La clase media en China

enero 30, 2017

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Cuando Xiao Kang, de 13 años, comenzó a sentirse mal y le comenzó a silbar el pecho en el otoño boreal pasado, sus padres supusieron que estaba trabajando demasiado duro en la escuela. Luego, sus compañeros de clases en la escuela media de Lenguas Extranjeras de Changzhou comenzaron a quejarse también. La escuela privada de una ciudad rica en la costa Este de China se había mudado a un nuevo campus elegante en septiembre de 2015, cerca de un lugar antes ocupado por tres fábricas químicas. Las pruebas del suelo y el agua mostraron que había concentraciones de sustancias tóxicas decenas de miles de veces por sobre los límites legales, y más de 100 alumnos han tenido diagnósticos de trastornos en sus glándulas tiroides y linfáticas. Pero la escuela niega su responsabilidad y la autoridad municipal presiona a los padres para que mantengan a los chicos en la escuela e impidió que protestaran. La escuela tóxica sigue funcionando.
Xiao Kang y su familia son beneficiarios del auge de China. Los familiares que los precedieron fueron campesinos y, más recientemente, obreros fabriles, pero el joven estudiante va a la “mejor” escuela de la ciudad (lo que significa que tiene el más alto puntaje para el ingreso a la universidad). Su padre espera que llegue a ser arquitecto o diseñador y pueda ir a estudiar al extranjero algún día. Co- mo sucede con muchos de su generación, todos los recursos financieros y emocionales de los padres y de los cuatro abuelos del muchacho están concentrados en este hijo único. La familia está conmocionada por el hecho de que el gobierno preste tan poca atención al destino del joven. Si en cualquier otro país se descubriera que una escuela está construida en suelo envenenado, inmediatamente sería cerrada, dice el padre del chico. ¿Por qué no en China?
china
Durante la mayor parte de la historia moderna de China, su pueblo se ha concentrado en crear una existencia materialmente cómoda. Desde 1978 más de 700 millones de personas han sido sacadas de la pobreza. Durante las últimas cuatro décadas casi todos podían confiar en que la vida de sus hijos sería mejor que la suya. Pero el futuro se ve menos seguro, en particular para el grupo que parece ser el mayor éxito de China: la clase media.
Millones de familias chinas de ingresos medios como la de Xiao Kang están bien alimentadas, tienen buena vivienda y están bien educadas. Tienen buenos empleos y muchas oportunidades en la vida. Pero ahora están confrontando el lado oscuro de los 35 años de crecimiento deslumbrante de China.
Muchos chinos hoy son individualistas, empoderados y están deseosos de cambiar la sociedad que los rodea. A través de las redes sociales están cambiando el panorama intelectual chino. Están invirtiendo en nuevas experiencias de todo tipo. Pero el descontento por la corrupción, la desigualdad, la comida contaminada y el medio ambiente descompuesto es profundo y marcado; a muchos les preocupa que sus logros alcanzados con gran esfuerzo no estén bien protegidos.
Durante décadas, el Partido Comunista ha mantenido el control sobre una población que ahora alcanza los 1400 millones superando sus expectativas. Sus vidas mejoraron más aceleradamente de lo que la mayoría podría haberlo soñado. Si bien el Estado ha usado la coerción y la represión, también ha reducido muchos factores de presión. Ahora le resulta cada vez más difícil manejar las demandas complejas y contradictorias de la clase media: pero reprimirlas significa arriesgarse a contener a muchos de los miembros más productivos de la sociedad.
Cuando el Partido Comunista tomó el poder en 1949, la burguesía china era diminuta. En la Revolución Cultural, dos décadas más tarde, se reprimió la riqueza, la educación y el gusto por la cultura extranjera. Pero luego de la privatización de las viviendas en la década de 1990, el gobierno ató su destino a este sector de la sociedad en rápida expansión, alentándolo a esforzarse por alcanzar las prebendas de sus pares en el mundo rico.
Por primera vez en la historia de China, una inmensa clase media ahora se ubica entre la elite gobernante y las masas. La consultora McKinsey estima sus dimensiones en alrededor de 225 millones de hogares, comparado con sólo 5 millones en 2000, utilizando como vara un ingreso anual de entre US$ 11.400 y US$ 43.000. Predice que entre ahora y 2020 otros 50 millones de hogares se sumarán a sus filas. Sus miembros están dispersos por el país, pero están fuertemente concentrados en áreas urbanas; alrededor del 80% es dueño de propiedades, y la misma incluye muchos de los 88 millones de miembros del Partido Comunista.
Si bien la población china de conjunto está envejeciendo, la clase media se está volviendo más joven. Casi la mitad de la gente que vive en ciudades tiene menos de 35 años: cuentan con ocho veces más probabilidades de ser graduados universitarios que quienes viven en el campo, y la mayoría son hijos únicos preciados y privilegiados, que no recuerdan los tiempos en que su país era pobre.
Internet ha expandido su horizonte, aunque el gobierno impide el acceso a muchos sitios extranjeros y aplasta las voces disidentes. Los jóvenes chinos de hoy tienden a hacer lo que quieren, no lo que espera la sociedad, un cambio profundo y muy reciente. La mayoría de estos jóvenes ejercen su autonomía eligiendo sus propios cónyuges o comprando un auto nuevo. Pero muchos tienen apetito por el compromiso social también: son los reclutas de las organizaciones no gubernamentales chinas, una vasta variedad de grupos, sensibles políticamente, que buscan mejorar la sociedad de diversas maneras.
