Bela Guttman: la maldición de las Águilas

Bela Guttman: la maldición de las Águilas

Por Federico Amigo
Nadie creyó en sus palabras. Nadie, en aquel momento, lo analizó con seriedad ni le dio entidad. Aquella oración lapidaria parecía surgida del enojo momentáneo, del disgusto de ocasión. Era un desafío. Era como esas frases maliciosas que se disparan en el medio de una acalorada pelea de pareja para que ya no exista punto de retorno. Era el reflejo de un entrenador caliente: Bela Guttman, técnico austrohúngaro y uno de los pioneros en usar el esquema 4-2-4, había ganado todo con el Benfica y quería mejorar su sueldo.
Pero en ese verano de 1962 no hubo acuerdo. La directiva le negó el aumento y resolvieron echarlo. De un plumazo. Como si este entrenador que dirigió a 22 clubes –entre ellos el argentino Quilmes en 1952-–no hubiese sido clave para romper la hegemonía del Real Madrid en el continente. Benfica, con la conquista de las Orejonas de 1961 y 1962, representaba eso: la disputa de una era que tenía al Real como el único vencedor en las cinco ediciones de la Copa de Europa que se llevaban jugadas. Y Guttman era el conductor de esa gesta. El arquitecto de la época dorada del conjunto portugués que hoy, 51 años más tarde, intentará desempolvar cuando desde las 15:45 enfrente al Chelsea por la final de la Europa League.
“Sin mí nunca volverán a ganar una final europea”, dijo el técnico en 1962 antes de cruzar el océano para dirigir a Peñarol de Montevideo. Nadie le llevó el apunte. ¿Quién podía creerle? ¿Por qué los hinchas de las Águilas, que habían festejado el bi de la Copa de Europa en el ‘61 y en el ‘62, aplacarían su optimismo? ¿Cómo iban a pensar que el equipo que había frenado al Madrid iniciaría una larga sequía de títulos internacionales?
Esa sentencia fue la despedida letal de Guttman. Desparramó el hechizo y le dio comienzo a la leyenda maldita que todavía acompaña al conjunto portugués. Al conjuro que hoy buscará anular cuando salga al estadio en Amsterdam, un escenario que adjunta otro costado fantástico a esta historia. Ahí, en esa ciudad, el club de Lisboa levantó su último título en 1962, cuando superó por 5-3 al Merengue con dos goles de Eusebio. Y el maleficio ya arrastra seis decepciones. Desde que Guttman pronunció esa frase el Benfica disputó media docena de definiciones continentales con el mismo destino: derrotas. La maldición fue tan implacable que hasta la Pantera de Mozambique intentó mitigarla. En la previa de la final de la Copa de Europa de 1990 en Viena, se acercó hasta el cementerio de la capital austríaca en el que, ocho años atrás, habían enterrado a Guttman. Y ofició de mediador: Eusebio quería deshacer el karma. Entonces encabezó el grupo que depositó una ofrenda floral en la lápida del DT. Y rezó. Era un modo, tal vez, de decirle que iba a ser parte del encuentro decisivo, que entonces era el momento de olvidar la profecía, que el rencor podía quedar archivado y que 28 años ya eran un castigo justo para la avaricia pasada. No hubo caso: el Rossoneri de Arrigo Sacchi levantó la Orejona por el 1-0 anotado por Frank Rikjaard.
“Sé que pasó mucho tiempo desde la última final europea del Benfica y que es un equipo con muchos triunfos en el pasado. Tenemos una oportunidad de volver a hacerlo”, repasó Nicolás Gaitán, representante argentino junto a Ezequiel Garay, Enzo Pérez, Eduardo Salvio y Pablo Aimar, que pisará el césped del Amsterdam Arena. Eusebio, en cambio, se sentará en la tribuna. Y rezará, otra vez, para que la maldición se termine.
TIEMPO ARGENTINO