factura y cobra a través de la familia por la obra social o prepaga en el marco de la ley 24.901 un arancel que está nomenclado. Para que la prepaga cubra este servicio, el niño debe contar con un certificado de discapacidad.
“Esa maestra o personal de apoyo tiene que tener ciertas características y habilidades. Nos faltan profesionales, también faltan capacitaciones. Hay escuelas que ponen cupos, otras que no son integradoras. Las escuelas de gestión privada dicen, como si se tratara de un boliche: ‘me reservo el derecho de admisión’. No, esto es un servicio público. Es de gestión privada, pero es un servicio público. Falta concientización”, explica Gustavo Dubnicki, coordinador del área de Integración Escolar de APAdeA.
Candelaria Figueirido tiene 19 años y en noviembre del año pasado egresó del colegio San Carlos Diálogos de Olivos. Candelaria nació con la sustancia blanca alterada en su cabeza. Un caso muy raro. “El neurólogo que dio con el diagnóstico, cuando tenía un año y medio, nos dijo: ‘debería ser un vegetal’. En su caso no es degenerativo. La única indicación fue estimularla”, cuenta Silvina Rodríguez, su mamá. Cande siempre cursó en escuela común. Hizo permanencia en sala de 5. Y la primaria, como el colegio al que asistía no permitía integradora, tuvo apoyo toda la primaria con psicopedagoga dos veces por semana. Pero a la hora de buscar un secundario, empezó el derrotero. “Habremos ido a 10 o 12 colegios, todos con integración. Nos decían que no hay cupo, que no hacían integración en secundaria con chicos que vienen de otro colegio, todo tipo de excusas. Estábamos desesperados”, recuerda Silvina. Hasta que encontraron el colegio San Carlos, donde “ya desde el primer llamado telefónico el director de secundaria me escuchó todo el relato y me dio una entrevista con la psicopedagoga. Candelaria cursó ahí sus cinco años de secundario, con integradora, por supuesto con ciertas dificultades, pero con un grupo de chicos que la sostuvieron todos estos años”, agrega la mamá. “Cande todavía va, cada tanto, a dar charlas al colegio sobre distintas temáticas para los chicos que tienen integración”, añade.
Giano Alfie tiene 12 años y asiste a sexto grado de un colegio privado del barrio porteño de Colegiales. Nació con hidrocefalia, que le produce alguna dificultad motriz. “Ya pasó por cuatro colegios. El año pasado, por ejemplo, se pasó todo el año sentado solo adelante, al lado del maestro. No lo querían sentar con sus compañeros”, cuenta Valeria Alfie, su mamá. “He llegado a escuchar cosas tremendas, como ‘por qué no me avisaste que era así, si sabía, no lo aceptaba’. Lamentablemente, en muchos lugares pasa que según lo que diga el diagnóstico es el trato que va a recibir. Quieren que sean todos iguales, y eso es imposible”, agrega. Giano hoy está con integradora y su mamá lo vive en cierta medida como “una buena solución” para que haya alguien adentro del colegio viendo de cerca cómo lo alojan, cómo le adaptan el material. A pesar de todo esto, Valeria asegura que “los colegios no están preparados para alojar la diferencia. Ahora Giano está en un colegio más alojador, que tiene la intención de ser integrador. Por supuesto hay veces que las cosas no salen bien, pero es un trabajo diario, una construcción que se tiene que ir armando”. Otro tema es la convivencia con el grupo. “Lo del chat del colegio de Merlo me pasa todo el tiempo. Es un camino muy solitario y muy difícil”, se sincera.
Lucas tiene 8 años y desde los tres años va al mismo colegio, privado, en la zona norte del Conurbano bonaerense. Su mamá, Julia, describe a la institución como un colegio que no es conocido por tener una política integradora, pero que se ha aggiornado bastante en el último tiempo. Lucas tiene síndrome de Asperger y está en 3° grado. Hasta el momento no tuvo nunca maestra integradora. Su síndrome, como suele suceder en estos casos, se manifiesta en la interacción social. “Entiendo que no es fácil tener un chico así en la clase. Algunas veces está abstraído y otras está molesto. En general tiene menos registro del otro y le falta picardía”, cuenta Julia. Y trae a cuento una anécdota, que describe a la perfección el síndrome: “Un día vino la maestra a decirme que había contado 10 veces un chiste. El no entiende que la segunda vez ya no causa gracia, mucho menos 10. Pero bueno, él también quiere pertenecer, integrarse”.
“Los chicos con Asperger no siempre necesitan integración. Pero cuando los directivos ven un certificado, y no tienen idea de lo que es, creen que tiene que haber sí o sí un acompañante. Eso, a veces empeora la situación en lugar de mejorarla, no por la integradora en sí, si no porque puede estigmatizar al chico, quedar marcado dentro del aula”, opina Rodolfo Geloso, presidente de la Asociación Argentina de Asperger. Sobre los procesos de integración de los chicos en las escuelas, Geloso entiende a la integración como “un parche en el sistema para darle cabida a los chicos, pero estamos en proceso de inclusión. En las leyes ya está, pero no está aplicado en la práctica. Los docentes tienen que capacitarse, pero principalmente tienen que tener una mente abierta”, concluye.
CLARIN