Las presiones sobre la clase media están creciendo. Algunos sienten que no importa la capacidad que tengan, la única manera que pueden tener éxito es contando con las relaciones adecuadas. La construcción de viviendas ha sido un motor de crecimiento económico, pero los derechos de propiedad son poco claros y el gobierno alienta la inversión privada sin regular adecuadamente los productos financieros.
Al ir más gente a la universidad, cae el nivel de beneficios que se obtiene a cambio de la capacitación y es más difícil conseguir puestos que requieran título. Muchos temen que sus hijos no vean las mejoras en su bienestar material que ellos mismos disfrutaron, y cada vez más jóvenes se van al extranjero.
Los politólogos sostienen desde hace mucho que una vez que los individuos alcanzan cierto nivel de riqueza comienzan a interesarse en valores no materiales, incluyendo las opciones políticas. El nivel de ingreso promedio per cápita en las mayores ciudades chinas ahora está aproximadamente al mismo nivel que tenían Taiwán y Corea del Sur cuando esos países se convirtieron en democracias. Cuando China abrió sus mercados en la década del ’80, en general se preveía que habría demandas democráticas. Las hubo, pero fueron salvajemente silenciadas en la Plaza Tienanmen en 1989. Desde entonces, una mezcla de represión política, temor al caos, orgullo por los avances chinos y una inmensa elevación del estándar de vida mantuvieron estable al país.
Las clases medias chinas cada vez más se ven y se comportan como sus pares del mundo rico, pero no piensan necesariamente como ellos. Los intelectuales expresan en privado su desesperación por el hecho de que desde que se convirtió en jefe del partido, en 2012, Xi Jinping ha ahogado la libre expresión y dado más peso a la ideología. Pero la mayor parte de la población no parece preocupada por ello. Si mañana se realizaran elecciones, Xi probablemente ganaría por una gran mayoría, y no sólo porque no hay una oposición viable.
Sin embargo, aunque poca gente en China exige una votación, mucha se siente cada vez más frustrada por la falta de rendición de cuentas y transparencia política, aunque rara vez lo expresen así.
no es sorprendente que la confianza política en China esté en declinación. Una serie de encuestas a nivel nacional desde 2003 hasta hoy muestran que los ricos tienen peor opinión del gobierno que la gente más pobre. otras encuestas muestran que la gente más rica y con mejor educación es más proclive a dar apoyo al imperio de la ley, la asignación de recursos por el mercado y mayor autonomía individual; los de peor condición a menudo defienden valores tradicionales y el gobierno autoritario.
Muchos se preguntaron cómo podría sobrevivir el partido después de aplastar brutalmente las manifestaciones pro democracia en 1989. Su solución fue hacer rica a la gente muy rápidamente. Desde 1990, el ritmo al rojo vivo del crecimiento económico ha sido la principal fuente de legitimidad del partido, lo que redundó en su prioridad por encima de todo: la estabilidad. Por un tiempo, estas metas se combinaron bien entre sí y con las aspiraciones personales de las personas: en un acuerdo tácito, la gente podría amasar riquezas mientras no intentara acumular también poder político. La reciente desaceleración del crecimiento pone un signo de interrogación en ese acuerdo.
Reino en el medio
Mirando hacia adelante, en una cantidad de áreas que van desde el régimen impositivo, pasando por el exceso de capacidad industrial, hasta el medio ambiente, el partido debe tomar decisiones tajantes: introducir reformas impopulares ahora y correr el riesgo de inestabilidad de corto plazo, o demorar la reforma y poner en peligro el futuro del país. De acuerdo con la situación actual, es probable que gane la estabilidad: el poderoso partido le tiene terror a su propio pueblo.
La clase media no es la única fuente de inestabilidad potencial. En la provincia occidental de Xinjiang, la represión de minorías étnicas ha agravado una incipiente insurgencia. Tíbet también se agita. Y en toda China millones de obreros de sectores en declinación corren el riesgo de perder sus fuentes de vida. Muchos migrantes de áreas rurales que trabajan en las ciudades se sienten sin raíces y marginados, negándoseles acceso a cosas como la salud y la educación. Las divisiones en la elite del partido también son un problema potencial. Y si bien los disidentes han sido acallados por ahora, pueden volver a encontrar el modo de expresarse.
Ahora China está comenzando a llegar a los límites del crecimiento sin reforma. La complejidad de las demandas de la clase media, la vorágine de consecuencias no buscadas del crecimiento económico y ahora una economía en desaceleración están cuestionando el dominio del partido. Tiene que encontrar nuevas maneras de apaciguar a una población mucho más demandante y más individualista que anteriores generaciones.
LA NACION/THE ECONOMIST

Carlos Felice

Carlos Felice es abogado, político y dirigente sindical. Es el Secretario General de la Unión de Trabajadores del Turf y Afines (UTTA) y también Presidente de la Obra Social del Personal de la Actividad del Turf (OSPAT). Impulsor reconocido de la restauración de la actividad del turf a nivel nacional, extiende su promoción a todo el territorio argentino reivindicando condiciones más justas para todos los trabajadores de la actividad.

http://www.carlosfelice.com.ar

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