Un éxito en Twitter puede ser un fracaso en el cine

Un éxito en Twitter puede ser un fracaso en el cine

Por Gregorio Belichón
Un tornado arrasa Hollywood. Bueno, Hollywood y Los Ángeles a su alrededor. La tormenta tropical se merienda todo lo que encuentra a su paso. Y no por la fuerza de su viento o su descarga de lluvia. No. Sino porque en su interior alberga a cientos de inmensos tiburones asesinos, absorbidos por el tornado en su origen oceánico. Así arranca la película Sharknado -fusión en inglés de tornado y tiburón-, otro trabajo de la productora The Asylum, especializada en este tipo de desvaríos. Pensada para la televisión, para el canal SyFy, se ha convertido en el último gran fenómeno en las redes sociales. También, en la confirmación de un mandamiento de Internet: no porque triunfe en la Web funcionará en la vida real. Las dentelladas virtuales no desgarran carne fresca. Y de paso ha servido para reflexionar sobre el discutible poder y el (buen o mal) uso de Twitter, Facebook, YouTube o Tuenti por los estudios y las productoras de cine.
Sharknado se emitió por primera vez por el canal estadounidense de cable SyFy el pasado 11 de julio. La vieron 1,4 millones de televidentes. En su segunda y tercera emisión (el 17 y el 29 de julio) aumentaron a 1,9 millones y a 2,1 millones de espectadores. Aún falta una cuarta, programada para el jueves próximo. No son grandes números para un canal con series con audiencias de hasta tres millones de televidentes, aunque superan la media de la cadena. Pero en las redes sociales, la película, con dos protagonistas tan en horas bajas como Ian Ziering (Sensación de vivir) y Tara Reid (American pie), y de una cutrez argumental y visual que provoca la carcajada involuntaria, arrasó más que sus tiburones. Según la empresa de análisis de redes sociales Fizziology, de ocho de la tarde a tres de la mañana del día de su primera emisión -que comenzaba a las 21- hubo 604.000 tuits sobre Sharknado. Nielsen, la gran firma medidora de audiencias, en cambio, reduce la cantidad a 318.000. En algunos momentos, hubo hasta 5000 menciones por minuto (y este dato lo aporta Twitter). En comparación, algún capítulo de Game of Thrones sólo ha llegado hasta los 241.000 tuits.
El desaforado eco obtenido en la Web convenció a la cadena de cines Regal para estrenar Sharknado en la gran pantalla. El viernes de la semana pasada -y sólo por un día- la película llegó a 200 pantallas. Y aunque los primeros indicios parecían muy positivos (en Nueva York, Boston y Seattle se vendieron todas las entradas de las proyecciones de medianoche del jueves), según The Hollywood Reporter, la taquilla sumó finalmente 200.000 dólares, un escuálido promedio de 1000 por sala para un telefilm que se rodó en 18 días con un presupuesto de un millón de dólares.
Con lo que Sharknado parece confirmar un mandamiento del showbusiness: una cosa es tuitear y reírse, otra es acercarse a un cine, comprar una entrada y meterse a ver una película. “Hoy resulta muy difícil dilucidar qué porcentaje de usuarios que compraron una entrada lo hicieron impulsados por la campaña desarrollada en redes o qué impacto ha tenido una campaña en el éxito o fracaso de una película”, dice Elena Neira, en su libro El espectador social, en el que explica el uso de las redes sociales en la promoción cinematográfica. Neira pone varios ejemplos de campañas acertadas publicitarias en redes sociales como Los vengadores o Los juegos del hambre. En literatura, Cincuenta sombras de Grey es el gran caso sobre cómo aprovechar que las redes sociales toman el pulso del mercado en cuanto a modas, movimientos que nacen en la pantalla, actores en gracia… Dave Balter, fundador y CEO de BzzAgent (empresa especializada en este tipo de promoción), dice: “Los responsables de marketing esperan que los fans de sus marcas hablen de ellas con sus amigos, pero muy pocos son conscientes de lo efectiva que esa gente puede llegar a ser”. Eso es lo que probablemente intentaron sin éxito los urdidores del lanzamiento de Sharknado en los cines.
En cambio, la productora Lionsgate sí fue capaz de que los fans de Los juegos del hambre empujaran a la gente del cine. “Estuvieron un año entero trabajando en las redes sociales. Gastaron en promoción 50 millones de dólares: una major [los grandes estudios de Hollywood] se hubiera gastado el doble. Se lanzaron a un estado de ebullición controlada en la Red, y acertaron con, por ejemplo, un primer tráiler en el que no se veía el núcleo del film (el show televisado que bautiza la película), y webs y canales de YouTube muy imaginativos.
Como apunta Neira, “al final, el gran éxito de las redes sociales no es tanto el taquillazo como que aunque la película sea mala, sus fans lo sean tanto que les dé vergüenza hablar mal de ella”. Que la comunidad virtual apoye la butaca analógica, que ejerzan de evangelizadores (un afortunado término creado por Dave Balter). Que muerdan con más ímpetu que los tiburones -ya desdentados por los medidores de audiencias- de Sharknado.
LA NACION