El misterio de la Bahía de Samborombón

enero 3, 2014

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Por Antonio Las Heras
En la ribera derecha de la zona donde el estuario del Río de la Plata se encuentra con el Mar Argentino, hay una bahía que tiene como nombre “de Samborombón.” La misma se halla situada, en su totalidad, en la provincia de Buenos Aires, zona este de la República Argentina.
¿De dónde surgió tal denominación? ¿Quién o quiénes la bautizaron de ese modo? Y ¿por qué?
A poco de analizarlo “Samborombón” suena a una deformación del nombre “San Borondón” el cual se relaciona con la leyenda de la isla misteriosa de San Brandán.
Según los especialistas en toponimia, el nombre le fue dado por miembros de la expedición de Hernando de Magallanes (1480/1521) en su travesía alrededor del mundo iniciada en 1519, quienes al advertir la peculiar forma semicircular de la bahía supusieron que era el resultado de una acción divina que hizo que una parte continental se desprendiera quedando a la deriva para dar origen a la isla a la cual refiere la leyenda de San Brandán.
Empero, también hay quienes afirman que “bahía de Samborombón” es una denominación anterior a la visita de Magallanes quien surcó el Río de la Plata hacia marzo de 1520. Para éstos el nombre fue puesto por Américo Vespucio (1454/1512) en uno de los viajes que habría realizado a éstas tierras.
Es probable que la denominación original haya sido “bahía de San Borondón” y que, por deformación debida a la transmisión verbal, haya variado a la que, finalmente, se impuso: Samborombón.
¿Pero quién es San Borondón y por qué estuvo presente en la mente de aquellos primeros visitantes de éstas costas suramericanas?
San Borondón es la manera en que se llamaba en las Islas Canarias a Saint Brendan o Saint Brandan de Clonfert. También llamado Brandano, Barandán o Borondón. Monje irlandés de existencia real que nació en 480 y falleció en 576. Ordenado sacerdote en 512 fue monje en Tralee, condado de Kerry, Irlanda. Allí construyó su embarcación usando maderas y cueros. Zarpó del puerto de Dingle Bay.
Para los irlandeses se trata de uno de sus más importantes evangelizadores. Fue abad del monasterio de Clonfert en Galwey al cual fundó en el año 558 ó en 564. El Navigatio Sancti Brandani, texto de los siglos X y XI, compila los relatos de sus viajes medievales enmarcados entre los hechos históricos, la fantasía de los autores así como de los agregados populares y de la impronta legendaria.
Ya en el siglo VI surgieron leyendas muy incorporadas a la cultura celta donde se le atribuyen extraordinarias capacidades como navegante. Saint Brendan – y esto es un asunto que entrama la historia con la leyenda por lo que no puede decirse cuánto hay de verdad y cuánto de imaginación – partió un día junto con otros 14 monjes (aunque hay quienes afirman que fueron entre 15 y 150 los miembros de la expedición, cifras éstas que habrían requerido más de un navío para trasladarlos) en una embarcación de las características precarias que hemos descripto renglones más arriba, con la cual se internó en el Océano Atlántico con rumbo a la Tierra Prometida de los Bienaventurados, las islas de la Felicidad y la Fortuna.
Agrega la leyenda que después de sufrir algunos percances al intentar dar misa sobre una superficie que halló en medio del mar y que resultó ser el lomo de una ballena, San Brendan alcanzó la isla buscada que tiene la característica de aparecer y desaparecer según quiera o no ser hallada.
Para algunos historiadores San Brandán hubo arribado a las costas de Terranova convirtiéndose en el primer europeo que llegó a América.
En la actualidad este asunto puede parecer mero producto de la fantasía e imaginación popular. Pero durante siglos no fue esa la óptica. Veamos algunos hechos al respecto.
En 1479 los reyes de Castilla y Portugal firman el Tratado de Alcacovas estableciendo que, de encontrarse la isla, sería propiedad de la corona de Castilla por pertenecer al archipiélago canario.
Entre los siglos XVI a XVII el tema tuvo tanta importancia en las Islas Canarias y tal fue la realidad que los hombres de mar le atribuyeron, que hubo quienes financiaron expediciones para descubrir y adueñarse de la isla descubierta por San Brandán.
El ingeniero Leonardo Torriani, que fuera el encargado de fortificar – por ordenes de Felipe II – las Islas Canarias, aportando como pruebas los relatos tomados a marinos que llegaron en forma fortuita a dicha isla durante el siglo XVI, aporta las dimensiones y presunta localización.
En base a todo lo que hemos expuesto se advierte que no hay razones concretas sobre por qué esta bahía lleva el nombre del monje irlandés. La leyenda estaba muy presente en los habitantes de Canarias, pero Magallanes nada tenía que ver con la cultura de aquellas islas y su tripulación estaba conformada principalmente por portugueses y vascos. Antonio Pigafetta, cronista y geógrafo de la república de Venecia que acompañó a la expedición, nada refiere en sus escritos. Tampoco en Vespucio hay registros al respecto.
Aquello de que el nombre fue puesto por las características costeras que llevaron a creer a los marinos que una acción divina hubo extraído tierra firme para convertirla en una isla misteriosa que vaga a la deriva por el Océano Atlántico, se nos hace más una explicación “políticamente correcta” que algo con fundamento suficiente.
Por eso nos atrevemos a formular nuevos interrogantes. Preguntas que, tal vez, ya no puedan obtener respuestas concretas a excepción de que pruebas hoy desconocidas vean la luz.
Interrogantes que pueden sintetizarse en sólo dos:
¿No es posible que este sitio haya sido bautizado con el nombre de San Brandán – luego deformado en Sanborombón por el lenguaje coloquial – por la sencilla razón de que los marinos hallaron elementos de la presencia del monje irlandés (o bien de sus compañeros de aventuras) en ese lugar?
Poseedores de mapas, algunos muy antiguos, que ya mostraban la esfericidad de la Tierra ¿no es posible que – fuere Magallanes o Vespucio – contaran con documentación hoy inhallable (o bien ocultada) mostrando la presencia de San Brandán en éstas costas? Y sea esa la causa por la que dieron su nombre al lugar.
Preguntas hoy sin respuesta que invitan a pensar más profundamente en las motivaciones de por qué tanto la bahía como el río de cien kilómetros de longitud que allí desemboca llevan por nombre Samborombón.

Carlos Felice

Carlos Felice es abogado, político y dirigente sindical. Es el Secretario General de la Unión de Trabajadores del Turf y Afines (UTTA) y también Presidente de la Obra Social del Personal de la Actividad del Turf (OSPAT). Impulsor reconocido de la restauración de la actividad del turf a nivel nacional, extiende su promoción a todo el territorio argentino reivindicando condiciones más justas para todos los trabajadores de la actividad.

http://www.carlosfelice.com.ar

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